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Jueves 02 de Abril, Neuquén, Argentina
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Botines por fusiles: los pibes del fútbol que cambiaron el sueño por la guerra

Las historias de futbolistas y deportistas que dejaron todo para ir a combatir revelan una trama cruda, atravesada por el miedo, la incertidumbre y sueños que quedaron interrumpidos.

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De promesas del fútbol a soldados en Malvinas: historias de una juventud que cambió los botines por la guerra.

La pelota giraba ajena,o quizás no tanto, a lo que ocurría a miles de kilómetros, en un territorio inhóspito donde el frío penetra hasta los huesos y el miedo se respiraba en cada rincón. Mientras que en las canchas se cantaba el himno y se colgaban banderas con consignas patrióticas, en las Islas Malvinas había pibes que habían cambiado el vestuario por trincheras.

El fútbol no se detenía, pero el país estaba en guerra: entre banderas y homenajes, las canchas también reflejaban la tensión de Malvinas.

Tenían entre 18 y 20 años. Algunos apenas habían debutado en Primera, otros soñaban con hacerlo. Eran proyectos de futbolistas, promesas de barrio, chicos que empezaban a asomarse en los clubes del ascenso o en las inferiores. Pero el 2 de abril de 1982 partió sus vidas en dos.

La Clase 62, el documental sobre Malvinas y el fútbol

Luis Escobedo era uno de ellos. Defensor de Los Andes, ya había sumado minutos en el primer equipo cuando recibió la orden de reincorporarse al Ejército. En cuestión de horas pasó de entrenar con la ilusión del fin de semana a pisar suelo malvinense. No hubo transición. No hubo tiempo para dimensionar lo que venía. Solo un viaje sin retorno a una realidad brutal.

Sergio Pantano también vivió ese quiebre. Jugador de las inferiores de Talleres de Remedios de Escalada, estaba cumpliendo el servicio militar cuando lo subieron a un camión, le dieron ropa de invierno, en pleno calor de marzo y lo enviaron al sur. “¿A dónde voy?”, preguntó. La respuesta fue tan escueta como inquietante: Tierra del Fuego. Esa misma noche ya estaba lejos de todo lo conocido.

Sergio Pantano, de promesa en Talleres de Escalada a combatiente en Malvinas.

Ambos combatieron durante los 74 días que duró la guerra. Como ellos, hubo otros futbolistas que atravesaron la misma pesadilla: Omar De Felippe, que por entonces jugaba en Huracán; Gustavo De Luca, promesa de River; Juan Colombo, de Estudiantes; o Javier Dolard, de Boca. Nombres que el fútbol recuerda por sus carreras, pero que la historia también debería abrazar por lo que vivieron en las islas.

Porque la guerra no fue solo balas y enfrentamientos. Fue hambre, frío, abandono. Fue sobrevivir en condiciones infrahumanas, con escaso equipamiento y frente a una potencia militar como Gran Bretaña. Fue, sobre todo, la ruptura de una juventud que ya no volvió a ser la misma.

Mientras tanto, en el continente, el deporte convivía con una realidad contradictoria. El mismo fin de semana en que comenzó el conflicto, el fútbol argentino siguió su curso. Huracán y Boca empataron 3 a 3 en Parque Patricios, con el himno sonando fuerte y banderas que decían “Las Malvinas siempre fueron argentinas”. En el Monumental, Lanús y San Lorenzo convocaban multitudes, como si la normalidad fuese posible.

La escena rozaba lo surrealista. En medio de discursos encendidos desde los balcones oficiales, incluso se llegó a pensar en organizar un partido en las islas para “levantar el ánimo” de los soldados. La selección argentina jugó amistosos que fueron transmitidos por televisión con la intención de acompañar a los combatientes. Pero en las trincheras nadie recuerda esas imágenes. La realidad era otra.

También el rugby tuvo su capítulo. Bajo el nombre de Sudamérica XV, el seleccionado viajó a Sudáfrica y logró una victoria histórica. La postal de Hugo Porta en la tapa de una revista teñida de celeste y blanco contrastaba con el drama que se vivía en el Atlántico Sur.

El deporte, en definitiva, funcionó como una especie de espejo distorsionado: mostraba épica, unidad, patriotismo. Pero del otro lado, los verdaderos protagonistas de esa historia eran chicos que resistían como podían.

El regreso tampoco fue sencillo. Para muchos, la vuelta significó empezar de cero. Escobedo logró reconstruir su carrera y tuvo pasos importantes por el fútbol argentino y chileno. Pantano también volvió a las canchas y fue protagonista de un ascenso histórico con Talleres de Escalada. Otros, en cambio, no pudieron retomar el camino. Eligieron otros rumbos, otras vidas. Pero todos, sin excepción, cargaron con lo mismo: una marca imborrable.

Un homenaje que atraviesa el tiempo: la bandera en alto por quienes dieron su vida en Malvinas.

A más de 40 años, el recuerdo sigue latente. No solo como un hecho histórico, sino como una herida abierta que atraviesa generaciones. En cada historia hay un sueño interrumpido, una juventud arrebatada, una camiseta que quedó colgada.

Y en cada 2 de abril, cuando el país se detiene a mirar hacia el sur, el fútbol también hace su propio silencio. Porque sabe que, entre gambetas y goles, hubo una vez en que sus protagonistas tuvieron que cambiar la pelota por la guerra.

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