SUPERFICIES DEL LEER

Hongos en la barda: el otoño invita a un juego misterioso

¿Alguna vez fuiste a buscar hongos a la barda? El poder de este encuentro no está solo en la búsqueda de la seta, el hongo también decide aparecer o camuflarse.
lunes, 1 de abril de 2024 · 12:02

Hay un bosque en el área norte de la capital de Neuquén. Subir hasta su corazón ofrece diferentes sensaciones; en otoño: indeterminación y misterio. Hay hongos debajo de los pinos, y nada parece tan sencillo como esa enunciación, esta es una relación con el encuentro, pero no controlada por lo humano. De alguna manera el poder de este encuentro no está solo en la búsqueda de la seta, el hongo también decide aparecer o camuflarse.

Soy recolectora eventual de hongos de pino, lo hago como entrega a los juegos propuestos por la estación de los tonos dorados. Las primeras setas que encuentro cada abril, están cerca de la calle, para el lado de “Alta Barda” muy próximas al paso de los autos entre desperdicios que algún distraído dejó lejos del cesto; las veo pero no las levanto, me dan impresión, están alrededor de mugre ¿qué les pasa a estas primeras setas? ¿por qué salen en esa zona? ¿o estarán por todos lados y sólo veo éstas? ¿qué trabajos están haciendo con el ambiente?

 

Hongos en la barda: el otoño invita un juego misterioso
En el bosquecito del Parque Norte de la ciudad crecen hongos de pino. ¿Cómo encontrarlos? Hay que seguir rastro del agua.

 

Leí hace poco un libro hermoso de Anna Tsing que se llama “Los hongos del fin del mundo. Sobre la posibilidad de vida en las ruinas capitalistas” de la editorial Caja Negra. El mismo narra una historia muy particular sobre hongos denominados matsutake. Luego del momento horroroso de la bomba nuclear en Hiroshima, no hubo flora durante mucho tiempo en un enorme perímetro alrededor del estallido fatal, y adivinen quiénes fueron los primeros que aparecieron: ¿reino animal? no, ¿reino vegetal? No, no. Sí, hongos matsutake, hermosísimas setas fueron la primera manifestación de vida posible en la tristísima zona llevando consigo purificación ambiental, esperanza y una economía para sus recolectores.

Se me viene la trama de aquel libro fabuloso, una potencia es brotar en el centro de la ruina. Quienes recolectamos hongos, en la tarea no dejamos de pensar, sentir y recordar imágenes o libros leídos, escenas de apariciones, escenas de búsqueda, anécdotas de encuentro.

 

Hongos en la barda: el otoño invita un juego misterioso
En este libro, Anna Tsing va de la etnografía a la micología, de la crónica a la reconstrucción histórica, del ensayo a la economía e incluso a la poesía. 

 

¿Quiénes son?

Es muy sencillo identificar amantes de hongos en el Parque Norte de nuestra ciudad; son seres otoñales que se desplazan a un ritmo que no es gimnasta, ni de paseo. Abordan el bosque con caminatas enérgicas, no usan ropa deportiva, tienen los ojos encendidos y los dedos marrones de revolver la hojarasca formada con las hojas que, con ingenio, arrojan los pinos para acompañar el juego del escondite de la seta.

Abejorros insaciables merodeando los mismos espacios una y otra vez, con el deseo de encontrar los hongos, sentir esa extrañeza de estar en presencia de una revelación, cortarlos, llevarlos a algún sitio donde se puedan limpiar, etc.

Un otoño conocí un recolector confundido, llevaba una enorme bolsa de nylon llena de tallos amarillos. Tan profunda habrá sido la extrañeza de mi mirada que se acercó a hablar, estaba en un trance singular, sentí que lo estaba dominando la indeterminación y los magnéticos poderes del bosque. ¿Por qué cortaría sólo los tallos? ¿Dónde habría abandonado el sombrero de las setas? Ninguna información surgió de esa conversación insólita.

Dejamos las setas bebés, queremos que crezcan, se estiren, lleguen al sol, es una forma de respeto al bosque; no tenemos muy claro si la abundancia tendrá leyes de reciprocidad, pero por las dudas protegemos sin vacilación. Cortamos las setas con cuchillo, sabemos que la base hay que dejarla, que siga haciendo sus labores de comunicación intraterrena, nos provoca alegría ver tallos amarillos porque percibimos ahí el paso de alguien que también lo entiende, y aparece tibia la palabra “comunidad” en nuestro pecho.

 

Hongos en la barda: el otoño invita un juego misterioso
Para encontrar esta belleza, solo hay que mirar hacia abajo.  

 

Veo veo

Paso por el mismo sitio una, dos veces, no los veo. Paso una tercera vez: aparecen los deseados hongos de pino ¿acaso no los vi antes? ¿crecieron en mi breve ausencia? ¿decidieron mostrarse ante mi insistencia? ¿me quieren? ¿les provoqué ternura? ¿se rieron un poco de mi ceguera, de mi parloteo solitario, de mis medias flúo? Deciden manifestarse, no hay dudas. Me vieron escribiendo y abandonaron su camuflaje perfecto del que tanto intento aprender.

 

 

Hongos en la barda: el otoño invita un juego misterioso
 "Dejamos las setas bebés, queremos que crezcan (...) es una forma de respeto al bosque. Cortamos las setas con cuchillo, sabemos que la base hay que dejarla, que siga haciendo sus labores de comunicación intraterrena.

 

“Los hongos narran historias de encuentro”, vuelve ese libro entrañable a mi cabeza; escribo un poema que empieza así: No soy yo quien te encuentra, pero sí la que te busca y desea.

Lo decimos bastante por acá: ascendemos la barda por diferentes motivos cada vez, y el bosque nos recibe con una mirada específica y expectante. Me llevo unas setas para el almuerzo, o quizás las diseque para otros almuerzos que pueda compartir con alguien. Podría haber sacado muchos más de los que cargo en mi bolsita, pero quienes nos acercamos a los hongos sabemos que caer en la avaricia es un riesgo que se paga luego. La abundancia presenta leyes que tienen que ver con compartir, enseñanza de cada otoño para quienes amamos estas espléndidas criaturas.

El otoño articula el juego de descentrarse: no encontramos los hongos, ellos deciden manifestarse.

 

Por Romina O, lectora y poeta de Neuquén. 


 

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