Los atentados del 11 de septiembre de 2001 marcaron el principio del fin del breve período en el que Estados Unidos sostuvo un predominio mundial indiscutido, iniciado con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética.
Con los despiadados y cinematográficos ataques a las Torres Gemelas y al Pentagano, el terrorismo internacional reveló fragilidades hasta entonces desconocidas en la superpotencia, que la obligaron a un giro drástico en su política exterior.
La Guerra Fría y la bipolaridad que dominaron al mundo tras la Segunda Guerra Mundial dieron paso al período en el que Estados Unidos se transformó en el líder global indiscutido a principios de los 90. Se ponía a prueba "El fin de la historia" de Fukuyama, la tesis según la cual la democracia y el capitalismo se imponían sobre cualquier otro sistema. Esa hegemonía, sostenida por la expansión democrática y capitalista en el mundo, fue puesta a prueba con la irrupción del terrorismo internacional.
Osama Bin Laden, autor intelectual de los ataques, se convirtió en el enemigo número uno del presidente George W. Bush. El Medio Oriente de paz y prosperidad con el que habían soñado Bush padre y Bill Clinton durante la década anterior volvió a transformarse en el gran escenario de las guerras globales. Nada cambió hoy, 25 años después.
Después de los ataques, Bush adoptó una serie de medidas cuyo objetivo principal era evitar un nuevo golpe terrorista sobre suelo norteamericano. Hacia afuera, construyó una doctrina basada en el unilateralismo, el golpe preventivo y la hegemonía militar. Hacia adentro, amplió el control estatal en todos los ámbitos. El 11-S transformó a Estados Unidos en el líder material e ideológico de la lucha antiterrorista: su "nueva agenda" se convirtió, casi por decreto, en la nueva agenda global.
La primera guerra fue en Afganistán, con el objetivo de que los talibanes entregaran a Bin Laden. Terminó en fracaso y se convirtió en la guerra más larga de la historia de Estados Unidos. Nada revela mejor el fracaso que en 2021, cuando Joe Biden retiró a todas las tropas, los talibanes volvieron a gobernar el país como en 2001.
Después de los ataques, Bush adoptó una serie de medidas cuyo objetivo principal era evitar un nuevo golpe terrorista sobre suelo norteamericano. Hacia afuera, construyó una doctrina basada en el unilateralismo, el golpe preventivo y la hegemonía militar. Hacia adentro, amplió el control estatal en todos los ámbitos. El 11-S transformó a Estados Unidos en el líder material e ideológico de la lucha antiterrorista: su "nueva agenda" se convirtió, casi por decreto, en la nueva agenda global.
Luego llegó Irak. Bajo el argumento —nunca comprobado— del desarrollo de armas químicas por parte de Saddam Hussein, Bush emprendió en 2003 una guerra que pasó por encima de la decisión del Consejo de Seguridad de la ONU, con el respaldo de una alianza internacional encabezada por Tony Blair y José María Aznar. Aquella invasión resquebrajó la institucionalidad internacional y generó un desprestigio inédito de Estados Unidos ante la opinión pública mundial, por la cantidad de muertos y la destrucción provocada, en un desgaste comparable al de Vietnam.
Esa guerra explica buena parte del presente de Medio Oriente. Irán se fortaleció al ver caer a su principal rival regional, Saddam Hussein, y aceleró su plan para desafiar la hegemonía israelí y la de los países suníes en la región, entre ellos Arabia Saudita; fue también en esos años cuando comenzó a diseñar su programa nuclear que hoy Estados Unidos e Israel no pueden frenar.
Veinticinco años después, Estados Unidos sigue sumergido en Medio Oriente sin saber bien cómo salir. El terrorismo internacional fue mutando sus estrategias asesinas y sigue generando muerte y destrucción. A partir del 11-S se profundizó el debate sobre qué herramientas pueden usar las democracias para combatirlo sin salirse del estado de derecho. Estados Unidos y Occidente corrieron los límites legales y perfeccionaron sus agencias de inteligencia y seguridad: es una guerra que no tiene final y que se libra todos los días.
Nada volvió a ser igual para Estados Unidos ni para el mundo después de aquel ataque criminal del terrorismo islamista del 11 de septiembre de 2001. El 11-S se convirtió en símbolo de una sensación de inseguridad generalizada a escala global.