Hay artistas que sobreviven en sus canciones y otros que, después de morir, construyen alrededor de esas canciones una historia mucho más grande que su propia vida. Gilda pertenece a esa segunda categoría.
Este 7 de septiembre se cumplen 30 años de la muerte de Myriam Alejandra Bianchi, la mujer que había elegido llamarse Gilda y que, en apenas unos años, consiguió modificar el lugar de la mujer dentro de la música tropical argentina. Murió a los 34 años, cuando su carrera atravesaba su mejor momento y mientras viajaba por Entre Ríos para continuar una gira.
Tres décadas después, su voz sigue sonando. “No me arrepiento de este amor”, “Fuiste”, “Corazón valiente”, “Paisaje”, “Se me ha perdido un corazón” y “No es mi despedida” dejaron de pertenecer exclusivamente al mundo de la cumbia. Fueron cantadas por artistas de otros géneros, utilizadas en escenarios, fiestas, canchas y programas de televisión, y llegaron a generaciones que nunca pudieron verla cantar en vivo.
Pero para entender por qué Gilda permanece hay que volver a Myriam. A la mujer que durante buena parte de su vida tuvo una existencia bastante alejada de los escenarios.
Antes de Gilda estaba Myriam
Myriam Alejandra Bianchi nació el 11 de octubre de 1961, en Villa Devoto, Buenos Aires. Desde chica tuvo una relación especial con la música. En su casa había un piano y, según recordaría años después, la fantasía de cantar aparecía en juegos infantiles en los que se disfrazaba con ropa de su madre y su abuela y utilizaba un micrófono de madera que le había construido su padre.
Pero aquel sueño no parecía destinado a convertirse en una profesión. La vida familiar la llevó por otro camino. La enfermedad de su padre marcó profundamente su adolescencia y juventud. Muy joven tuvo que asumir responsabilidades familiares y laborales. Estudió Educación Física y luego se formó como docente de nivel inicial. Durante años fue maestra jardinera, una actividad que disfrutaba y en la que también encontraba una manera de expresarse.
Tres décadas después, su voz sigue sonando. “No me arrepiento de este amor”, “Fuiste”, “Corazón valiente”, “Paisaje”, “Se me ha perdido un corazón” y “No es mi despedida” dejaron de pertenecer exclusivamente al mundo de la cumbia. Fueron cantadas por artistas de otros géneros, utilizadas en escenarios, fiestas, canchas y programas de televisión, y llegaron a generaciones que nunca pudieron verla cantar en vivo.
Los actos escolares fueron, en cierta forma, sus primeros escenarios. Organizaba actividades, cantaba y participaba de los festejos de la escuela. Allí, sin saberlo, estaba ensayando para una vida que todavía no se animaba a imaginar.
Gilda contó alguna vez que en su casa no habían incentivado especialmente aquella inclinación artística. Incluso cuando recibió una tarjeta vinculada al mundo del espectáculo durante su juventud, decidió no avanzar para no generar un conflicto con sus padres.
El sueño quedó guardado. Hasta que volvió.
Una mujer de 30 años que decidió empezar de nuevo
A comienzos de los años 90, Myriam ya era una mujer adulta, estaba casada y tenía dos hijos. Nada en su vida hacía pensar que estaba a punto de ingresar a uno de los ambientes más competitivos de la música argentina. La oportunidad apareció a través de un aviso en el que se buscaba una cantante para una agrupación de música tropical. Myriam se presentó.
El encuentro decisivo fue con Juan Carlos “Toti” Giménez, músico, tecladista y productor que se convirtió en una figura fundamental de su carrera. Giménez creyó en aquella voz y en una artista que no encajaba demasiado con el estereotipo de la cantante tropical de aquellos años.
La industria buscaba determinadas características. Gilda ofrecía otras. Era delgada, de voz dulce, tenía una imagen alejada de las figuras exuberantes que dominaban las bailantas y sus canciones hablaban de sentimientos, pérdidas, deseos y decisiones personales. No parecía destinada a convertirse en una estrella de la música tropical. Y justamente por eso terminó siendo diferente.
