Eugenia y Agustín todavía intentan reconstruir los minutos más dolorosos de sus vidas. Su hija Fidelina, de 3 años, murió después de que el auto en el que viajaba junto a su madre cayera al lago Nahuel Huapi, en Bariloche. Ahora, sus padres cuentan cómo ocurrió la tragedia y se aferran al recuerdo de una niña que, aseguran, tuvo una vida plena y feliz. El plan de aquella jornada era sencillo: aprovechar las nevadas de los últimos días para ir al cerro Catedral. Fidelina estaba contenta, había elegido su ropa y se había dejado peinar con dos colitas. Criada en Bariloche, disfrutaba especialmente de las actividades al aire libre, la montaña, el bosque, la nieve y el lago.
La familia vive en el barrio Villa Don Orione, a la altura del kilómetro 15 de la avenida Bustillo, sobre una zona con una fuerte pendiente hacia el Nahuel Huapi. Sus padres decidieron esperar hasta después del mediodía para salir, cuando las temperaturas suelen ser algo más agradables y las condiciones de circulación mejoran. “Eran cerca de las 13.15. Para salir de casa, hay que dar marcha atrás desde el estacionamiento y luego ir hacia arriba, que es muy empinado”, explicó Agustín. El camino, además, tiene árboles y desemboca hacia un barranco que termina en el lago.
Según contaron, era una maniobra que habían realizado muchas veces, incluso con nieve. Habitualmente utilizaban una camioneta 4x4 y conocían las condiciones del terreno. Ese día, sin embargo, la nieve complicó la salida. Eugenia utilizó una pala para despejar parte del camino y Agustín también trabajó para marcar una huella. Aunque todavía quedaba nieve en el tramo más alto, consideraron que no representaba una dificultad extraordinaria. Fue allí donde el vehículo comenzó a deslizarse lateralmente. Eugenia estaba al volante, Fidelina viajaba en su butaca y Agustín permanecía más abajo, dándole indicaciones. “Dejó de acelerar y trató de acomodarlo”, recordó él. Eugenia intentaba recuperar la tracción y volver a la huella para regresar hacia la casa, pero una de las ruedas traseras cayó hacia la primera parte del barranco. “Me di cuenta de que estábamos por volcar. Fide me dijo ‘¡Mamá!’, como retándome. Le dije que no tuviera miedo, que no pasaba nada, que estaba conmigo”, relató Eugenia. El vehículo comenzó a dar vueltas. Fueron aproximadamente cuatro o cinco antes de terminar en el agua. “Yo me agarré del volante. Pensaba que algún árbol nos iba a frenar. No pasó. Y caímos al agua”, contó la mujer.
La ventana de Eugenia estaba abierta porque durante la maniobra se comunicaba con Agustín. El auto comenzó a llenarse de agua y a hundirse rápidamente. Se encontraban a unos 25 metros de profundidad. Eugenia logró quitarse el cinturón de seguridad e intentó encontrar a su hija dentro del vehículo. “Me pude sacar el cinturón, la fui a buscar a Fide y no la encontré”, relató entre lágrimas. El agua continuaba entrando y la mujer ya no podía contener la respiración. En ese momento tuvo que tomar una decisión desesperada. “Sentía que tenía que salir o me moría ahogada. Supe que si mis pulmones ya no resistían, Fide ya estaba muerta. También pensé, en milésimas de segundos, que iba a tener que vivir con esa decisión toda la vida”, contó. Según recordó, logró salir por una de las ventanas y nadó hasta encontrar una zona de claridad. Con la ropa y las botas puestas, consiguió llegar hasta una roca, donde comenzó a gritar.
Agustín había visto caer el vehículo y pidió a una vecina que llamara a los servicios de emergencia. Entonces recordó que tenían una tabla de stand up paddle junto a la vivienda. La arrojó por la barranca y bajó hacia el lago. “Ahí entendí todo, porque estaba ella sola. Bajé, nos subimos a la tabla, vimos las botitas y el casco flotar”, relató.
Eugenia presentaba principio de hipotermia. Ambos regresaron a la vivienda y, como no tenían las llaves, tuvieron que patear la puerta para poder ingresar. Luego avisaron a familiares que viven cerca y fueron trasladados al Sanatorio San Carlos. Mientras tanto, en el lugar trabajaron efectivos de la Policía, Prefectura y personal de la Fiscalía. Horas después, los buzos lograron encontrar el cuerpo de Fidelina.
Al enterarse de la noticia, sus padres decidieron solicitar el alta voluntaria para poder despedirse de su hija. Fueron hasta el camping Cirse y allí la vieron por última vez. En medio del dolor, encuentran cierto consuelo en saber que Fidelina no estaba herida y que el desenlace fue rápido, según pudieron conocer. “Le prometí que iba a vivir mi vida lo mejor posible, a pleno, que los momentos con ella me van a acompañar siempre”, expresó Agustín. Ahora, acompañados por familiares y amigos, Eugenia y Agustín quieren recordar a su hija por la alegría que transmitía. Para ellos, Fidelina tuvo una infancia feliz, rodeada de amor, naturaleza y experiencias compartidas. “Pensar en ella me da serenidad. La pienso feliz y hermosa”, dijo Eugenia.
La familia imagina una ceremonia de despedida en la playa, rodeada de las personas que acompañaron la vida de Fidelina. Quieren abrazarse, recordarla y tirar piedritas al agua, una de las cosas que a la niña le gustaba hacer. También iniciaron un pedido a la comunidad para recuperar algunas de sus pertenencias. Solicitaron que quienes encuentren objetos de Fidelina en el lago puedan hacérselos llegar. “No siento pena por lo que le faltaba vivir. Sí sé que tuvo lo que necesita un niño, nuestro amor inconmensurable, nuestra presencia. Era una nena muy feliz”, afirmó Eugenia.
En estas horas, sus padres intentan atravesar la tragedia paso a paso, aferrados a los recuerdos de los tres años que compartieron con su hija. “Yo deseaba mostrarle el mundo tal como lo veo, con sus maravillas, con sus injusticias también. Y se lo mostré. Con su corta edad, pudo comprenderlo bastante, a fuerza de preguntas y repreguntas. Pudo disfrutar la montaña, el bosque, la nieve, el lago. Fueron tres años compartidos, pero lo fueron todo. Te amo, hija. Fuiste brillante y seguirás brillando en el recuerdo de todos los que te conocieron”, escribió Eugenia.