Este 1° de julio se conmemoran 52 años del fallecimiento de Juan Domingo Perón, ocurrido en 1974 a las 13:15 horas. Su muerte tuvo lugar en un momento en el que la Argentina aún intentaba asimilar su retorno al poder tras casi dos décadas de exilio y proscripción política.
Perón es una figura fundamental para varias generaciones, pero su deceso también marcó el comienzo de una etapa de profunda inestabilidad institucional, enfrentamientos internos dentro del peronismo y un aumento significativo de la violencia política, aspectos que hoy muchos jóvenes desconocen.
El líder justicialista regresó definitivamente al país el 20 de junio de 1973, tras 18 años de exilio. Sin embargo, esa jornada estuvo marcada por la Masacre de Ezeiza, cuando sectores enfrentados del peronismo se enfrentaron a tiros antes de su llegada, evidenciando las profundas divisiones internas del movimiento.
Últimos momentos de Perón en el gobierno
Meses después, Perón ganó las elecciones junto a María Estela Martínez de Perón, conocida como Isabel Perón, quien asumió la vicepresidencia. El gobierno comenzó el 12 de octubre de 1973, aunque Perón ya padecía una delicada condición de salud, incluyendo una cardiopatía isquémica crónica e insuficiencia renal, situación que su equipo médico monitoreaba de cerca.
En sus últimos meses en el poder, la convivencia entre las distintas facciones del peronismo se volvió insostenible. La tensión entre la Juventud Peronista, Montoneros y el sindicalismo tradicional se profundizó tras el asesinato del dirigente de la CGT José Ignacio Rucci.
El quiebre definitivo ocurrió el 1° de mayo de 1974, cuando desde el balcón de la Casa Rosada, Perón calificó a los manifestantes juveniles como “esos estúpidos que gritan” e “imberbes”, en respuesta a sus cuestionamientos. La retirada de las columnas de Montoneros de la Plaza de Mayo selló la ruptura pública entre el líder y parte de quienes habían impulsado su regreso.
La mañana del 1° de julio de 1974, Perón se encontraba internado en la residencia presidencial de Olivos, mientras Isabel Perón ya ejercía formalmente la presidencia debido al agravamiento de su salud. Tras sufrir un primer paro cardíaco, fue reanimado, pero a las 13:15 un segundo episodio fue irreversible y causó su muerte.
Horas después, Isabel Perón anunció por cadena nacional el fallecimiento de su esposo, describiéndolo como “un verdadero apóstol de la paz y la no violencia”. La Confederación General del Trabajo (CGT) decretó el cese de actividades y miles de personas salieron espontáneamente a las calles para expresar su dolor.
El velatorio comenzó en Olivos y continuó en el Congreso de la Nación, donde aproximadamente 135 mil personas despidieron sus restos, mientras que más de un millón permaneció en los alrededores, reflejando la magnitud del impacto social.
La muerte de Perón dejó a Isabel Perón al mando de un país profundamente dividido y sin la autoridad política que había concentrado el fundador del justicialismo. En ese contexto, creció la influencia del ministro José López Rega, impulsor de la organización parapolicial Triple A, que intensificó la persecución y asesinatos de militantes políticos.
Con el paso de los meses, la crisis económica, la violencia política y el deterioro institucional se agravaron, desembocando en el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, el más sangriento en la historia argentina. Por ello, numerosos historiadores consideran que la muerte de Perón significó tanto el fin de una etapa política como el inicio de uno de los periodos más oscuros del país.