Ese partido, el Justicialista, condenado, en Neuquén, a ser una minoría desde que surgiera, invocando sus postulados ideológicos, el MPN, tuvo el domingo 15 la constatación de que profundizará ese declive tras la crisis del kirchnerismo: poco más de 2.500 afiliados sumaron votos para dos listas en la interna (cerrada), de más de 20 mil que había habilitados para sufragar.
Dos listas compitieron. Una, liderada por José Carlos Asaad, intendente de Centenario y propicio a alinearse con el sector mayoritario de la política actualmente en Neuquén, liderado por el gobernador Rolando Figueroa; la otra, encabezada por Juan Domingo Linares, representaba al denominado “parrilismo”, una expresión local nacida de la figura de Oscar Parrilli, por dos décadas dominante a caballo de su relación con los Kirchner, primero con Néstor, después con Cristina, de cuyo gobierno fuera secretario general de la Presidencia.
Ganó la de Asaad. Se quedaría, si no hay novedades judiciales, con la presidencia del partido; mientras que el parrilismo-kirchnerismo manejaría el Congreso partidario. Tal conformación orilla peligrosamente con la frontera entre el ser y el no ser, en política práctica. El peronismo, en Neuquén, no hace otra cosa que confirmar su ciclo histórico.
Nunca gobernó Neuquén, el Partido Justicialista. Antes de 1955, no había provincia todavía, sino territorio nacional. Después, hubo un primer gobierno radical, y empezó enseguida, tras un golpe de Estado y nuevas elecciones (en 1963) la hegemonía del MPN, fundado para ser una expresión provincial del peronismo, juramentado para volver a sus filas cuando estuviera permitido, y negador después de esa promesa, afianzando el perfil provincialista de una mayoría ideológicamente dinámica.
Ganó, el MPN, en 1973, contra Cámpora y después Perón; en 1983 le ganó a Alfonsín; en 1987 volvió a imponerse; en 1999 triunfó sobre la Alianza (que ganó la capital provincial); en 2003, en 2007, en 2011, en 2015, triunfó el MPN, pivoteando con cierta obsecuencia hacia el kirchnerismo en el apogeo de este sector ahora derrotado. En 2019 siguió la hegemonía emepenista, ya entrando en crisis, y en 2023 se impuso la actual variante provincialista, ahora llamada Neuquinidad, con Rolando Figueroa a la cabeza.
El peronismo intentó todo: alianzas, frentes, confluencias. Nunca pudo: siempre hubo “otro” peronismo, que, sin utilizar el sello ni el nombre, acaparó las preferencias mayoritarias.
Los poco más de 2.500 afiliados que votaron el domingo por las dos listas que se presentaron para “renovar” la conducción del Partido Justicialista en Neuquén, solo confirmaron lo que era una tendencia irrevocable: el peronismo neuquino fue, y es, cada vez más, una minoría. No desde la ideología, sí desde la práctica concreta de la política.