Gilda comenzó su carrera profesional cuando ya había cumplido los 30 años. En una época en la que las carreras musicales solían comenzar mucho antes, decidió hacer aquello que había postergado durante años: cantar.
Su nombre artístico también fue parte de esa transformación. Eligió “Gilda”, inspirado en el personaje interpretado por Rita Hayworth en la película del mismo nombre. Myriam comenzaba a quedar atrás. Nacía Gilda.
El encuentro decisivo fue con Juan Carlos “Toti” Giménez, músico, tecladista y productor que se convirtió en una figura fundamental de su carrera. Giménez creyó en aquella voz y en una artista que no encajaba demasiado con el estereotipo de la cantante tropical de aquellos años. La industria buscaba determinadas características. Gilda ofrecía otras. Era delgada, de voz dulce, tenía una imagen alejada de las figuras exuberantes que dominaban las bailantas y sus canciones hablaban de sentimientos, pérdidas, deseos y decisiones personales
Cuatro discos para cambiarlo todo
Su carrera fue vertiginosa. Entre 1992 y 1995 publicó cuatro álbumes que fueron marcando diferentes etapas de su crecimiento: “De corazón a corazón”, “La única”, “Pasito a pasito con... Gilda” y “Corazón valiente”.
En apenas unos años pasó de los escenarios pequeños a convertirse en una de las figuras más importantes de la música tropical argentina. Pero su crecimiento no estuvo exento de dificultades.
La música tropical de los años 90 tenía sus propios códigos, y Gilda debió abrirse camino en un ambiente en el que una mujer que componía sus propias canciones y pretendía decidir sobre su carrera no siempre era recibida con los brazos abiertos.Ella siguió adelante. Encontró en sus canciones una forma de contar lo que estaba viviendo.
“No me arrepiento de este amor”
En 1994 apareció una canción que terminaría cambiando para siempre su historia: “No me arrepiento de este amor”, incluida en Pasito a pasito con... Gilda. Con el tiempo se convirtió en su canción insignia.
La historia detrás del tema también está atravesada por la vida personal de la cantante y por su relación profesional y afectiva con Toti Giménez. El productor contó posteriormente que Gilda quiso dedicársela y que incluso tuvieron que insistir para que la canción fuera grabada porque inicialmente no convencía a los responsables del proyecto. La canción comenzó a crecer y, después de la muerte de Gilda, se transformó definitivamente en un fenómeno masivo.
En 1994 apareció una canción que terminaría cambiando para siempre su historia: “No me arrepiento de este amor”, incluida en Pasito a pasito con... Gilda. Con el tiempo se convirtió en su canción insignia. La interpretaron artistas de otros géneros. Se convirtió en canción de cancha y llegó a públicos que no tenían ninguna relación con la bailanta.
Lo que había sido una canción de cumbia pasó a escucharse en lugares donde probablemente nadie hubiera imaginado que podía llegar. La cantaron músicos de rock. La interpretaron artistas de otros géneros. Se convirtió en canción de cancha y llegó a públicos que no tenían ninguna relación con la bailanta.
En 2016, incluso, volvió a ocupar el centro de la escena gracias a la película “Gilda, no me arrepiento de este amor”, dirigida por Lorena Muñoz y protagonizada por Natalia Oreiro.
La tragedia que cambió todo
El 7 de septiembre de 1996, Gilda viajaba en un micro junto a integrantes de su banda y familiares rumbo a Entre Ríos. El vehículo circulaba por el kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12 cuando se produjo el choque. Gilda tenía 34 años.
En el accidente también murieron su hija Mariel, su madre Isabel, tres músicos de su banda y el conductor del ómnibus. Su hijo Fabrizio y el productor Toti Giménez sobrevivieron. La muerte ocurrió cuando Gilda todavía estaba en plena expansión artística.
