SUPERFICIES DEL LEER

Para michilovers, tres poemas dedicados a los gatos

Porque acercarse a la lectura de poesía se parece tanto a intentar la amistad con un gato.
domingo, 7 de julio de 2024 · 22:12

(En colaboración con Romina. O) 

 

Dicen que los escritores y los gatos, mezclan bien. Dicen que el gato es una criatura literaria. Y aquí decimos que acercarse a la lectura de poesía se parece tanto a intentar la amistad con un gato.  No sabemos bien qué piensan los gatos, sus enigmáticos modales nos arrojan a interpretaciones opacas, nada queda abiertamente explicado, como leer poesía. Hay una certeza: los gatos quieren estar cerca nuestro, y es recíproco. Nos relacionamos por el costado de las formas afectivas establecidas; estos animales misteriosos nos presentan el desafío de abandonar o repensar el vínculo en lógicas de amo-mascota. Si la simpatía mutua es real, se afianza a tal punto que en su profundidad habilita inesperadas situaciones de ternura, diversión, compañía o desamparo mutuo (como la poesía, ¿ya lo dije?).

Leer un poema tiene que ver con deslizarse del proceso de significación convencional, abandonarse al límite de la representación, encontrarse en el borde de alguna ambigüedad. Las convenciones preestablecidas de la lengua quedan a la sombra de un sigilo cuando la revelación es rítmica y metafórica. Entregarse al afecto gatuno se asemeja. Vamos, cualquier michilover lo pensó alguna vez.

 

Tres poemas de poetas que aman a los gatos
Estos animales misteriosos nos presentan el desafío de abandonar o repensar el vínculo en lógicas de amo-mascota.

 

 

“Un gato lleva a otro gato” 

Hoy, el fanatismo por los gatos protagoniza el mundo virtual. De hecho, Internet ama a los gatos, y los contenidos de gatitos graciosos haciendo sorprendentes despliegues de destreza disparan las reproducciones de memes y reels por millones. Pero, hay que decir que la fascinación por estos animales no es nueva. A través de la historia, estas enigmáticas y adorables criaturas cautivaron a las civilizaciones más antiguas. Los gatos eran símbolos de divinidad en la mitología griega y tenían un papel muy importante en la del antiguo Egipto. Eran venerados por muchas culturas y por personalidades destacadas de la historia de la humanidad. Desde Cleopatra hasta Mahoma, todos tenían una apreciación especial por estos animales. “Hasta el más pequeño de los felinos es una obra de arte”, escribió Leonardo Da Vinci. 

 

Atención michilovers, aquí tres poemas de poetas que aman a los gatos
Cortázar bautizó a su gato "Adorno", en honor al filósofo y sociólogo alemán. Y a su gata le puso Flanelle que significa "franela" en francés.  

 

 

No escapan a esta afirmación, artistas y escritores. Y muchos les han dedicado letras y pasajes a estos magnéticos animalitos. «Un gato es un lujo», aseguró la escritora británica, Doris Lessing, Nobel de Literatura en 2007. El poeta chileno, Pablo Neruda, le dedicó a estos animales la “Oda al gato”. Lowe, se llamaba el inquieto gato del escritor alemán Hermann Hesse; y Odín y Beppo, le puso Jorge Luis Borges a sus dos gatos. Uno, en honor al dios de la mitología nórdica, y Beppo por el gato de Lord Byron. “Querer a las personas como se quiere a un gato, con su carácter y su independencia, sin intentar domarlo, sin intentar cambiarlo, dejarlo que se acerque cuando quiera, siendo feliz con su felicidad”, escribió Julio Cortázar que pasaba horas con Adorno y Flanelle en su falda. Y, como no mencionar a María Elena Walsh, que escribió numerosas canciones y cuentos sobre los gatos, como “La calle del gato que pesca” o “El gato confite”.

