El presidente Javier Milei retrocedió un puesto en el ranking mensual de imagen de mandatarios latinoamericanos elaborado por CB Global Data y quedó en el puesto 14 de 18, con un 36,8% de imagen positiva y un -61,3% negativo, arrojando un diferencial de -24,5 puntos. El salvadoreño Nayib Bukele volvió a liderar la medición con el 67,4% de imagen positiva, seguido por la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum con el 65,1% y la costarricense Laura Fernández Delgado con el 55,5%. La caída de Milei lo ubica apenas por encima de los cinco últimos del ranking: el panameño José Raúl Mulino, el guatemalteco Bernardo Arévalo, el peruano José María Balcázar y la venezolana Delcy Rodríguez, que cierra la tabla con solo el 22,7% de imagen positiva y la mayor caída mensual del sondeo, con -6,8 puntos porcentuales, en el contexto de las críticas a su gestión del terremoto.
El listado de presidentes que aparecen por delante de Milei en el ranking ilustra la amplitud de su rezago: Yamandú Orsi, Gustavo Petro, Daniel Ortega, Daniel Noboa, José Antonio Kast, Luis Abinader y Lula da Silva, entre otros, superan al mandatario argentino en imagen positiva dentro de sus propios países, en una medición que cruza ideologías y modelos de gobierno. El relevamiento, realizado entre el 3 y el 8 de julio mediante entrevistas online en 18 países con muestras de entre 4.625 y 6.271 casos por país y un margen de error de ±1,4%, captura un momento de particular presión para el gobierno argentino, que transita su segundo año de gestión con una economía que muestra señales de recuperación pero con un costo social que aún pesa sobre la percepción ciudadana.
El dato más llamativo del sondeo es el contraste entre el perfil internacional de Milei —que en las últimas semanas recibió a Flávio Bolsonaro en Buenos Aires, felicitó a De la Espriella y a Fujimori como parte de su proyecto de bloque regional conservador y ofreció ayuda humanitaria a Venezuela— y su posición doméstica, que lo coloca entre los presidentes menos valorados del continente. La brecha entre la proyección exterior y el respaldo interno es una de las tensiones estructurales de un gobierno que apuesta a la construcción de alianzas ideológicas regionales mientras aún no logra traducir sus reformas económicas en una mejora sostenida de la imagen popular en el país.