Había llegado a la cima, pero su carrera apenas comenzaba a mostrar hasta dónde podía llegar. Y allí ocurrió algo que nadie podía prever. La muerte detuvo a Myriam. Pero hizo crecer a Gilda.
El 7 de septiembre de 1996, Gilda viajaba en un micro junto a integrantes de su banda y familiares rumbo a Entre Ríos. El vehículo circulaba por el kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12 cuando se produjo el choque. Gilda tenía 34 años. En el accidente también murieron su hija Mariel, su madre Isabel, tres músicos de su banda y el conductor del ómnibus. Su hijo Fabrizio y el productor Toti Giménez sobrevivieron. La muerte ocurrió cuando Gilda todavía estaba en plena expansión artística.
Cuando la cantante se convirtió en mito
Después de la tragedia comenzaron a aparecer relatos de personas que aseguraban haber recibido milagros o favores de Gilda. Su figura comenzó a adquirir una dimensión religiosa que la cantante jamás había buscado deliberadamente.
En el lugar del accidente, sobre la Ruta Nacional 12, nació un santuario popular. Con el paso de los años se convirtió en un sitio de peregrinación donde sus seguidores dejan flores, velas, fotografías, cartas y distintos objetos. Así comenzó a construirse la imagen de “Santa Gilda”, una figura que no pertenece formalmente a la Iglesia Católica pero que ocupa un lugar muy particular dentro de la religiosidad popular argentina.
La paradoja es enorme. La mujer que alguna vez había dicho que no se consideraba poseedora de poderes especiales terminó siendo venerada por personas que encontraron en sus canciones una forma de esperanza.
La película y una nueva generación
Veinte años después de su muerte, Gilda volvió a las pantallas. Natalia Oreiro la interpretó en Gilda, no me arrepiento de este amor, una película que recuperó buena parte de su historia personal: la mujer casada y madre de dos hijos que decide perseguir un sueño profesional cuando muchos consideraban que ya era demasiado tarde para empezar.
La película permitió que una nueva generación conociera a Myriam.Y puso nuevamente en primer plano una de las características más interesantes de su historia: Gilda no fue una artista que comenzó de niña y siguió un camino anunciado. Fue una mujer adulta que decidió cambiar de vida. Ese aspecto explica buena parte de su vigencia.
Porque detrás de la cantante que aparece en las estampitas y en los murales existe una historia mucho más cotidiana: la de una mujer que tuvo miedo, responsabilidades, hijos, una familia, una profesión y un deseo que durante años había quedado guardado. Hasta que decidió recuperarlo.
Gilda cantaba sobre el amor, pero también sobre las decisiones, las pérdidas y la posibilidad de volver a empezar. No necesitó una carrera de décadas para dejar una marca. Le alcanzaron unos pocos años y cuatro discos para construir una obra que siguió creciendo después de su muerte. La mujer que había sido maestra jardinera y que alguna vez cantó en actos escolares terminó convertida en una de las voces más reconocibles de la música popular argentina.
Treinta años después
A tres décadas de aquel 7 de septiembre, la pregunta ya no es solamente por qué Gilda se convirtió en un mito. La pregunta es por qué sigue siendo escuchada. Quizás la respuesta esté justamente en aquello que la hizo diferente.
Gilda cantaba sobre el amor, pero también sobre las decisiones, las pérdidas y la posibilidad de volver a empezar. No necesitó una carrera de décadas para dejar una marca. Le alcanzaron unos pocos años y cuatro discos para construir una obra que siguió creciendo después de su muerte.
La mujer que había sido maestra jardinera y que alguna vez cantó en actos escolares terminó convertida en una de las voces más reconocibles de la música popular argentina.
Murió con 34 años. Pero su historia no terminó aquella noche de septiembre de 1996. Desde entonces, cada vez que suena una de sus canciones, Myriam vuelve a convertirse en Gilda. Se fue demasiado pronto, pero dejó canciones que nunca aprendieron a despedirse.