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Domingo 05 de Abril, Neuquén, Argentina
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La guerra que Trump aún no logra controlar

Tiene el ejército más poderoso de la historia y la voluntad política de usarlo para imponer sus condiciones a nivel global. Pero ni el mayor poderío militar del mundo pudo doblegar a un régimen que, aun en ruinas, todavía sabe cómo complicar la partida.

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Irán derribó dos cazas estadounidenses por primera vez en lo que va de la guerra

De todas las declaraciones de Donald Trump esta semana, -desde su red social, en improvisadas conferencias de prensa y en su mensaje televisivo a todo Estados Unidos el miércoles, el primero desde que comenzó la guerra- se puede extraer una conclusión: después de evaluar y anunciar varias opciones que tiene sobre la mesa para terminar la guerra, la militar vuelve a ser la única que le queda para terminar el conflicto cómo él quiere.  

Quedó claro que no le dejará el trabajo de liberar el estrecho de Ormuz a los europeos, y mucho menos que pueda declarar una victoria mientras los iraníes siguen controlando ese paso clave del petróleo global a su gusto. Ayer, en un nuevo mensaje, no dejó dudas: les recordó a los iraníes que el 6 de abril deben retrotraer la situación al punto exacto en que estaba un segundo antes de que empezara el conflicto: el libre tránsito por el estrecho de Ormuz. De lo contrario, en palabras de Trump, se desatará el infierno.

Una semana compleja que genera incertidumbre

El derribo de dos aviones caza en las últimas horas, la movilización de tropas, los despidos de altos mandos del ejército y la ansiedad de Trump por cerrar este capítulo son señales contundentes de que, más temprano que tarde, irá por la salida militar con operaciones terrestres puntuales. Es una decisión que nunca quiso tomar, pero que necesita para terminar la guerra. Siempre y cuando le salga bien.

Como quedó demostrado a lo largo de la historia, y en esta guerra en particular, por más poder militar extremo que se tenga, nadie es capaz de controlar todos los acontecimientos. La superioridad militar inédita de Estados Unidos, además de la demostrada voluntad política de Trump para exhibir y usar ese poderío sin reparos, le da a Estados Unidos una abrumadora superioridad. Sin embargo, quedó claro que no controla todas la variables. 

Irán pierde pero daña

El régimen iraní siempre supo que en el momento en que su existencia como tal peligrara, debía ejecutar las pocas opciones que tenía sobre la mesa para reducir la brutal asimetría militar. Y eso fue exactamente lo que hizo: golpear a los aliados árabes de Estados Unidos y controlar el estrecho de Ormuz para generar caos en los mercados. Hoy, 37 días después del inicio de la guerra sigue generando estupor en los mercados al decidir quién pasa,  quién no y a quién le cobra peaje. Parece poco, pero quizás no lo es tanto: el control del estrecho podría leerse como el único activo estratégico que Teherán logró preservar. Irán perdió en los últimos dos años su capacidad de desestabilizar la región y no parece que le quede margen, por varios años, para amenazar la hegemonía nuclear en el área. Pero en el control del estrecho de Ormuz encontró un arma que por ahora se muestra muy efectiva para contrarrestar la superioridad estadounidense. 

Trump buscó esta semana una salida diplomática que el régimen no parece dispuesto a darle, al menos por ahora. Eso demuestra que, por más que lo haya repetido, no le alcanzará con decir —como hizo esta semana— que el régimen está casi destruido y que las capacidades militares y nucleares iraníes quedarán reducidas a su mínima expresión. Lo mismo dijo después de la guerra de 12 días de junio. Trump apostó a que las nuevas autoridades iraníes que hoy gobiernan —surgidas luego de la decapitación de toda la cúpula que condujo ese país durante las últimas décadas— mostrarían signos de flexibilización, al estilo de Delcy Rodríguez. No sucedió y se entiende: siguen siendo parte del mismo régimen que está en pie. A diferencia de Venezuela, el régimen parece cada vez más inflexible y dispuesto a desafiarlo y, de paso, le sigue generando crisis políticas dentro de Estados Unidos y tensión en sus relaciones con aliados.

Esa inflexibilidad tiene nombre y apellido. El hijo del ayatolá eliminado, Mojtaba Jamenei, responde al ala más extremista del régimen: la Guardia Revolucionaria, que esta semana, con el derribo de dos aviones caza estadounidenses, reveló que después de 35 días de recibir ataques todavía posee capacidad de daño. No para ganar la guerra, pero sí para sostener una resistencia que complica los cálculos de Washington.

Israel, con agenda paralela

Mientras todo esto ocurre, Israel observa los pasos que dará Trump pero pone su principal atención en Hezbolá. Con su entrada en territorio libanés busca minimizar alejar de su territorio la amenaza terrorista, aunque sabe que para eliminarla definitivamente debería hacer algo que no está dispuesto a hacer: invadir todo el Líbano. El mayor riesgo que enfrenta es que Irán, Hezbolá y los Hutíes apuesten por una guerra de desgaste, buscando no tanto la saturación de las capacidades defensivas israelíes sino el hartazgo de su población: una sociedad que, si bien sostiene su apoyo a la guerra, está cada vez más agotada de tener que correr a los refugios ante cada ataque.

Un error de cálculo

Trump y sus asesores seguramente evaluaron que la presión militar y el descabezamiento del régimen serían suficientes para doblegar a un gobierno que, aún debilitado como nunca antes en su historia, está generando situaciones que transforman lo que podía haber sido un paseo militar en algo imprevisible e incontrolable. Lo intentarán profundizando  la vía militar. No parece haber otra alternativa, al menos mientras Trump mantenga la necesidad de mostrar un éxito visible y contundente para decir que ganó la guerra.

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