A medio siglo del golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, la memoria sigue siendo un territorio vivo en Neuquén. No solo por lo ocurrido, sino por la persistencia de quienes sostuvieron la lucha en los años más oscuros y también en democracia. Entre esas voces está la de Sara Mansilla, histórica docente neuquina e integrante de la Asamblea por los Derechos Humanos (APDH), quien reconstruye el clima previo al golpe, el terror cotidiano y la vigencia de una consigna que atraviesa generaciones: memoria, verdad y justicia.
“No digo que era un golpe anunciado, pero sí había una fuerte sospecha de que las Fuerzas Armadas estaban preparando la ruptura de la democracia”, recuerda Mansilla sobre los días previos al 24 de marzo. En ámbitos políticos, sindicales y sociales ya se percibía un escenario de tensión creciente, enmarcado en un contexto regional atravesado por dictaduras coordinadas.
Para Mansilla, lo ocurrido no fue un hecho aislado ni improvisado: “Fue un proyecto político, un plan sistemático para escarmentar, castigar y disciplinar a la sociedad”. En ese esquema, explica, se construyó la figura del “enemigo interno”, deshumanizando a militantes y ciudadanos hasta convertirlos en “no personas”. Esa lógica habilitó lo peor: torturas, secuestros y desapariciones.
El miedo como forma de vida
En lo cotidiano, la dictadura se tradujo en miedo. Miedo en las casas, en el trabajo, en la calle. “Teníamos miedo, mucho miedo. Hacíamos esfuerzos por disimularlo, pero lo sentíamos todo el tiempo”, relata.
Docente de vocación, Mansilla transitaba esos años entre la escuela, la universidad y la vida familiar, con hijos pequeños y una realidad que se volvía cada vez más opresiva. “Sabíamos que se estaban llevando gente, pero al principio creíamos que iban a aparecer. No imaginábamos la magnitud del horror”, confiesa.
Con el paso del tiempo, y gracias a investigaciones, testimonios y el trabajo periodístico internacional, comenzaron a comprender la dimensión del terrorismo de Estado: centros clandestinos, torturas sistemáticas y desapariciones forzadas. “Esto no era poner orden. Era una crueldad inimaginable”, afirma.
El rol clave de la Iglesia y la APDH
En medio de ese escenario, Neuquén tuvo una particularidad: el rol determinante del obispo Jaime de Nevares, quien se convirtió en un faro de protección y contención. “Tuvimos un paraguas protector enorme”, destaca Mansilla.
De Nevares impulsó la creación de la APDH en Neuquén casi de inmediato tras el golpe, junto a figuras clave como Noemí Labrune. La Catedral se transformó en un espacio de encuentro para familiares desesperados que no encontraban respuestas. “Había que abrir las puertas para que la gente supiera que estábamos”, recuerda. Allí se recibían denuncias, se escuchaban historias y se construía, en medio del terror, una red de contención y resistencia.
Ese compromiso no estuvo exento de riesgos: la Catedral fue atacada y el propio obispo sufrió amenazas. “Fue un hombre excepcional”, resume Mansilla, al tiempo que marca la diferencia con sectores de la Iglesia que, en otros niveles, fueron cómplices del régimen.
De la búsqueda a la justicia
Con el retorno de la democracia comenzó otro proceso largo y complejo: el de la justicia. En Neuquén, los juicios por delitos de lesa humanidad arrancaron en 2008 y continúan hasta hoy.
Para Mansilla, esos procesos tuvieron un valor profundo: “No es solo lo que dicen los organismos o las familias. Es la Justicia la que establece lo que pasó. Es cosa juzgada”.
Los testimonios fueron clave, aunque implicaron un enorme esfuerzo emocional para las víctimas y sus familiares. “Había miedo, pero también una necesidad enorme de ser escuchados por los jueces, de decir: ‘esto pasó, hagan justicia’”, señala.
A pesar del paso del tiempo, los juicios cumplieron un rol reparador y también pedagógico para la sociedad. “Los genocidas tuvieron todas las garantías. Eso también habla de la democracia que construimos”, agrega.
La memoria como construcción activa
Además de su militancia, Mansilla también aportó desde la escritura con trabajos como “Seis mujeres detenidas desaparecidas en Neuquén”, donde busca humanizar a las víctimas.
“Había que devolverles su identidad, contar quiénes eran, sus historias, sus vidas”, explica. Mujeres jóvenes, trabajadoras, estudiantes, que fueron arrancadas de sus hogares en el marco del plan represivo.
La memoria, insiste, no es un ejercicio del pasado: “No es solo recordar. Es para que no vuelva a pasar, para seguir buscando la verdad y para que haya justicia”.
El 24 de marzo, hoy
A 50 años del golpe, Mansilla observa con esperanza la participación de las nuevas generaciones. “Las marchas están llenas de jóvenes. Van familias enteras. Eso significa que no hay olvido”, sostiene.
Lejos de las formas tradicionales, los jóvenes encuentran nuevas maneras de expresar la memoria: murales, música, redes sociales, intervenciones culturales. “Son otras formas, pero lo importante es que el mensaje sigue vivo”, destaca.
Para la referente de derechos humanos, el desafío actual es sostener una memoria activa, crítica y comprometida con el presente. “Si la gente sigue marchando, es porque sabe lo que pasó y no quiere que se repita”, afirma.
En ese camino, la consigna sigue intacta, pero resignificada en cada generación: memoria para entender el pasado, verdad para reconstruirlo y justicia para que nunca más vuelva a suceder.