La Guerra de Malvinas no es un recuerdo encapsulado en los libros de historia. Es una herida que atraviesa generaciones y que, cada año, vuelve a doler en tiempo presente. Duele por los 649 argentinos que murieron en las islas, pero también por quienes regresaron y debieron enfrentar otro frente: el del silencio, la desatención y, muchas veces, el olvido.
Porque la guerra no terminó en junio de 1982. Continuó —y en muchos casos continúa— en las vidas de los excombatientes que cargaron con secuelas físicas y psicológicas profundas, en una sociedad que tardó demasiado en escucharlos y en un Estado que durante años no estuvo a la altura. Las cifras estremecen: cientos de veteranos se quitaron la vida después del conflicto, víctimas de un abandono que también forma parte de esta historia.
El reclamo argentino sobre las Islas Malvinas es legítimo e histórico. Pero esa legitimidad fue utilizada por la última dictadura militar —la misma que desplegó un plan sistemático de desapariciones, torturas y muerte— como una herramienta desesperada para perpetuarse en el poder. En ese contexto, la recuperación de las islas fue presentada como una gesta patriótica, cuando en realidad fue también una decisión irresponsable que expuso a miles de jóvenes a una guerra desigual.
Quienes vivieron aquellos días difícilmente puedan olvidar el clima que se respiraba. La euforia inicial, alimentada por discursos grandilocuentes y una información controlada, contrastó rápidamente con la crudeza de la realidad. En mi memoria aparece nítida la imagen de las calles de mi barrio Almagro colmadas de entusiasmo, mientras resonaba aquella frase que prometía una confrontación para la cual el país no estaba preparado.
La rendición no solo marcó el final del conflicto bélico. También abrió una etapa de duelo colectivo, atravesada por la tristeza y la desorientación. En lo personal, ese dolor tiene nombre propio: el de un amigo de la infancia que no volvió, tripulante del ARA General Belgrano, hundido en uno de los episodios más trágicos de la guerra.
Con el paso de las semanas, la épica se desmoronó. La guerra mostró su verdadero rostro: el del frío, el hambre, la improvisación y el abandono. En las islas, la mayoría de los soldados eran jóvenes de 18 o 19 años, con escasa instrucción y equipamiento insuficiente. En el continente, las familias empezaban a recibir noticias fragmentadas, confusas, muchas veces devastadoras.
La rendición no solo marcó el final del conflicto bélico. También abrió una etapa de duelo colectivo, atravesada por la tristeza y la desorientación. En lo personal, ese dolor tiene nombre propio: el de un amigo de la infancia que no volvió, tripulante del ARA General Belgrano, hundido en uno de los episodios más trágicos de la guerra.
Hablar de Malvinas hoy implica asumir una mirada compleja. Significa sostener con firmeza el reclamo de soberanía, pero también reconocer los errores, las responsabilidades políticas y las consecuencias humanas de aquella decisión. Significa, sobre todo, poner en el centro a quienes combatieron: escucharlos, acompañarlos y garantizar que nunca más sean invisibles.
Una sociedad más justa no es la que repite consignas vacías, sino la que construye memoria activa. Malvinas no puede ser solo una fecha en el calendario ni un símbolo ocasional. Es una causa que debe sostenerse con responsabilidad, con educación y con compromiso democrático.
Hablar de Malvinas hoy implica asumir una mirada compleja. Significa sostener con firmeza el reclamo de soberanía, pero también reconocer los errores, las responsabilidades políticas y las consecuencias humanas de aquella decisión. Significa, sobre todo, poner en el centro a quienes combatieron: escucharlos, acompañarlos y garantizar que nunca más sean invisibles.
Porque recordar no es solo mirar hacia atrás. Es, también, una forma de preguntarnos qué hacemos hoy con esa historia. Y de asegurarnos de que el dolor que aún persiste tenga, al menos, un sentido: el de no volver a repetirlo.