Puede pasar. Ligar un piedrazo en una manifestación está dentro de las probabilidades. Esta casi certeza no sirve, sin embargo, para reflejar la angustia que se siente cuando es uno de los nuestros el que recibe el piedrazo. Cuando es uno del equipo el lastimado. El que paga, poniendo su cuerpo, el costo de informar, de ayudar a ser más libres a partir de saber qué es lo que pasa.
Marcos Arcas no fue herido por una piedra. La piedra fue solo el instrumento, sin conciencia. Marcos Arcas, el camarógrafo, fue herido directamente por esa idea que nos cuesta tanto sufrimiento, esa idea de que solo hay una verdad, y que si es necesario derramar sangre para imponerla, se derramará. Eso sí: procurando que no sea la propia. Es esa idea, brutal, atávica, de cuatro patas, la que hirió en pleno rostro a Marcos Arcas.
La intolerancia, su traducción inmediata, la violencia, su inspiración más frecuente, la ignorancia. Tres piedras que dieron en nuestro camarógrafo. No lograrán su presunto objetivo. No callarán a la prensa, como nunca, en realidad, lo han conseguido. Ni por izquierda, ni por derecha. Ni hablando de la revolución, ni haciendo apología de la contra. El periodismo sabe de estos riesgos. Los asume. Y, aunque nos duela ese piedrazo a todos, aunque ese dolor que sintió Marcos, nos duela a cada uno de nosotros, reafirmamos que seguiremos informando y opinando, sin miedo, con la única convicción de hacer nuestro trabajo.