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Viernes 13 de Marzo, Neuquén, Argentina
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El día que descubrimos el cementerio tehuelche en Vaca Muerta

En 1988, tres operarios de YPF que "buscaban piedritas", hicieron un hallazgo de enorme importancia arqueológica.

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Es 1988, agosto empieza a esbozar la primavera, y el viento corre sobre la meseta neuquina, cerca de Añelo. Venancio Painemil hace ya unos cuantos días y noches que vigila el llamado “cerro de los indiecitos”.

A un costado de los escasos 40 metros cuadrados que tiene la cúspide de la barda, está la carpa, donde duerme este mapuche que, por propia voluntad, vigila el cementerio tehuelche. El osario fue descubierto accidentalmente, por tres operarios de YPF, del sector Ingeniería de Obras, un día que estaban “buscando piedritas” e hicieron un alto en el trabajo.

José Campos, Antonio Oses y José Luis Pesutto fueron los descubridores.

Primero, vieron lo que parecían dientes humanos, esparcidos sobre la seca y volátil superficie de la barda. Después, encontraron una punta de flecha. Más tarde, cavaron un poco, y surgió un esqueleto humano completo.

No lo sabían, entonces, pero habían concretado el mayor hallazgo arqueológico, hasta ese momento, de la Patagonia.

A unos 80 kilómetros de Centenario, y alrededor de 20 de Añelo, está el cementerio y la carpita de don Venancio Painemil, el lugar donde duerme, sacudido por el viento, “como si estuviera en una cuna”.

En ese lugar, trabaja todos los días Ana María Biset, investigadora de la subsecretaría de Cultura de la provincia de Neuquén, acompañada por Francisco Romero, Mirta Solari y Alberto Garrido, del Museo de Plaza Huincul.

El 20 de agosto de 1988 se han descubierto ya los restos de 23 cuerpos. Cráneos grandes, fémures largos. Según los huesos, eran personas que alcanzaban casi los dos metros de altura. De la raza Tehuelche, los nómades de la Patagonia.

Se han marcado los niveles, se hacen cuadrículas en el terreno. Francisco Romero trabaja con un pequeño cepillo, separa la arena y las pequeñas piedras de las piezas óseas, una por una.

Las hipótesis que se hacen en ese día anticipan una probable antigüedad de los restos que oscilaría en los 300 años. Por ahora, la preocupación es mantener el lugar vigilado, para impedir daños o saqueos de algún buscador de tesoros.

Las tumbas abiertas muestran los esqueletos, que se han dispuesto en posición flexionada, de costado. Algunos están superpuestos. También hay de niños. De allí nació el nombre del “cerro de los indiecitos”. Se lo puso Sofía, una mapuche de los Painemil.

Ana María Biset lo evalúa como el descubrimiento más importante de los últimos años. Lo equipara con el cementerio del siglo 18, encontrado en Caepe Malal, un enterratorio Pehuenche. Ese hallazgo se hizo en 1984, y se encontraron, incluso, armaduras indígenas.

Ahora es 2026. El lugar pasó a ser Vaca Muerta, y el foco pasó de la explotación convencional petrolera, a la industria del fracking y del shale y de la exportación al mundo del gas escondido en la piedra profunda.

Allí se había construido el “Museo de Sitio de Añelo”, para preservar las tumbas tehuelches de la mejor manera, y, a la vez, que pudieran ser visitadas. Pero el olvido, parece, está ganando la pulseada.

Otro museo, el paleontológico, desplazó desde el interés oficial y desde el marketing turístico al del “cerro de los indiecitos”.

Los dinosaurios de hace 80 millones de años ganaron más espacio y publicidad que nuestros ancestros humanos patagónicos.

 

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