Hay gestos que parecen pequeños, pero pueden cambiar el rumbo de una historia. Para Daniela Fernández, todo comenzó cuando caminaba por Neuquén capital junto a una amiga y vio a un joven sentado en la entrada de un edificio bancario, sobre la calle Juan B. Justo, concentrado en la lectura de un libro. A su lado tenía unas bolsitas de pañuelos descartables para ofrecer a quienes pasaban. Entre sus manos, un Código Penal comentado. Aquel contraste la detuvo: mientras la calle era parte de su realidad cotidiana, Matías González estaba estudiando y tomando apuntes porque sueña con convertirse en abogado.
Daniela decidió acercarse. No sabía entonces que aquella conversación breve, de apenas 10 minutos, terminaría movilizando a tantas personas. Tampoco imaginaba que, a partir de unas fotografías y un relato compartido en Facebook, la historia del joven despertaría una ola de solidaridad.
“De pronto dejé de escuchar a mi amiga, dejé de escuchar las bocinas, los ruidos de los autos y me acerqué a Matías”, recordó durante una entrevista en el programa Entretiempo por AM550.
Licenciada en Didáctica de la Lengua y la Literatura, Daniela explicó que la escena de alguien leyendo siempre le llama la atención. Pero hubo algo más: días antes, había pasado junto a otra persona que dormía en la calle y siguió caminando. Esa vez, su propia reacción le dolió. No quería acostumbrarse a mirar sin ver, ni aceptar que la pobreza y la exclusión se volvieran parte del paisaje.
“Yo no quiero que esta realidad se naturalice”, afirmó. Con Matías decidió actuar de otra manera: se acercó con respeto, le preguntó qué estaba leyendo y escuchó su respuesta. El joven le contó que quería estudiar Derecho, que le interesaban las leyes y que soñaba con ser abogado. Daniela le pidió permiso para tomarle fotografías, publicar su historia y compartir su nombre. Él aceptó.
De una conversación a una red de solidaridad
Lo que siguió fue mucho más que una publicación viral. Daniela comenzó a recibir mensajes de personas que querían colaborar, acercarle alimentos, ropa, calzado y libros, o ayudarlo a encontrar oportunidades. También buscó establecer contactos para que la asistencia llegara de manera concreta y respetuosa.
En las horas posteriores volvió a encontrarse con Matías. Compartieron mates, conversaciones y momentos de confianza. Le llevó comida, pensó en acercarle libros y hasta le regaló caramelos de cereza, un gesto sencillo que se convirtió en una pequeña marca de aquel vínculo.
Para Daniela, esa cercanía también implicó una responsabilidad: acompañarlo sin invadirlo, respetar sus decisiones y cuidar que su historia no se convirtiera en una oportunidad para otros a costa de su propia intimidad.
“Yo no me considero vocera de Matías. Creo que soy un puente entre algo lindo que me pasó a mí y un montón de gente linda que quiere hacer algo bueno por él”, explicó en la radio.
La ayuda empezó a tomar forma. Matías pasó una noche en el Refugio CIS, adonde llegó acompañado por Lucas Porro, funcionario del área de Desarrollo Humano. También recibió distintas donaciones y surgieron propuestas para acompañarlo en su formación. Daniela destacó la importancia de que ese primer paso no se transforme en un punto de llegada, sino en el comienzo de un camino hacia una vida autónoma.
Ayudar también es respetar sus sueños
Detrás de la historia que conmovió a las redes hay un joven que quiere trabajar, retomar sus estudios y construir su independencia. Matías le expresó a Daniela que necesita conseguir empleo para avanzar con sus proyectos y que no quiere depender permanentemente de un refugio.
Esa perspectiva es central para la mujer. La asistencia inmediata resulta necesaria, pero también lo son las oportunidades para estudiar, trabajar y recuperar la posibilidad de decidir sobre el propio futuro.
“Él quiere sentirse útil y ser protagonista de su vida”, contó Daniela, quien considera fundamental que el acompañamiento contemple tanto las necesidades materiales como el sostén profesional que su situación requiere.
Su mirada también invita a reflexionar sobre quienes viven en la calle. “Si yo digo que alguien vive en la calle, estoy reconociéndolo y me puedo permitir hacer preguntas y decir: esa persona está en la calle porque hay una estructura social que está fallando”, expresó.
Daniela no se presenta como una heroína. Habla de sensibilidad, de prestar atención y de animarse a hacer algo cuando una situación nos conmueve. Reconoce, además, que es importante cuidarse y actuar con precaución, sin que eso impida tender una mano cuando existen condiciones para hacerlo.
La historia de Matías sigue abierta. Conseguir un trabajo, retomar la escuela secundaria y, más adelante, estudiar Derecho son objetivos que requieren tiempo, acompañamiento y oportunidades concretas. Una publicación en redes no resuelve por sí sola esas dificultades, pero puede ayudar a ponerlas en el centro de la conversación y conectar a quienes necesitan ayuda con quienes pueden ofrecerla.
En medio de esa trama, Daniela eligió detenerse cuando podría haber seguido caminando. Vio a un joven leyendo, se interesó por sus sueños y decidió escucharlo. A veces, la solidaridad comienza así: con una pregunta, una charla y la voluntad de no mirar hacia otro lado