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Epifanía contracultural mientras pasaba frente a una carnicería

La posibilidad de conseguir una estabilidad duradera está en la realidad presente, pero eso no significa que se consiga.

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Quien esto escribe caminaba tranquilamente por la calle Mariano Moreno, de Cipolletti, cuando, de pronto, al levantar la vista, se topa con un pizarrón de carnicería, anunciando precios de oferta en algunos cortes, incluyendo nuestro proverbial, ansiado y tantas veces no encontrado, asado con hueso;  y, en ese instante, una epifanía, una revelación, saltó en el cerebro con luz estremecedora, porque se vislumbró un país que no era este país, un país en donde, a contramano de la historia, los precios bajaban en lugar de aumentar.

Este sujeto se quedó parado un rato, con la mano en la barba, observando y pensando. Sí, era la misma carnicería en la que, hace poco más de un año, el asado no se conseguía a menos de 23 mil, 25 mil pesos. Y ahora, en este 2026 de Mundial de Fútbol, se ofrecía, sin limitaciones, a 15.700 pesos. No era noticia, ya lo sabía. Pero no se había detenido a pensar -de ahí la epifanía- lo raro, lo significativo, que configuraba esta realidad de precios “baratos” -todo es relativo- en la oferta de carne vacuna en la Patagonia.

El carnicero esbozó una sonrisa de ocasión, cuando le requerí más información al respecto, y soltó lo de la barrera sanitaria. “Se terminó la barrera y se terminó el precio alto”, dijo, palabras más, o menos. Es lo que dicen todos, lo que se dice oficialmente. Es más, es lo que hemos dicho tantas veces antes de que se levantara la dichosa barrera: “cuando esto ocurra, el precio de la carne, en la Patagonia, bajará”, decíamos.

Pero ahora, que efectivamente ha ocurrido, y que lleva ya un buen tiempo de consolidación y estabilidad, uno no toma real dimensión de lo que implica, tal vez porque, en el fondo, pensamos que será estacional, que los planes de los gobiernos y la economía y todo ese sonsonete incomprensible se irá hacia el abismo al que ya ha caído muchas veces; y que volverá la inflación alta, imparable, y recuperaremos así nuestra formación cultura, que es la de vivir a los saltos, sacando ventajas mínimas de lo que para todos es una desventaja máxima.

También es cierto que el consumo ha caído, que hay una recesión que se ha tornado habitual en paralelo a las bajas inflaciones. Así fue en la década del 90 del siglo pasado. Y con eso se justificó el lema de que un poco de inflación está bien porque sino la economía no se mueve. Igual nos fuimos rumbo al desastre, el abismo, y se pulverizó aquella impostada estabilidad que, no obstante, duró unos años.

Bueno, esta fue la epifanía: la de sentirme en un país que no era el país habitual, y de ver la posibilidad de que, si se incorpora esta sensación a la plural, a la social, a la de todos los argentinos, ya no importará el gobierno, sino que importará una nueva Argentina, estable, predecible, diferente a la del siglo 20.

¿Lo permitirá nuestra cultura, afirmada en la inestabilidad? ¿Se estará produciendo, de verdad, un cambio cultural que podrá volar más allá del asado con hueso?

Quién sabe.

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