Este 29 de marzo se cumplen 75 años de un hecho que marcó un momento en la historia de Neuquén y sus habitantes. Aquel día de 1951 quedó grabado en la memoria de los vecinos de San Eduardo, quienes fueron testigos de la explosión de la mina de carbón, la más importante de la provincia.
Para este aniversario las voces siguen narrando los testimonios de lo que fue el derrumbe, manteniendo el recuerdo de los nueve trabajadores que perdieron la vida allí y de la mina que debió frenar su actividad para siempre, terminando con un sueño productivo. Previo a la tragedia, en el pueblo había más de 2.000 habitantes y se caracterizaba por ser pujante, en pleno crecimiento.
Los recuerdos de los niños de aquella época
Adriano Alarcón tenía seis años aquel 29 de marzo de 1951, cuando la explosión en la mina de San Eduardo, ubicada a 75 kilómetros de Chos Malal, cambió todo para siempre. A pesar de su corta edad, no puede olvidar lo que ocurrió ese día. Sus primeros recuerdos están profundamente ligados a ese rincón del Neuquén donde vivían cientos de familias. Un lugar que, hasta ese momento, era también sinónimo de trabajo, comunidad y vida cotidiana.
“Era de mañana cuando ocurrió la explosión. Mi mamá nos sacó volando a todos para subir al cerro que estaba al este de la mina. Llevaba a mi hermano menor en un cochecito con capota, de esos que había antes, cargando una frazada y los más grandes corríamos junto con ella. Veíamos llamas altas, piedras que saltaban de la boca de la mina… creíamos que podían alcanzar el campamento”, recuerda Adriano.
Nuria San Martín, quien llegó al campamento en 1945 junto a su familia con apenas tres años, recuerda que en ese entonces San Eduardo empezaba a crecer. "Había una administración muy bien organizada, muy funcional. Había una usina y una caldera. El agua se traía del río Neuquén que estaba a 15 kilometros de distancia, con unas bombas que se instalaron para llevar el agua hasta un tanque australiano y desde ahí se proveía".
“Fue una tremenda explosión, quedaron mineros atrapados y el humo salió durante mucho tiempo de la boca mina. Fue muy triste. Desde entonces todo comenzó a decaer y muchas familias se trasladaron a otros lugares".
Adriano recuerda que allí vivían familias grandes, había viviendas para los obreros, salones comunitarios, bailes, mucho respeto como si todos fueran una gran familia solidaria que se ayudaba constantemente. Tal vez por eso lo que ocurrió aquel día caló tan profundo en cada uno de ellos.
Nuria relató sus recuerdos de ese día:
"Mi papá había salido del turno a las 6 de la mañana. Todo normal. A las 9 menos veinte de la mañana yo iba saliendo de la puerta de mi casa cuando vino la tremenda explosión. Pensamos que había sido la caldera. La boca mina Santa Bárbara es la que explotó. Al frente estaba la boca mina Santa Teresa y más allla, la Santa Julia que era de donde se bombeaba el agua hasta un pozo para que la gente regara sus plantas. Estaba muy cerca de las viviendas."
Los sobrevivientes y lo que fue de sus habitantes
“La noche de la explosión salieron dos personas con vida. Eso lo tengo presente”, afirma Adriano mientras intenta retener los recuerdos, aunque los nombres se le escapan. Dos mineros emergieron de la tierra, de apellido Bravo y Contreras, salieron unos metros de la boca mina cuando hubo una nueva explosión. Solo ellos lograron salir mientras que todo lo demás quedó bajo tierra.
El padre de Nuria trababaja en la "lamparería", cerca de la boca que explotó. Se encargaba de cargar las lámparas que los mineros enganchaban al casco para entrar a las minas. El padre de Adriano, en tanto, controlaba el peso de los camiones que se enviaban con carbón hasta Zapala para continuar el viaje en tren hacia la provincia de Buenos Aires.
La escuela número 127 era otro de los pilares de la comunidad que surgió a partir del trabajo en Yacimientos Carboníferos Fiscales. Adriano recuerda con cariño a los maestros y maestras, especialmente a Celia Santajuliana de Bagli, que tuvo de primero a sexto grado.
Tras la explosión de la mina, la población estable se redujo y al cabo de unos años la escuela fue trasladada a otro poblado. Actualmente, la primaria 127 funciona en Aguada Chacayco. De su primer emplazamiento solo quedan ruinas y el mástil, que sigue intacto.
El pueblo contaba además con enfermería, comisaría, comercios, cooperativa de consumo y un sentido de comunidad que se percibía en lo cotidiano La tragedia marcó el inicio del desmembramiento del pueblo: muchos habitantes se trasladaron a Río Turbio en Santa Cruz o a Los Castaños en Mendoza, mientras que las familias que quedaron buscaron reconstruir sus vidas en el norte neuquino con lo poco que tenían.
Un aniversario que sigue doliendo
Como cada año, el recuerdo vuelve a reunir voces que mantienen viva la memoria y comparten sus recuerdos a través de la radio. Entre ellas, Mirta Mora, quien llegó a la zona siendo niña. Su padre era enfermero en el campamento y recuerda aquel momento con un sentimiento profundo:
“Cuando sucede todo esto, fue una gran pena. Yo era chica. Recuerdo a mi padre muy angustiado, en la boca de la mina, tratando de sacar a la gente que había quedado adentro”.
Otra de las voces que reconstruyen la historia de San Eduardo es la de Irma Leiva, de 70 años, hija de un trabajador de la mina, aunque su llegada al lugar fue posterior a la explosión. “Mi papá, Juan Leiva, trabajó en la mina. Era muy joven. El día de la explosión había cambiado el turno con un compañero. Nunca quería hablar del tema, era muy triste para él”, rememora.
Irma llegó a San Eduardo tiempo después, cuando el lugar ya estaba prácticamente deshabitado: “Me sorprendió ver las calles anchas, los árboles, el mástil de la bandera. La escuela estaba en pie, algunas casas también, aunque sin techos”.
Nuria aporta que sería bueno plantar un árbol o tener un museo con todo lo que se recuperó del pueblo, para que los jóvenes conozcan la historia y así se construya el presente. El sitio ya ha sido declarado Patrimonio Histórico por la Legislatura provincial (Ley 2.607/08).