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El Sapito de las mil batallas: fue héroe de Central, ganó títulos y hoy trabaja de albañil junto a su padre

Hernán Encina jugó casi dos décadas en el fútbol profesional, marcó goles inolvidables en los clásicos rosarinos y levantó dos campeonatos. A los 43 años volvió a sus raíces y trabaja en la construcción con su papá.

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Hernán Encina volvió a sus raíces: hoy trabaja junto a su padre en la construcción y disfruta del fútbol con amigos del barrio.

Hay historias que trascienden los resultados, los títulos y las estadísticas. Historias que recuerdan que detrás de cada futbolista hay una persona, un barrio y una familia. La de Hernán "Sapito" Encina es una de ellas.

Durante años fue protagonista de los clásicos más calientes de Rosario, gritó goles que quedaron grabados en la memoria de los hinchas de Central, levantó títulos y recorrió el país con la pelota como compañera inseparable. Hoy, lejos de los estadios repletos y de los flashes del fútbol profesional, su realidad es muy diferente. Pero no por eso menos digna ni menos valiosa.

A los 43 años, el exmediocampista canalla cambió los vestuarios por las obras en construcción y trabaja junto a su padre como albañil en el barrio Las Flores, el mismo que lo vio nacer, crecer y soñar con llegar algún día a Primera División.

Lejos de esconder su presente, Encina lo cuenta con orgullo. Mientras muchos ex futbolistas prefieren aferrarse al pasado, él abraza su nueva etapa con la misma naturalidad con la que alguna vez entró a una cancha. "Hoy estoy con mi viejo trabajando de albañil. No se me van a caer los brazos por decirlo, no tengo vergüenza", aseguró. Y fue incluso más allá al explicar que si el fútbol no le hubiera abierto las puertas, probablemente habría terminado haciendo exactamente lo mismo. "Hoy también estamos laburando de eso y me gusta", reconoció.

La imagen sorprende porque se trata de un jugador que disputó 366 partidos como profesional, marcó 28 goles y construyó una carrera de casi dos décadas en el fútbol argentino e internacional. Sin embargo, para el Sapito la verdadera riqueza nunca estuvo en otro lado.

Cada vez que podía regresar a Rosario, volvía a Las Flores. Mientras muchos futbolistas se alejaban de sus raíces, él elegía reencontrarse con los amigos de toda la vida, compartir tiempo con su familia y caminar las mismas calles donde dio sus primeros pasos. "Me iba a otro lugar, pero siempre caía en el barrio para estar con mi familia y mis amigos", recordó.

Ese vínculo nunca se rompió. Por eso hoy disfruta de los torneos amateur con "Los de Siempre", un equipo integrado por amigos del barrio con el que sigue despuntando el vicio. Allí comparte vestuario con históricos conocidos de la zona, entre ellos César Delgado y familiares de viejas glorias canallas. Más que una competencia, para Encina se trata de una excusa para reencontrarse con quienes estuvieron a su lado antes de que llegara la fama.

"Nunca cambié. Es lo que me enseñó mi viejo, el barrio y el sacrificio. Hoy estamos en Las Flores y cuando terminamos de jugar nos sentamos con los muchachos, con los amigos. Eso es lo más lindo", contó.

Pero llegar a disfrutar de este presente no fue sencillo. Su carrera estuvo marcada por momentos de gloria, aunque también por golpes durísimos que estuvieron a punto de hacerlo abandonar todo.

Debutó en Rosario Central en 2001 y apenas dos partidos después fue titular en un clásico rosarino. Aquella tarde marcó un gol ante Newell's y parecía destinado a convertirse rápidamente en una de las figuras del club. Sin embargo, el fútbol le tenía preparado un camino mucho más complejo.

Pasó años relegado, sufrió lesiones gravísimas y hasta estuvo cerca de abandonar definitivamente la actividad. Hubo un momento en el que sintió que ya no tenía fuerzas para seguir peleando. "Le dije a mi señora que quería dejar el fútbol, que no aguantaba más", recordó. Pero encontró el apoyo que necesitaba para seguir adelante y no rendirse.

Esa segunda oportunidad llegó de la mano de Miguel Ángel Russo, uno de los nombres más importantes de su carrera. Cuando muchos ya no confiaban en él, el entrenador volvió a abrirle las puertas del plantel profesional.

"Estaba marginado y jugando en Cuarta. Russo me llevó nuevamente a Primera y me dio una oportunidad que nunca me habían dado. Siempre voy a estar agradecido", confesó.

No fue el único que marcó su camino. Encina también recordó con emoción a Omar Palma y Ángel Zof, dos referentes históricos de Rosario Central que lo ayudaron cuando apenas era un adolescente que intentaba hacerse un lugar en el fútbol. "Omar fue un padre para mí dentro y fuera de la cancha", aseguró.

Aquellas oportunidades terminaron cambiándole la vida. Volvió a jugar, se reinventó y escribió algunos de los capítulos más recordados de su carrera. Entre ellos aparece el gol que le convirtió a Newell's en 2013 para darle a Central una victoria inolvidable en el Gigante de Arroyito. Una tarde que los hinchas canallas todavía recuerdan.

Sin embargo, cuando repasa todo lo vivido, Encina asegura que el momento más duro de su vida no ocurrió dentro de una cancha. Fue la muerte de su madre. Allí entendió el verdadero valor del esfuerzo que habían hecho sus padres para que pudiera cumplir el sueño de convertirse en futbolista.

"Gracias al sacrificio que hicieron mis padres logré jugar al fútbol", recordó emocionado.

Quizás por eso hoy no tiene problemas en levantarse temprano para trabajar junto a su padre en una obra. Porque detrás del ex futbolista sigue estando aquel chico de Las Flores que aprendió desde pequeño que el sacrificio y la humildad son valores que no se negocian.

Mientras el fútbol profesional sigue girando a toda velocidad y fabrica nuevas estrellas cada temporada, la historia del Sapito Encina ofrece una postal diferente. La de un hombre que supo jugar en la elite, que vivió momentos de gloria y que hoy encuentra felicidad lejos de los estadios, compartiendo jornadas de trabajo con su viejo, ayudando a chicos del barrio y disfrutando de un partido con amigos.

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