La historia de Max Knüll está atravesada por la Patagonia, el campo y una preocupación que pasó de generación en generación dentro de su familia: cómo preservar un territorio que, al mismo tiempo, es lugar de producción, de trabajo y de vida para miles de personas. Desde San Martín de los Andes, ese interrogante terminó convirtiéndose en una forma particular de entender la conservación ambiental, alejada de la idea de cerrar espacios y separarlos de la sociedad.
Knüll forma parte de la nueva etapa de la Fundación Tierras Patagónicas, una organización que nació a fines de la década del 80 bajo el nombre Fundación Neuquén y que desde sus comienzos estuvo vinculada con la conservación ambiental. Uno de sus fundadores fue su tío Douglas, ligado también al sector rural de la región. Años después, Max y su hermano Alex decidieron involucrarse de lleno en el proyecto y relanzarlo.
El objetivo original de la organización estaba puesto fundamentalmente en la creación de reservas privadas y en una herramienta que por entonces era novedosa en la Argentina: las servidumbres de conservación ambiental, inspiradas en modelos utilizados en Estados Unidos. La idea permitía que determinadas áreas de una propiedad quedaran protegidas mediante restricciones incorporadas a los títulos, sin impedir necesariamente que el productor continuara desarrollando su actividad en el resto del establecimiento.
“Yo como productor siempre la vi como una herramienta muy interesante”, explica Knüll al reconstruir aquella etapa. El concepto buscaba generar compromisos de largo plazo sobre la tierra: sectores en los que los propietarios aceptaban no subdividir, urbanizar o desarrollar determinados usos con el objetivo de preservar sus características ambientales.
La fundación llegó incluso a participar en la constitución de una de las primeras experiencias de este tipo en el país, en el norte neuquino, dentro del área de Lagunas de Epulauquen. Pero con el paso del tiempo, y después de una disminución en la actividad de la institución, comenzó a aparecer una pregunta que sería decisiva para todo lo que vendría después: ¿por qué el modelo tradicional de conservación ya no conseguía generar el mismo impacto?
De conservar territorios a trabajar con quienes los habitan
La respuesta que encontró Knüll terminó modificando la filosofía de la fundación. Para él, el contexto social había cambiado y también debía cambiar la manera de abordar los problemas ambientales.
La imagen clásica de preservar un territorio simplemente cerrándolo y evitando el ingreso de las personas dejó de resultarle suficiente.
“Hoy en día no se habla de agarrar grandes espacios, ya sean privados o públicos, alambrarlos y prohibir que la gente ingrese con el fin de cuidarlos. Hoy en día eso es inviable”, plantea.
Esa conclusión llevó a la organización hacia un concepto distinto. En lugar de pensar únicamente en proteger territorios de la presencia humana, comenzó a pensar cómo lograr que quienes viven, producen y trabajan en esos lugares formen parte de su conservación.
“Creemos que la idea es concientizar a la gente, educar a la gente a convivir con la naturaleza, a convivir con los espacios donde uno vive”, sostiene Knüll.
De allí surgieron los tres grandes pilares sobre los que comenzó a construirse la nueva etapa de Tierras Patagónicas: comunicación, educación y articulación entre personas.
La premisa parece sencilla, pero detrás existe uno de los debates más complejos de la Patagonia actual. En un mismo territorio conviven productores rurales, comunidades mapuches, propietarios privados, organismos públicos, científicos, organizaciones ambientales, trabajadores, pobladores históricos y nuevos habitantes. Cada uno puede tener una interpretación diferente sobre cuestiones tan sensibles como el uso del agua, el manejo del fuego, la producción, el turismo o la propiedad y utilización de la tierra.
La estrategia que comenzó a impulsar Knüll fue tratar de encontrar aquellos puntos en los que esas diferencias pudieran quedar, al menos momentáneamente, en segundo plano.
El desafío pasó a ser “hilar mundos a veces aparentemente irreconciliables”, según se describe dentro de la propia experiencia de la organización.
En lugar de comenzar por los temas que separan a los distintos sectores, la pregunta fue otra: ¿qué problemas tienen todos en común?
Y allí apareció una respuesta inmediata.
El fuego.
