A LOS 89 AÑOS

Murió Gregorio Perez Companc, uno de los empresarios más ricos del país

Era dueño de la alimenticia Molinos Río de la Plata y la energética PeCom. Condujo durante décadas el holding familiar y fue una figura destacada del empresariado nacional.
viernes, 14 de junio de 2024 · 12:19

Gregorio Pérez Companc, conocido afectuosamente como "Goyo", falleció este viernes a los 89 años. Su vida y legado son un testimonio de la visión, el esfuerzo y la capacidad de adaptación que caracterizan a los grandes empresarios. Con una fortuna que lo colocaba entre los cinco más ricos de Argentina y en el puesto 767 en el ranking mundial de Forbes, Goyo dejó una huella imborrable en la economía argentina.

Nacido en Buenos Aires el 23 de agosto de 1934, Goyo fue adoptado a los 11 años por Margarita Companc y Ramón Pérez Acuña. Esta adopción lo llevó a integrarse en un entorno que lo preparó desde joven para liderar un conglomerado empresarial. Desde sus primeros pasos en el negocio naviero junto a su hermano adoptivo Carlos, hasta la expansión en la industria petrolera y alimenticia, Goyo demostró un inquebrantable espíritu emprendedor.

La familia Pérez Companc se destacó en diversos sectores económicos. En 1946, adquirieron barcazas de la Segunda Guerra Mundial y fundaron su propia empresa naviera. A finales de los años 50, incursionaron en el negocio forestal y, en 1958, fundaron la Petrolera Pérez Companc, dedicada a la perforación y terminación de pozos petrolíferos y gasíferos. Este fue el inicio de una trayectoria empresarial que vería a Goyo en el centro de la escena económica argentina.

Con apenas un título secundario del colegio La Salle y sin completar estudios universitarios, Goyo inició su carrera en YPF en 1966. Cuatro años después, se unió al negocio familiar, comenzando como Superintendente de Operaciones de Campo en Neuquén, y ascendiendo a Gerente de Operaciones Petroleras. Bajo su liderazgo, la familia expandió sus inversiones y enfrentó diversas crisis, pero siempre resurgiendo con fuerza.

En los años 70, los Pérez Companc ya eran propietarios de Banco Río (hoy Santander) y se habían diversificado en las industrias naviera, forestal, agropecuaria y financiera. Goyo, al tomar las riendas del grupo, continuó esta diversificación, entrando en nuevos sectores y consolidando el grupo como uno de los más poderosos del país. En 1999, la adquisición de Molinos Río de la Plata marcó su ingreso en la industria alimenticia, consolidando aún más su posición.

La crisis de 2001 llevó a Goyo a tomar decisiones difíciles, incluyendo la venta de la petrolera Pérez Companc a Petrobras por más de 1.100 millones de dólares en 2002. Esta venta permitió una reconfiguración del grupo, que se enfocó en la agroindustria y producción de alimentos. Molinos Río de la Plata se convirtió en el buque insignia del grupo, y bajo la dirección de sus hijos, el grupo volvió al negocio petrolero con Molinos Agro.

Además de su éxito empresarial, Goyo fue conocido por su actividad filantrópica. En los años 90, donó entre 50 y 80 millones de dólares para el Campus Universitario de Pilar de la Universidad Austral y su escuela de negocios, el IAE, incluyendo la construcción del Hospital Austral. También contribuyó significativamente a la Universidad Católica Argentina y fundó la Fundación Temaiken junto a su esposa, María del Carmen "Munchi" Sundblad Beccar Varela, administrando el primer bioparque de América Latina.

A pesar de su retiro en 2009, Goyo continuó influenciando el grupo desde las sombras. La estructura empresarial fue reorganizada bajo la sociedad Santa Margarita en Delaware, nombrada en honor a su fallecida hija mayor. Este grupo siguió creciendo bajo la dirección de Luis Pérez Companc y sus hermanas, quienes compraron las principales empresas del grupo a sus otros hermanos por 550 millones de dólares.

Gregorio Pérez Companc no solo dejó un legado empresarial, sino también un ejemplo de liderazgo familiar. Su visión y determinación fueron claves para transformar una empresa familiar en un conglomerado diversificado y robusto. Su impacto se extiende más allá de las cifras económicas, habiendo contribuido significativamente al desarrollo educativo y de salud en Argentina

 

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