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Neuquén, donde chocan las superpotencias mundiales

La provincia se transformó en territorio en disputa entre Estados Unidos y China. El affaire Huawei-CALF revela hasta dónde está dispuesto a llegar Washington para frenar a Beijing.

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El Embajador de Estados Unidos en Argentina, Peter Lamelas, acusó a Huawei de espionaje
La CALF es la distribuidora eléctrica más grande de la Patagonia
Milei y el canciller Quirno quedaron en el medio de esta disputa entre EE.UU y China equilibrio en
Trump y Xi Jinping, protagonistas principales de la mayor disputa geopolítica
EE.UU sospecha que Huawei roba datos sensibles de sus usuarios para reportarlos ante el Partido Comunista Chino

Estados Unidos parece no inquietarse demasiado cuando Argentina renueva el swap con China, cierra acuerdos comerciales con ese país o si Javier Milei coquetea con viajar a Beijing para afianzar las relaciones. Pero esta semana quedó demostrado que sí le molesta, y mucho, que empresas chinas se queden con negocios estratégicos que, están convencidos, pueden poner en riesgo su seguridad nacional o que disputan el control de recursos como el petróleo y el gas en América Latina.

Neuquén, otra vez en el centro de la escena

Por eso Neuquén se transformó en uno de los escenarios de la mayor disputa geopolítica desde el fin de la Guerra Fría: la que libran, ya a cielo abierto, las dos superpotencias globales, China y Estados Unidos. La intervención de la administración Trump en el acuerdo al que había llegado CALF —la distribuidora eléctrica más grande de la Patagonia— con Huawei para instalar un data center en la zona de influencia de Vaca Muerta revela algo de fondo: no habrá gestión de tecnología ni de recursos naturales estratégicos en la que Washington no ponga en juego su relación con Argentina.

El protagonista de esta historia fue Peter Lamelas, embajador de Estados Unidos en Argentina, quien no dudó en acusar públicamente a la empresa china de espiar para el Partido Comunista. No es una novedad en el discurso de Washington: incluso antes de esta administración, los gobiernos estadounidenses vienen denunciando el uso dual de la tecnología que China despliega a través de empresas que, por ley, están obligadas a colaborar con el Estado. Para Estados Unidos, es un punto no negociable.

Neuquén conoce bien qué es la tecnología dual. Persisten las sospechas sobre la base espacial china que opera en la provincia desde 2012 en la localidad neuquina de Bajada del Agrio, bajo un convenio con la CONAE que le cedió a la agencia china el control de lanzamiento y seguimiento satelital. Washington viene advirtiendo, cada vez con más insistencia, que un mismo desarrollo —la antena de una estación de observación, una red de fibra óptica o un data center como el que Huawei proyectaba en Vaca Muerta— puede servir simultáneamente para un fin declarado y para otro que no figura en ningún convenio.

Para sostener esa denuncia, Estados Unidos apoya un argumento difícil de contrarrestar: Huawei, como todas las empresas privadas chinas, mantiene vínculos estrechos con el Partido Comunista. La acusación de Lamelas se basa en ese diagnóstico que Washington repite hace años: la ley china obliga a sus compañías tecnológicas a entregar datos al Estado cuando este los requiera. No es una sospecha sin base: es una obligación legal que rige en China y que ningún gobierno puede eludir del todo, algo que separa este caso de una simple pulseada geopolítica sin fundamento.

La embajada estadounidense en Buenos Aires primero presionó a los directivos de la cooperativa para que rompieran el vínculo con Huawei, alegando que estaba en juego la seguridad nacional de su país. Llegó a amenazar con revocar las visas de 18 directivos de CALF. Ante la resistencia, Lamelas fue por más y acusó directamente a la empresa china de espionaje. A partir de ahí, la disputa escaló: Huawei le exigió a Lamelas que precisara los cargos y la Cancillería argentina quedó en el medio, sin margen para eludir el planteo de Washington.

La doctrina Monroe, pero a lo Trump

El método elegido por la diplomacia estadounidense no debería sorprender. Alcanza con repasar los últimos movimientos de Washington para entender hasta dónde está dispuesto a llegar en la región. Ya lo había anticipado la Estrategia de Seguridad Nacional presentado en diciembre de 2025, el documento donde cada presidente estadounidense fija sus lineamientos de política exterior: allí quedó claro que América Latina volvía a ser prioridad para contrarrestar la influencia que China construyó durante décadas, y que generó dependencias económicas y financieras, e incluso estratégicas, con inversiones en obras de infraestructura clave difíciles de romper para Washington.

Pero Trump demostró que está dispuesto a correr todos los límites. La presión pública y explícita de Marco Rubio sobre las autoridades panameñas, días después de asumir, para sacar del control del Canal a empresas chinas, y la inédita captura de Nicolás Maduro para retomar el control del petróleo venezolano y desplazar la influencia china, convierten la intervención de Lamelas en un capítulo menor de una estrategia mucho más amplia.

Estados Unidos vuelve a demostrar que no solo vigila cada movimiento de China en la región, sino que no reconoce límites políticos ni diplomáticos para actuar. Y se trata de una prueba de fuego para el gobierno de Javier Milei, que hasta ahora solo había recibido buenas noticias desde Washington y podía jactarse del éxito de su alineamiento incondicional con Estados Unidos.

Milei venía tanteando el terreno para saber hasta dónde podía avanzar con China sin irritar a la administración Trump. Logró renovar el swap, prometió un viaje a Beijing y, sobre todo, retiró de su discurso los insultos hacia ese país. Pero este episodio deja en claro que cuando están en juego recursos estratégicos —energía, tierras raras o tecnología, incluidos los data centers, el 5G y la inteligencia artificial— se desata una carrera veloz y feroz por su control, de la que Milei queda preso, con la hegemonía mundial y la seguridad nacional de por medio.

Las inversiones y la presencia de China en Argentina siguen siendo mucho menores que las de Estados Unidos. Lo que preocupa a Trump es la tendencia, y algunos proyectos puntuales, como el posible puerto de Ushuaia o las represas Kirchner y Cepernic, en Santa Cruz. Eso es lo que buscan frenar, apelando a argumentos de seguridad nacional. Lamelas lo dijo sin rodeos: "China exige a sus empresas que le entreguen al Estado cualquier dato que pase por su tecnología y sus redes de inteligencia artificial. Todo está controlado por el Partido Comunista Chino."

Una batalla más de una guerra silenciosa

La furiosa intervención de Lamelas se explica en ese contexto. Para Estados Unidos, este episodio de la CALF y China en Neuquén se transformó en el peor escenario posible: lo que está en juego es la instalación de infraestructura tecnológica en el corazón mismo de Vaca Muerta, el yacimiento no convencional más importante del país. Según Washington, todo lo que hagan allí las empresas que operan en la zona —muchas de ellas estadounidenses— podría quedar expuesto a China.

El interés de Estados Unidos por América Latina no es coyuntural: llegó para quedarse. Es una región que ya ocupa un espacio estructural en la disputa entre las dos potencias por los recursos naturales y por el uso de la tecnología en clave de seguridad nacional. En Neuquén se dio la combinación perfecta para activar la alarma de Washington: la posibilidad de que tecnología china controle el área de recursos más vital que tiene Argentina.



 

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