Hay un lugar de la Patagonia, donde el último solsticio del año se recibe el 21 y 22 de diciembre, frente al mar, inmersos en la naturaleza del desierto, en compañía de amigos, con buena comida y meditación de por medio.
Se trata de “El Cabo”, un refugio y paraje natural ubicado en Cabo Raso, un accidente geográfico de la costa de Chubut (a 150 km de Trelew y a 80 km de Camarones), con casas y dormis frente al mar para hospedaje.
El Cabo es un lugar minimalista, es la mínima expresión de todo. No hay señal de teléfono, internet, ni televisión. Hay que cuidar el agua, la tierra y la energía. Pero es un lugar con grandes lujos como la naturaleza circundante, el cielo y el mar. En ese espléndido y prístino marco natural, durante esos dos días habrá muchas actividades para celebrar el episodio planetario del 21 que marca el inicio del verano en nuestro hemisferio.
Dentro de las actividades que detalla el itinerario, el “atardecer” es una de ellas, donde no hay más que esperar la caída del sol apreciando ese majestuoso fenómeno que se da a diario, pero en el cual casi no reparamos en la diaria.
También habrá fogones, cena y meditación bajo uno de los cielos más oscuros de la Patagonia (así lo definió el astrofotógrafo Sergio Montufar). Tal como explica Leo Gasco, sommelier de vinos orgánicos y guía de todo el evento, “la idea es hacer fuegos y rituales sagrados, comidas guiadas y degustaciones sensoriales de vinos orgánicos junto con ejercicios de percepción para sentir más profundamente las comidas y el vino y conectar los sentidos”.
El amanecer también será una celebración. Luego del saludo al sol, llegará el desayuno al lado del mar, yoga y música. Por la tarde, después de un breve descanso reparador, unos mates y la salida de recolección de sal.
El Cabo, también paraíso de surfers y fotógrafos de todo el mundo, te ofrece sumarte durante el día a este evento o pasar el finde entero para desenchufar. “Recibir el solsticio en Cabo Raso es darse el lugar para frenar el tiempo, poder verse a uno mismo en un lugar donde la naturaleza da ese espacio, ese escenario, en contacto con el mar, y a través de las actividades poder pensar en todo lo que queremos transformar, hacer una proyección hacia lo que se viene para adelante”, explica Leo.
Desenchufar para volver a enchufar en “modo raso”, esa es la cuestión y la aventura de pasar un finde en este lugar, donde las obligaciones son cuidar el entorno, permitirse la reflexión, disfrutar y si, tienen suerte y las condiciones naturales lo permiten, ver uno de los espectáculos más hermosos que brinda la naturaleza: las noctilucas (fenómeno que se da en el mar cuando rompen las olas y organismos unicelulares y bioluminiscente entran en contacto con el oxígeno y emiten luz).
Así es la vida en El Cabo, donde la nada está llena de todo. “Son esos lugares donde uno puede ir a desconectarse de la realidad del día a día para conectarse con otra realidad, para llevar un poco de calma hacia el adentro”, concluye el sommelier.
El Cabo
Hace unos 12 años, dos patagónicos enamorados de este lugar, Eduardo y Eliane, idearon un proyecto para reconstruir Cabo Raso. Con mucho esfuerzo, lo convirtieron en “El Cabo”, un hogar-paraje que brinda hospedaje al viajero con una especial atención en el respeto por el entorno natural. En línea con esa premisa, fueron reconstruyendo las casitas abandonadas de lo que fue este paraje hace 100 años atrás y las ambientaron con el espíritu de quien reconstruye un nido para habitarlo de por vida.
Ellos son los únicos habitantes permanentes de este lugar que en temporada abre sus puertas a los visitantes.
El Cabo es un lugar rupestre, donde la vegetación, las aves, el mar, todo está lo más intacto posible. Los cielos son de los más limpios y oscuros del planeta y quienes llegan hasta ahí, comparten los principios espirituales y morales de quien respeta la tierra en su estado más puro.