Historias de radio

¿A dónde van las mujeres que vuelan?

Una narración radial ejemplar, contada en esta nota de Sergio Sarachu, desde sus programas en AM 550.
domingo, 03 de marzo de 2019 · 10:58

No son todas las mujeres, pero algunas de ellas vuelan. Y no todas las que vuelan lo hacen con las mismas hélices. Volar es una búsqueda individual, un placer que sacude las venas embriagando el cuerpo. Cuando la suavidad de las plumas tiene aroma de mujer, el cielo enloquece.

Las mujeres -y los hombres- que se alzan por el aire tienen pájaros en la piel. Y aquí se desnudan.

Emilse Delvas es una de las primeras mujeres que voló en Neuquén. El día que cumplió 17 años fue al Aeropuerto neuquino para hacer el curso de instrucción. Ya venía con esa idea desde su infancia en San Eduardo, el pueblo del norte neuquino que desapareció tras la explosión de la mina del mismo nombre. Su padre, que había sido trapecista, quizá le puso alas en la piel, porque en esa zona y en esa época, los aviones sólo podían conocerse por alguna revista o algún relato de viajantes.

Muchos años después y en un país vecino, la uruguaya Cintia Rocco tenía seis años y una noche en una plaza de Montevideo quedó  "impactada por las estrellas". "A partir de ahí quise ser astronauta". Pero un camino alternativo "para estar cerca de las estrellas" fue ingresar al Liceo Militar y luego a la Fuerza Aérea de Uruguay. Hoy maneja aviones y helicópteros, no sólo en su país sino también en la República del Congo, adonde Uruguay cumple con una misión de paz.

Y no hace mucho que Vanina Busniuk, en Comodoro Rivadavia, descubrió que "la libertad total" la podía encontrar de la mano de los controles de un avión, mirando desde arriba o desde el costado al cerro El Chenque. Ella, además de su propia vivencia maniobrando un avión, buscó que otras mujeres se animaran a hacerlo y junto a otras cinco pilotos reunió en diciembra a 80 pares que hoy están por los cielos con distintos roles en la aviación. Buscó el contagio de otras mujeres y ha desatado una verdadera tropilla de alas en las pieles femeninas.

El caso de María Rosa Sirhan, una joven odontóloga de El Maitén y que ejerce en Neuquén, es algo distinto. Su padre aviador en esa zona de Chubut la llevó por los aires y, cuando falleció, le dejó ese aroma a cielo cerca. Entonces salió a buscarlo. "Cuanto estoy volando siento que me encuentro con él, es un momento íntimo y hermoso". Le falta certificar dos horas de vuelo para alcanzar el carnet de piloto y lo hará en los próximos días. "Ni bien pueda volar, iré al aeródromo de Allen" a buscar a su novio que también es piloto "y pienso llevar puesto el vestido de novia para proponerle matrimonio", a solas en pleno vuelo conjunto.

Cuatro alas

Cada una de las mujeres que aterrizó en los micrófonos de AM 550 La Primera dejó mucho de sí y no escondió sensaciones y experiencias. En el aire de la radio posaron el nerviosismo que genera el transporte de un paciente en un vuelo sanitario urgente, el silencio de las alturas, la mirada distinta sobre nuestras geografías, los desafíos del viento o las tormentas en pleno vuelo, el dominio del aparato y la fragilidad de los pequeños aviones.

Claro que no todas buscan el mismo cielo. La uruguaya Cintia Rocco enlazó su pasión a la carrera militar y con su uniforme de la Fuerza Aérea recorre su país y el nuestro, pero guarda un vuelo especial en su memoria de su aporte a la paz en el Congo. Allí perfeccionó su manejo de helicópteros y las cortas o largas rutas cerca del cielo africano hicieron crecer su adrenalina con el manejo de esos aparatos.

La neuquina Delvas eleva su mano derecha y muestra simbólicamente cómo se movía su pequeño avión cuando atravezó una cerrada tormenta viniendo del sur neuquino, en un vuelo sanitario. "No ves nada, para ningún lado, tenés que concentrarte en el instrumental y buscar salir de la tormenta. Aquella vez decidimos bajar lo más posible porque sabíamos que estábamos sobre el Limay. Entonces bajamos y bajamos hasta que lo vimos casi a ras de la panza del avión, ahí nos salvamos. Menos mal que era meseta, porque si había un cerro cerca...".

La única de ellas que tuvo antecedentes familiares en la aviación fue Rosita Sirhan, porque su padre atendió la agencia de Lade en El Maitén y al poco tiempo realizó el curso y comenzó a volar. Para muchos traslados de urgencia de pacientes de la zona, el padre subió a la pequeña nave a su hija. Ella cuenta esos viajes y tiene hélices en las palabras que surcan su boca.

No obstante, el no tener entornos familiares ligados a la aviación no fue un obstáculo para la pasión de cada una de ellas. Claro que padres y madres no ocultaron la extrañeza y el temor por las alas que desplegaban sus hijas. "Hubo apoyo, aunque es lógica la preocupación de los padres cuando uno dice y lleva a la práctica las ganas de volar", reconoce Buniuk.

Cuatro hélices

Aquellas niñas de San Eduardo en el norte neuquino, de El Maitén, de Comodoro Rivadavia o de la plaza montevideana fueron armando otra hélice a sus vidas. Lo hicieron en un mundo donde esas herramientas estaban relacionadas uniformemente a los hombres. En el cielo masculino casi no había lugar para alas femeninas.

Por la época, fue Delvas la que más tuvo que hacerse lugar a los codazos "pero no lo ví como un obstáculo, eran tantas las ganas que tenía de volar que no me importó si me miraban mal".

Como en tantos oficios y rutas cotidianas, la mujer ha ocupado espacios a fuerza de coraje, paciencia y talento. Las venas de los diminutos Cessna o Piper que ellas manejaron, supieron que esa suavidad de la piel con alas había llegado para quedarse.

Los aviones en el cielo y la sociedad en la tierra coincidieron con el poeta Oliverio Girondo. Porque para llegar a sus destinos, lo único que no se les perdona es "que no sepan volar".

Por Sergio Sarachu

Las entrevistas completas pueden escucharse en https://tardelibreonline.blogspot.com/

 

 

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