Donald Trump no está tan apurado por terminar la guerra como por demostrar, sin dejar dudas, que su decisión de atacar Irán fue la correcta. Para eso, sabe que debe tomar el control del estrecho de Ormuz, o al menos intervenir en él para restablecer el volumen de envíos de petróleo previos al conflicto. El objetivo es claro: privar a Irán de su principal instrumento de presión, que es precisamente el de generar caos en los mercados globales.
Posiciones encontradas
Por estas horas, sus asesores y estrategas militares barajan opciones concretas para eso. Por un lado evalúan ocupar militarmente la isla de Kharg, punto estratégico donde sale el 90% del petróleo iraní. Ya vienen preparando el terreno: la semana pasada hubo ataques aéreos masivos a modo de "advertencia" y paso preparatorio.
Sin embargo, hay voces críticas dentro del propio establishment militar estadounidense que advierten que tomar Kharg no garantiza un control real sobre la producción iraní. Aun así, si Trump considera que ese es el camino, lo ordenará. Kharg sería la palanca para presionar a Irán y forzarlo a reabrir el estrecho, aunque usarla mal podría profundizar el conflicto en lugar de cerrarlo.
La hoja de ruta de Trump es clara en su lógica: primero degradar militarmente a Irán, luego abrir el estrecho, y recién entonces hablar de fin de guerra. En el mejor de los escenarios, busca propiciar una rendición incondicional; en el más realista, sentarse a negociar desde una posición de fuerza que le permita imponer condiciones al estilo de lo que hizo con Venezuela. No sería poco. El problema es que, por ahora, Irán, muy debilitado, todavía no muestra señales de ceder. Y mientras siga haciendo lo que quiere en el estrecho, Trump no puede declarar la victoria ni terminar la guerra, aunque quisiera.
Irán desafía
En las últimas horas se produjo un hecho inesperado que podría acelerar los tiempos: un ataque con misiles balísticos contra la isla de Diego García, donde hay una base militar operada por EEUU y Reino Unido en el océano Índico, a más de 4.000 kilómetros de distancia. El golpe demostraría que Irán tiene capacidad para alcanzar objetivos a distancias que lo acercan al alcance de Europa Occidental, un mensaje de advertencia para Washington y, sobre todo, los europeos, que hacen lo imposible para no meterse en la guerra.
Mientras los plazos se acortan, Washington piensa en armar una coalición acotada y funcional, dejando afuera a quienes no aporten. Estados Unidos comenzó a enviar marines a la región del Golfo, aunque aún nadie habla de operaciones terrestres, al menos masivas. Cualquier escalada que las involucre marcaría un cambio decisivo en el esfuerzo bélico y podría despertar a una Europa que hasta ahora permanece en un letargo estratégico.
Casi un mes después del inicio de la guerra, las señales apuntan a que el conflicto está a punto de expandirse en lugar de concluir. Todo dependerá de lo que ocurra en el estrecho de Ormuz y de la capacidad real que le quede al régimen iraní para sostener un conflicto prolongado. Su apuesta es clara: mantenerse en pie, demostrar que ni Israel ni Estados Unidos pudieron derribar al régimen, y desde ahí, negociar concesiones para cerrar el conflicto. En otras palabras, una derrota con sabor a triunfo.
Israel tiene sus propios planes
Israel también piensa en el fin del conflicto, pero con una lógica distinta a la de Trump. A Netanyahu no le preocupa demasiado el caos que podría generarse en Irán si el régimen colapsa, ni el impacto en los mercados globales. Siempre tuvo sus objetivos más claros: debilitar al máximo la capacidad de misiles balísticos iraníes y destruir, o retrasar por décadas, el programa nuclear. El objetivo de cambio de régimen lo ve hoy muy lejos, y descarta que pueda concretarse sin tropas sobre el terreno.
"No voy a poner tropas en ningún lado", dijo Trump aunque agregó que tampoco lo diría si lo estuviera planeando. Israel, mientras tanto, seguirá trabajando para eliminar los liderazgos que vayan surgiendo. A diferencia de Trump, Netanyahu no necesita un interlocutor ni le teme al caos. Lo que necesita es que Irán deje de ser una amenaza existencial para Israel. Y el premier israelí parece convencido de que nunca ha estado tan cerca de lograrlo como ahora.
Tres países, tres victorias diferentes
En ese tablero, donde cada actor persigue objetivos distintos bajo una misma guerra, el margen para una salida ordenada se achica. Para Trump, no alcanza con detener las hostilidades: necesita construir un relato de victoria tangible, medible, que discipline a Irán y estabilice los mercados. Para Israel, en cambio, el éxito no se mide en términos de estabilidad sino de degradación irreversible de la amenaza. Y para Irán, resistir ya es, en sí mismo, una forma de triunfo. Esa superposición de metas, lejos de alinearse, tiende a prolongar el conflicto y a volver más difuso cualquier punto de cierre.
Por eso, más que preguntarse cuándo termina la guerra, la clave pasa por entender quién logra imponer su definición de victoria. Si el estrecho de Ormuz sigue siendo un factor de presión y Teherán conserva capacidad de daño a distancia, Trump seguirá sin poder declarar el final que necesita. Y mientras Israel perciba que aún hay objetivos por destruir, tampoco habrá incentivos para bajar la intensidad. En ese cruce de estrategias, el desenlace no depende tanto del desgaste militar como de la capacidad política de cada actor para transformar sus logros parciales en una narrativa de triunfo.