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La fiebre de la ansiedad no es buena consejera rumbo al 2027

Prevalece la gestión de gobierno por encima de cualquier discurso, en esta coyuntura; al final, todos terminan hablando de eso.

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Cada semana que pasa, y mientras hay una ansiedad preelectoral superlativa, se afianza la certidumbre que lo que pueda pasar en 2027 depende, casi exclusivamente, de lo que los actuales gobiernos (el oficialismo, distrito por distrito) hagan o dejen de hacer; pues no se ve, en el horizonte inmediato, una puja conceptual, una discusión ideológica, sino un examen, un escrutinio diario, de los humores ciudadanos.

Así, hasta pueden sonar desubicados quienes hablan de política en términos de política; es decir, quienes siguen utilizando una retórica que tiene más que ver con el siglo 20 que con este despiadado 21, en el que el posicionamiento de las cosmovisiones tiene que ver estrictamente con la satisfacción o insatisfacción mayoritaria, y en el que etiquetas como “izquierda”, “derecha”, “populista” o “liberal”, son solo eso, etiquetas pegadas en la pared desencantada del olvido.

Además, la obsesión enfermiza y adictiva por las redes digitales, y el nuevo credo que se eleva de ese conjunto de sandeces que se construye tanto por el que sabe mucho como por el que no sabe nada, completa el menú emocional por sobre el racional, y termina apartándose de las necesidades reales, tanto como la virtualidad se precia de ser la alternativa a la vida de verdad, esa que exige desde los intestinos, esa que no se permite grandes construcciones hipotéticas.

Ante la confusión potenciada por los nada ingenuos algoritmos al servicio de los poderes del dinero, lo que se pone en la balanza cuando el ciudadano proyecta el destino con forma de urnas, es lo que tal o cual gobierno ha hecho bien, o ha hecho mal; y, de eso, estimar concretamente en la vida común y rutinaria, la de los deseos y los intestinos, en cuánto ha contribuido, para bien, o para mal.

Así, la política es más lo que se hace que lo que se dice. Eso no siempre fue así, pero ahora lo es, con mayúscula; y, por eso, prevalecen las miradas sobre las gestiones, pues todos terminan dándose cuenta que es lo que va, lo que sirve: tanto para quien las defiende, y se propone continuarlas, como para quien las ataca, con el propósito de desplazar a quien gestiona.

En Neuquén, el actual liderazgo de quienes están en función de gobierno, es muy fuerte, precisamente porque se observa una fuerte acción concreta de la política, potenciada, evidentemente, por la abundancia de recursos que genera el sector más favorecido por los avatares económicos de los últimos años en Argentina, el de la producción de energía vinculada a los hidrocarburos, más precisamente, al shale, al gas de esquisto, al fracking, en fin, a lo que se hace día a día en Vaca Muerta.

Por eso, y porque el actual gobierno de Rolando Figueroa evidentemente ha tomado cuenta de la coyuntura, y la ha escrito en sus propias tablas de la Ley, es que solo cabe esperar que se siga redoblando la apuesta, y esto se verá, por ejemplo, en el inédito convenio que se firmará la semana próxima, según anunció el gobierno, en Houston, esa Meca estadounidense, con las petroleras YPF, Chevron, Pampa Energía, Pan American Energy, Phoenix Global Resources, Pluspetrol, Shell, Total Austral, Vista Energy, Geopark y Harbour Energy, para el financiamiento de unos mil kilómetros de rutas en territorio neuquino.

Según se informó, el plan contempla la pavimentación de la Ruta Provincial 8, en el tramo comprendido entre el empalme con la Ruta Provincial 6, y el llamado “Camino de Tortuga”, y se complementará con los trabajos que ya se ejecutan sobre la Ruta Provincial 6 en Rincón de los Sauces. El esquema también proyecta la pavimentación y repavimentación de la Ruta Provincial 51, entre las rutas 8 y 17; la repavimentación de la Ruta Provincial 8 entre las rutas 51 y 7; y trabajos sobre la Ruta Provincial 7, desde el límite con Río Negro hasta el empalme con la Ruta 8.

Es solo un ejemplo, que muchos entusiastas revolucionarios de café e Instagram tal vez no consideren como tal… aunque, ciertamente, abruma ver cómo se entiende a la oposición como la resistencia al avance del progreso, atropellándose para ver quién levanta primero una objeción ambientalista, o alguna consigna del siglo pasado acerca de la maldad intrínseca del capitalismo. Es muy poco para oponer a tanta obra pública (en un país que no se ha distinguido por hacerla), y hay mucha necedad en la equivocada percepción de cómo juzgará la gente las obras que mejoran su propia vida.

Las rutas, los puentes, las escuelas, los hospitales, las represas, los riegos, son cuestiones que se van concretando más allá de las admoniciones retóricas. Perder ese foco, no le sirve al oficialismo ni, mucho menos, a la oposición, por más ansiedad que se ponga pensando, con la fiebre en aumento, en el 2027.

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