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Domingo 12 de Abril, Neuquén, Argentina
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Estados Unidos-Irán: una negociación tan difícil como deseada

A través de negociaciones, Estados Unidos e Irán buscan una salida que les permita mostrarse como ganadores. El problema es que los objetivos de ambos parecen incompatibles.

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A pesar del fracaso en la primera ronda negociaciones, Donald Trump y el régimen iraní están en el lugar que buscaban: una mesa de negociaciones donde ambas partes puedan presentar el resultado como una victoria propia. Durante las dos semanas que dure la tregua harán lo que sea necesario, a pesar de las enormes diferencias que quedaron reveladas en las mas de 20 horas de reuniones en Islamabad, Pakistán,  para evitar lo que ninguno quiere, aunque cada uno por razones distintas: una escalada del conflicto.

Trump necesita mostrar que el Estrecho de Ormuz queda libre. Esa es la señal que los mercados esperan para calmarse y comenzar una baja sostenida del precio del petróleo. De hecho, fue lo primero que anunció mientras sus negociadores todavía estaban reunidos con los iraníes en Islamabad: escribió que buques estadounidenses estaban pasando sin problemas. Irán lo desmintió de inmediato.

Los iraníes descubrieron en la extorsión del Estrecho algo quizás más valioso que el desarrollo de un arma nuclear. Con recursos limitados, drones baratos, minas y misiles de corto alcance,  no solo generaron caos en los mercados globales sino que también van por más: exigen ahora cobrar peaje a los buques que transiten el canal. Es decir, Irán sale a negociar pidiendo más de lo que tenía antes de que comenzara la guerra el 28 de febrero.

El programa nuclear iraní y los 400 kilos de uranio enriquecido constituyen otro punto de profunda divergencia. Trump ya declaró que no permitirá que Irán enriquezca uranio y que retirará y monitoreará el material que ya está cerca de permitir construir una bomba, denunciado por el OIEA. Irán, por su parte, reivindica su derecho soberano a desarrollar energía nuclear —siempre bajo el argumento de fines pacíficos— y no renunciará a esa prerrogativa. Para acercar posiciones, Trump debería confiar en el OIEA, organismo de la ONU, para supervisar de cerca un desarrollo nuclear iraní severamente limitado. Serían malas noticias para Israel.

Teherán buscará generar fisuras entre Trump y Netanyahu. Para eso intentará conformar al presidente estadounidense —quizás cediendo en lo del Estrecho— mientras busca ventajas en el resto de la agenda. Israel lo sabe, y por eso acelera sus operaciones en el Líbano para dejar a Hezbolá tan debilitado como Hamas en Gaza.

Fortalezas y debilidades

Las fortalezas y fragilidades de ambas partes quedarán expuestas en esta negociación. Entre las primeras hay que señalar que Irán saldrá del proceso afirmando que ganó: el régimen sobrevivió los ataques combinados de Estados Unidos e Israel y comprobó que tiene un arma mucho más poderosa de lo que imaginaba —la extorsión mediante el bloqueo del Estrecho de Ormuz—. Además, mantiene intacto el control social a través de la represión y conserva su capacidad de generar caos en los mercados globales.

Trump, por su parte, tiene la carta más poderosa: un aparato militar intacto, en guardia para —según sus propias palabras— "desatar el infierno" sobre Irán. Es una opción que puede usar pero que prefiere no usar, porque las consecuencias en los mercados globales serían mucho más costosas que cualquier logro militar, el cual tampoco garantizaría el derrumbe del régimen. También controla las sanciones económicas que han debilitado seriamente a Teherán, y tiene en su mano la carta de Israel: aunque Netanyahu ha demostrado capacidad para convencer a Trump de tomar ciertas decisiones, la palabra del presidente estadounidense sigue siendo determinante para disciplinar a un Bibi que sin el apoyo político y militar de Washington tendría mucho más difícil seguir reconfigurando Oriente Medio a su medida.

Pero tanto Trump como el régimen iraní pagaron costos altos en esta guerra que los debilitan también en estas negociaciones. Irán sufrió una pérdida de influencia regional mientras observa cómo Israel rediseña Oriente Medio casi a su gusto. Quedó dañada, además, su relación con los países del Golfo a los que atacó. Su debilidad militar es extrema y lo aleja de cualquier sueño de resurrección, al menos en el corto plazo. A eso se suma el descabezamiento de su liderazgo político, religioso, militar y nuclear. En esas condiciones deberá soportar la presión de Estados Unidos, Israel y Occidente para que abandone definitivamente su carrera nuclear.

Trump, a su vez, deberá hacer malabarismos dialécticos para convencer de que sale de esta guerra ganando y de que cumplió sus objetivos —que, hay que decirlo, nunca quedaron del todo claros—. Dejar el Estrecho de Ormuz tal como estaba un segundo antes de que comenzara la guerra suena a poco. Su ansiedad por cerrar este capítulo y pasar de página se explica por la creciente presión política interna: demócratas, algunos aliados, y —más preocupante para él— un electorado que nunca quiso esta guerra, que piensa en su bolsillo y que observa con inquietud una inflación que no cede.

En definitiva, en los próximos días asistiremos a negociaciones intensas y a versiones contradictorias sobre lo que se acuerda o se rechaza. Pero las diferencias tendrían que ser muy profundas para que esta tregua fracase y abra paso a una escalada militar. A nadie le conviene que eso ocurra. Lo que veremos, entonces, es un resultado suspendido entre dos extremos: una paz definitiva que transforme Oriente Medio en algo nuevo, y una escalada militar de consecuencias impredecibles para Estados Unidos, para Irán y para el mundo.
 

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