Enola Gay era el nombre de la madre del comandante del avión que dejó caer la bomba, a las ocho y cuarto de la mañana del 6 de agosto de 1945. La explosión fue en el aire, a unos 570 metros sobre el hospital principal, ubicado en el centro de la ciudad de Hiroshima. En los primeros 9 segundos murieron 100 mil personas. Otras 100.000 quedaron heridas, muchas de ellas de gravedad.
La temperatura, en el lugar del impacto, alcanzó los 50 millones de grados centígrados; a dos kilómetros de distancia el calor era de 1800 grados. La onda expansiva -con una fuerza de un kilo por centímetro cuadrado- derribó 60.000 edificios de un soplo, y convirtió el centro de la ciudad en un descomunal baldío radiactivo.
Después, algunos sobrevivientes dijeron que aquella mañana “el cielo se derrumbó, y luego volvió a levantarse”.
Se había arrojado la bomba atómica, por primera vez, sobre una población civil. La intención fue, supuestamente, terminar con la guerra, derrotar definitivamente al enemigo. Aunque suene extraño, todavía, en este 2026, a 81 años de aquella barbarie, para “salvar miles de vidas”.
Paul Tibbets, el piloto y comandante de aquel vuelo, contó, en un reportaje, que la bomba “demoró 54 segundos en caer, y fueron los segundos más largos de la historia. Entonces, vi el resplandor, y cuando la luz llegó al avión, sentí un gusto a amalgama en la boca…años después un físico me explicó que la energía atómica liberada, había actuado sobre la mezcla de plomo y plata con que el dentista había arreglado una de mis muelas. Desde entonces tengo la extraña sensación de que la bomba atómica tiene gusto a amalgama”.
Dijo Tibbets: “Cuando finalmente enderecé el avión y miré por primera vez hacia abajo me di cuenta de que sólo quedaban algunos edificios en ruina en los barrios alejados: la ciudad entera había desaparecido. Yo había escuchado varias descripciones posibles sobre cómo sería la explosión, pero aquello era absolutamente increíble y desolador. Ahora que han pasado los años sigo pensando que aquella fue una decisión correcta, y, en iguales circunstancias, volvería a arrojar la bomba”.
Tibbets, quien pidió bautizar al avión que conduciría hasta Hiroshima con el nombre de su madre, Enola Gay, alcanzó el rango de general de brigada, y se retiró de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en 1966. Siempre afirmó que «dormía tranquilo» y no se arrepentía de su deber. Murió en 2007, a los 92 años, y pidió no tener funeral, ni lápida, para evitar protestas.
Los otros 11 tripulantes del Enola Gay, el bombardero B-29 que arrojó la bomba atómica sobre Hiroshima, continuaron con sus vidas tras la Segunda Guerra Mundial, y todos fallecieron por causas naturales, entre 1953 y 2014.