Dos arqueros, dos historias atravesadas por el terrorismo de Estado. Uno sobrevivió para contar el infierno; el otro sigue ausente, como un arco sin guardián. Entre atajadas, secuestros y silencios, el fútbol también fue territorio del horror.
En el fútbol, el arquero es el último hombre. El que ordena desde el fondo, el que espera, el que se arroja cuando ya no queda margen. En la Argentina de la dictadura, ese lugar dejó de ser una metáfora. Se volvió destino.
Claudio Tamburrini atajaba en el ascenso, con pasos por clubes como Almagro, y estudiaba filosofía. Era de los que vivían el puesto con intensidad: voz firme, reflejos rápidos, cabeza fría. El arco era su territorio, un espacio donde todo parecía tener lógica.
Hasta que en 1977 lo secuestraron.
La Mansión Seré, el centro clandestino de detención en Castelar, reemplazó al vestuario. La venda en los ojos, a la mirada atenta del arquero. Durante meses fue torturado, reducido a un cuerpo en cautiverio. Pero incluso ahí sobrevivía algo de su oficio: la espera, la lectura del instante.
La fuga fue una jugada límite. Una noche, junto a otros detenidos, escapó. Saltó un muro desnudo, corrió en la oscuridad, herido, como si estuviera atajando la última pelota de su vida. Y la atajó.
Sobrevivió. Con los años, su historia se transformó en memoria, en el libro Pase libre y en la película Crónica de una fuga, dirigida por Adrián Caetano. Tamburrini pudo contar.
Del otro lado, el arco sigue vacío.
En 1973, Hugo Gatti volaba de palo a palo en Gimnasia y Esgrima La Plata. Era el dueño del arco, el show, la personalidad. Pero hubo tres partidos en los que ese lugar tuvo otro nombre: Antonio Piovoso.
Piovoso había llegado desde Pehuajó con un sueño clásico: jugar en Primera. Lo consiguió. Debutó en el arco tripero en La Paternal, en una derrota 2 a 0 frente a Argentinos Juniors. No fue una tarde épica, pero sí el inicio de algo que parecía abrirse.
Atajó poco, pero estuvo ahí: en el lugar más solitario del fútbol, ocupando el arco de un equipo de primera.
Después la vida siguió por otros caminos. Se alejó del fútbol, avanzó en la carrera de Arquitectura, trabajaba como dibujante en un estudio. Tenía 24 años. Un futuro en construcción. Hasta el 6 de diciembre de 1977.
Ese día, un grupo de tareas irrumpió en su lugar de trabajo. No lo buscaban a él, sino a un compañero. Pero se lo llevaron igual. Como si el azar también fuera parte del mecanismo del terror.
Nunca había tenido militancia. Nunca volvió.
Algunas versiones indican que pasó por la Unidad 9 de La Plata y luego por el centro clandestino “La Cacha”. Desde entonces, su nombre integra la lista de desaparecidos. Es, además, un caso singular: el único futbolista desaparecido que llegó a jugar en un equipo de Primera División.
Su arco quedó vacío.
Dos historias que se cruzan sin tocarse.
Tamburrini escapó y pudo narrar el horror. Piovoso quedó atrapado en él, sin voz propia, reconstruido a partir de fragmentos: un debut en La Paternal, tres reemplazos a Gatti, un plano de arquitectura inconcluso.
Ambos fueron arqueros. Ambos enfrentaron, de distintas formas, la misma violencia nacida en la Argentina del Golpe de Estado en Argentina de 1976.
Porque el terrorismo de Estado no distinguió entre figuras y suplentes, entre estrellas y promesas, entre quienes estaban bajo los reflectores y quienes apenas empezaban a hacerse un lugar.
El fútbol tampoco fue ajeno.
Hay algo en la imagen del arquero que resiste el paso del tiempo: ese cuerpo que se lanza cuando todo parece perdido. Pero hay otra imagen que persiste más. La del arco sin nadie. El de Piovoso.
Un arco que no volvió a ocuparse nunca más.