Y en este breve compendio de escritores michilovers, un párrafo aparte merece Ernest Hemingway. “Un gato lleva a otro gato” decía el escritor estadounidense, que llegó a tener más de 30 en su residencia de Key West, Estados Unidos.. Cuenta la historia que uno de ellos fue un regalo de un marinero de un barco mercante. Era una gatita blanca que tenía seis dedos, una rara condición congénita que se llama polidactilia. Parece que, por aquel entonces (1920), los marineros preferían a los gatos polidáctilos porque creían que daban buena suerte. Con el tiempo, Snowball (así se llamaba la gatita) tuvo descendencia y el escritor de “El viejo y el mar” tenía decenas de gatitos con seis dedos. Hoy, en la residencia donde vivía el escritor, declarada Museo Histórico Nacional de los Estados Unidos en 1968, viven más de 40 gatos polidáctilos que son parte de la muestra. Claro, Hemingway, que adoraba a estos animalitos, menciona a los gatos en muchas de sus obras.  

 

Atención michilovers, aquí tres poemas de poetas que aman a los gatos
Uno de los gatos que vive en la residencia de Hemingway en Key West. Foto: Rob O’Neal.

 

 

Poemas para ronronear

Aquí seleccionamos a tres poetas que trabajan la "michitud" desde el desbordante universo lingüístico de la poesía, que aporta las herramientas correctas para acercarse, con la cautela adecuada (como la de los gatos), a esta amistad interespecie. Las tres aproximaciones rondan esa experiencia de la intimidad que, evocada desde la combinatoria poética, nos interpela la propia fragilidad sensitiva.

Jorge Luis Borges (1899-1986) no ocultaba la obsesión/admiración por los tigres en sus textos; le parecía que los gatos, son lo más aproximado que tenemos como personas a acceder a un felino mayor en dimensiones. 

 

A un gato

No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
eres, bajo la luna, esa pantera
que nos es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable de un decreto
divino, te buscamos vanamente;
más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño

 

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Borges y su gato Beppo.

 

 

 

La poeta polaca Wislawa Szymborska (1923-2012) recurre al mundo gatuno para plasmar en un poema la imposibilidad de comprender la muerte de su compañero de toda la vida:

 

Un gato en un piso vacío

Morir, eso no se le hace a un gato.
Porque qué puede hacer un gato
en un piso vacío.
Trepar por las paredes.
Restregarse entre los muebles.
Parece que nada ha cambiado
y, sin embargo, ha cambiado.
Que nada se ha movido,
pero está descolocado.
Y por la noche la lámpara ya no se enciende.

Se oyen pasos en la escalera,
pero no son ésos.
La mano que pone el pescado en el plato
tampoco es aquella que lo ponía.

Hay algo aquí que no empieza
a la hora de siempre.
Hay algo que no ocurre
como debería.
Aquí había alguien que estaba y estaba,
que de repente se fue
e insistentemente no está.

Se ha buscado en todos los armarios.
Se ha recorrido la estantería.
Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.
Incluso se ha roto la prohibición
y se han desparramado los papeles.
Qué más se puede hacer.
Dormir y esperar.

Ya verá cuando regrese,
ya verá cuando aparezca.
Se va a enterar
de que eso no se le puede hacer a un gato.
Irá hacia él
como si no quisiera,
despacito,
con las patas muy ofendidas.
Y nada de saltos ni maullidos al principio.

 

 

Atención michilovers, aquí tres poemas de poetas que aman a los gatos
"Gato en un piso vacío" es uno de los poemas más tristes que escribió Wislawa Szymborska.

 

 

Olga Orozco (Toay, La Pampa 1920-1999) dio un paso más: dedicó un libro completo de michipoemas a Berenice, su gata compañera. No se va a transcribir completo (por tristísimo) el poema XIV de ese libro en el que su incandescente poesía advierte sobre la veneración de los roperos que obsesionan a los gatos:

Jugabas a esconderte entre los utensilios de cocina
como un extraño objeto tormentoso entre indecibles faunas,
o a desaparecer en las complicidades del follaje
con un manto de dríada dormida bajo los velos de la tarde,
o eras sustancia yerta debajo de un papel que se levanta y anda.
Henchías los armarios con organismos palpitantes
o poblabas los vestidos vacíos con criaturas decapitadas y fantasmas.
Fuiste pájaro y grillo, musgo ciego y topacios errantes.
Ahora sé que tratabas de despistar a tu perseguidora con efímeras máscaras.

 

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Cantos a Berenice es el libro de Olga Orozco, dedicado a su gata.

 

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