Soy hijo de un caído en Malvinas. Y, como tantos otros, aprendí que la ausencia puede ser un territorio inmenso. Mi padre no tiene una tumba con lápida: su lugar es el Atlántico Sur, esa extensión profunda y anónima, donde también descansan los demás héroes del crucero General Belgrano. Otros caídos tienen una cruz en las islas o, en algunos casos —como el de Néstor "Moncho" Águila—, descansan en sus pueblos. Pero para muchos de nosotros, el duelo no tiene un lugar firme donde anclarse. Por eso, un cenotafio —ese cementerio sin cuerpos— no es un símbolo más: es un lugar donde la ausencia se vuelve presencia.
Este año, el cenotafio de Neuquén cumple 20 años. Y aunque hoy parece inseparable del paisaje del Parque Central, como si siempre hubiera estado allí, su existencia es el resultado de una construcción lenta, persistente y profundamente humana. Hubo un tiempo en que allí no había nada, o apenas gestos aislados. Los veteranos y los familiares de caídos hacíamos una vigilia casi en silencio cada 2 de abril, cuando el resto del país seguía su rutina. Ese silencio no era casual: hablaba de una posguerra difícil, de historias que no encontraban lugar. Los soldados habían combatido dos veces: en las islas y en el regreso. Y durante mucho tiempo, esa segunda batalla fue la más dura: la de hacerse visibles en una sociedad que no sabía —o no quería— mirar.
El cenotafio neuquino sigue cumpliendo una función esencial: darnos un lugar. A los familiares, a los héroes caídos, a los veteranos, y también a toda la comunidad, en una memoria que no reconozca provincias de origen sino lazos de pertenencia.
Los cenotafios surgieron, entonces, como respuesta a una pregunta imposible: ¿cómo honrar a quienes no tienen tumba? ¿Cómo abrazar a los que yacen en el fondo del mar, a los enterrados en las islas, a los dispersos en el continente? En Neuquén, ese camino tuvo su propia historia: comenzó con gestos pequeños y valientes —un gazebo levantado con timidez en Olascoaga y Sarmiento, luego las carpas, las muestras, e incluso aquel cenotafio que no pudo ser en San Martín y Olascoaga—, hasta que la ciudad fue, poco a poco, haciendo lugar.
A comienzos de los 2000, ese recorrido encontró respaldo en el Concejo Deliberante con la cesión de un espacio en el Parque Central para erigir el monumento. El cenotafio no es solo una obra: es la materialización de esa persistencia y de una lucha por la memoria que terminó por transformar la indiferencia en reconocimiento, un puente entre lo que falta y lo que necesitamos sostener.
Los cenotafios surgieron, entonces, como respuesta a una pregunta imposible: ¿cómo honrar a quienes no tienen tumba? ¿Cómo abrazar a los que yacen en el fondo del mar, a los enterrados en las islas, a los dispersos en el continente? En Neuquén, ese camino tuvo su propia historia
Sin embargo, a veces ese mismo espacio sufre vandalismo. Y la pregunta incómoda aparece: ¿no será, en parte, el reflejo de una distancia entre lo que decimos y lo que hacemos cuando hablamos de Malvinas? Si los adultos —también veteranos y familiares de caídos— no terminamos de asumir, a veces, la profundidad de la causa, difícilmente los más jóvenes puedan apropiársela y cuidarla. No alcanza con la solemnidad de un acto o con una fecha en el calendario. La memoria también se construye en lo cotidiano, en el respeto por los símbolos que dicen quiénes somos y qué elegimos recordar.
A veinte años de su inauguración, el cenotafio neuquino sigue cumpliendo una función esencial: darnos un lugar. A los familiares, a los héroes caídos, a los veteranos, y también a toda la comunidad, en una memoria que no reconozca provincias de origen sino lazos de pertenencia. Porque ser hoy veterano o familiar de un caído no es quedarse anclado en el pasado, sino sostener una memoria viva que interpela el presente. En ese espacio, cada nombre, cada silencio, cada acto, nos recuerda que hay ausencias que no se llenan, pero que, justamente por eso, nos obligan a estar más presentes que nunca.