“Tenemos que buscar los problemas que son comunes a todo el mundo. Va a ser la única manera de que todo el mundo trabaje en conjunto contra ellos. Y el primero que se nos vino a la cabeza fue el fuego”, explica Knüll.
La elección no fue casual. Los incendios forestales se convirtieron durante los últimos años en uno de los grandes desafíos ambientales y sociales de la cordillera patagónica. Frente a un incendio, las diferencias sobre propiedad, producción o pertenencia pierden importancia ante una amenaza que puede alcanzar a todos.
Esa problemática terminó convirtiéndose también en un espacio concreto para construir confianza.
La Fundación Tierras Patagónicas comenzó a profundizar su trabajo de prevención y capacitación, acercándose a comunidades locales y promoviendo la formación de personas capaces de intervenir frente a emergencias. El fuego dejó así de ser solamente un problema ambiental: pasó a convertirse en un punto de encuentro entre sectores que muchas veces habían mirado el territorio desde posiciones distintas.
Para Knüll, allí está una de las claves del proyecto.
No se trata únicamente de apagar incendios o preservar bosques, sino de construir relaciones entre quienes deberán convivir en ese territorio mucho después de que una emergencia termine.
La mirada también atraviesa otros recursos esenciales de la Patagonia, especialmente el agua y el uso de la tierra. El desafío, según quienes participan de la fundación, consiste en encontrar una suerte de punto intermedio entre desarrollo y conservación, evitando presentar ambos conceptos como necesariamente incompatibles.
Ese enfoque explica buena parte del perfil que adquirió Tierras Patagónicas durante los últimos años. Su arraigo local aparece como una de las diferencias centrales frente a organizaciones ambientales de alcance internacional que pueden analizar los problemas desde una perspectiva global.
En la Patagonia, las discusiones ambientales tienen inevitablemente una dimensión humana.
El agua que debe preservarse también abastece poblaciones y establecimientos productivos. Los bosques que necesitan protección conviven con ciudades y zonas rurales. Los campos forman parte de economías regionales y, al mismo tiempo, contienen ecosistemas que deben conservarse. Las áreas naturales reciben turismo y son también territorios atravesados por historias familiares y comunitarias.
Para Knüll, pretender abordar esas tensiones sin incorporar a quienes viven diariamente en el territorio sería repetir un modelo que ya mostró sus límites.
Por eso la nueva etapa de la fundación no abandonó la conservación ambiental que marcó su origen, sino que modificó el camino para alcanzarla.
La naturaleza sigue siendo el objetivo. Las personas pasaron a ser parte indispensable de la solución.
La transformación también tiene algo de historia familiar. Knüll creció vinculado al mundo rural y reconoce que esa experiencia influye en su manera de observar la relación entre producción y ambiente. En lugar de plantearlos como dos universos necesariamente enfrentados, sostiene que existen herramientas para producir, vivir y desarrollar actividades sobre la tierra manteniendo compromisos concretos de conservación.
Ese pensamiento estaba presente en aquellas primeras servidumbres ambientales que la fundación promovía décadas atrás y reaparece hoy bajo una forma diferente.
Antes, el centro estaba puesto en qué parte de un territorio podía quedar protegida.
Ahora, la pregunta es también quiénes pueden ponerse de acuerdo para protegerla.
El giro parece pequeño, pero modifica completamente la lógica.
Porque para Knüll uno de los principales desafíos ambientales de la Patagonia no está solamente en encontrar soluciones técnicas. Está en conseguir que personas con intereses, culturas e historias distintas puedan sentarse alrededor de un mismo problema y comprender que, frente a determinados desafíos, el territorio que comparten es más importante que aquello que las divide.
Y el fuego terminó siendo la demostración más evidente.
Cuando las llamas avanzan sobre un bosque patagónico no distinguen alambrados, comunidades, campos privados ni jurisdicciones. Esa realidad llevó a la fundación a transformar una amenaza en un punto de partida para generar cooperación.
Es allí donde la historia que comenzó hace más de tres décadas con una pequeña organización ambiental neuquina adquiere una dimensión distinta.
La fundación cambió. También cambió la Patagonia.
Y Max Knüll resume ese nuevo escenario con una idea que terminó convirtiéndose en el corazón de su trabajo: para cuidar el ambiente primero hay que conseguir que quienes viven en él quieran cuidarlo juntos.