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Neuquén aprobará la exportación de GNL, sin concesiones teatrales

¿Hay, realmente, una oposición con motivos valederos, o, simplemente, un amague que después cambiará?

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La política, y su expresión concreta en la vivencia de una sociedad, es siempre recurrente, atraviesa por ciclos comparables entre sí; y, aunque siempre es distinto, de alguna manera, siempre, también, es igual.

En Neuquén se ha confirmado esta característica en los últimos días, cuando fue armada una obra de teatro como la reposición de aquella, más cruenta, puesta en escena hace 13 años, cuando la Legislatura aprobó el convenio entre YPF, Chevron, y la provincia, hecho que determinó el primer paso para el desarrollo de Vaca Muerta.

Los mismos sectores que entonces se opusieron, se oponen ahora al convenio con YPF para la exportación de gas natural licuado. Otra vez se habla de la soberanía, la independencia, y otros conceptos grandilocuentes, ante un hecho que, en definitiva, lo deben resolver los diputados, los representantes del pueblo, y no el manual de la izquierda populista argentina.

Todos saben esto, y todos saben también que se avanzará pese a esa oposición. Igual que ocurrió en 2013, en este 2026 se dará otro paso hacia la puesta en valor efectivo de la riqueza del subsuelo neuquino; y, también igualmente se montará una coreografía opositora con forma de movilización hacia la Legislatura, liderada por la menguante izquierda y la siempre activa corporación de gremios estatales.

Todos saben, pero igual cumplirán su parte, aunque nada cambie. Vaya a saber quién mueve (y para quiénes) los hilos del retablo titiritero que fantasea con la épica nacionalista cada vez que hay oportunidad de desarrollar, efectivamente, la economía.

Tal vez el aspecto más llamativo de esta obra de autor anónimo sea el que protagonizan los sindicatos: los estatales, en contra de la forma en que se viabiliza la exportación del gas; los que representan a los trabajadores petroleros, a favor, con el simple argumento de que así defienden y alientan más y mejores puestos de trabajo.

Los estatales evidencian que lo único que les importa es la renta que de los hidrocarburos recibe el Estado; los petroleros muestran la otra cara del fenómeno económico, que es la riqueza en sí que distribuye el recurso, más allá de lo que le quede al Estado.

La novedad, respecto de lo ocurrido en 2013, es que los estatales (al menos ATE, con Carlos Quintriqueo) tienen partido político propio. Su oposición, así, es no solo gremial sino también conceptual y pragmáticamente política: justo a meses de lo que serán las campañas electorales para el 2027.

Igual, más allá de las interpretaciones, está la credibilidad que transpira todo el asunto. ¿Hay, realmente, una oposición con motivos valederos, o, simplemente, un amague que después cambiará? Fue lo que sucedió a partir de 2013, cuando, quienes se habían opuesto tajantemente, comenzaron a discutir (y eventualmente disfrutar) sobre las ventajas que la ola de explotación no convencional plantó en el escenario.

La realidad suele mostrar que nadie se opone a lo que genera beneficios; y es, probablemente, lo que ocurrirá después que la Legislatura sancione el proyecto GNL, cuando la encendida retórica se vaya diluyendo, como un gas, en la límpida atmósfera patagónica.

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