A cinco décadas del golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, la memoria no es solo un ejercicio histórico: es una construcción viva que se resignifica en cada generación. En Neuquén, ese proceso tiene protagonistas jóvenes que, sin haber vivido la dictadura, decidieron involucrarse para sostener y transmitir el legado de los organismos de derechos humanos.
Uno de ellos es Oscar Marichelar, historiador e integrante de la organización Jóvenes por la Memoria, un espacio que desde hace años trabaja en la difusión de lo ocurrido durante el terrorismo de Estado y en la defensa de los derechos humanos en el presente. “Lo intentamos. No sé si hay una respuesta cerrada, pero desde Jóvenes por la Memoria buscamos tomar la posta, hacernos cargo de ese legado”, explica.
Un puente entre generaciones
La organización surgió con una premisa clara: continuar la lucha de las Madres de Plaza de Mayo y de los organismos de derechos humanos, pero desde una perspectiva generacional distinta. “Somos un puente entre quienes vivieron la dictadura y quienes no. Nos toca transmitir lo que pasó, pero también poner el foco en el presente”, sostiene Marichelar.
Ese trabajo se traduce en múltiples iniciativas: charlas en escuelas, actividades culturales, producción de contenidos y acompañamiento en los juicios por delitos de lesa humanidad en la región.
“Hemos hecho programas de radio, micros audiovisuales, actividades con estudiantes. Intentamos acercarnos a los jóvenes desde distintos lugares”, cuenta.
Uno de los proyectos más significativos fue “Tomar la posta”, un ciclo donde abordaron no solo los juicios de “La Escuelita”, sino también las historias de personas desaparecidas en la región. “Ponerle cara, nombre e historia a esas fotos que vemos en la calle genera un impacto muy fuerte”, afirma.
Historias que interpelan
Para Marichelar, una de las claves para acercar la memoria a las nuevas generaciones es humanizar el pasado. “Cuando los jóvenes conocen estas historias, se conmueven. Porque entienden que eran chicos de su edad, que lo único que querían era ayudar a otros”, explica.
Casos como el de Leticia Veraldi, desaparecida a los 17 años en Cipolletti, o los relatos de familiares y sobrevivientes, permiten romper la distancia temporal. “Ahí se rompe esa idea de que es algo lejano o que pasó solo en Buenos Aires”, señala.
En ese sentido, destaca el rol de los testimonios directos: “Cuando escuchan a sobrevivientes o a familiares contar lo que vivieron, hay un cambio. Empiezan a apropiarse de esa historia”.
El desafío de una memoria lejana
Uno de los principales obstáculos es, justamente, el paso del tiempo. “Para muchos jóvenes, el golpe es algo de la escuela, algo que pasó hace mucho. Y otros lo ven como algo ajeno, como si no hubiera pasado acá”, advierte.
Frente a eso, el trabajo de organizaciones como Jóvenes por la Memoria apunta a reconstruir el vínculo entre pasado y presente. “Recuperar esas historias permite que las sientan propias. Ese es el desafío”, insiste.
El 24 de marzo hoy
En el contexto actual, Marichelar sostiene que el 24 de marzo no puede limitarse a la conmemoración del pasado. “Es no dejar de hacer memoria, pero también seguir defendiendo los derechos humanos hoy”, afirma. Y agrega: “No se trata solo de recordar, sino de comprometernos con las luchas actuales”.
En esa línea, plantea que los derechos humanos deben entenderse en un sentido amplio: educación, salud, vivienda, condiciones de vida.
“Hoy vemos situaciones donde esos derechos están siendo vulnerados. Entonces, defender los derechos humanos también implica actuar en el presente”, sostiene.
De Zapala a la militancia por la memoria
Su propio recorrido da cuenta de ese proceso generacional. Nacido en Zapala, Marichelar asegura que durante su paso por la escuela prácticamente no tuvo contacto con la historia de la dictadura. “No tuvimos formación sobre eso. Era algo lejano”, recuerda.
El primer acercamiento fue indirecto, a través de familiares y algunas referencias aisladas. Pero el punto de inflexión llegó al mudarse a Neuquén para estudiar. “Un día vi a dos mujeres con pañuelos blancos haciendo la ronda en el centro de la ciudad de Neuquén. Eran Inés Ragni y Lolín Rigoni. En ese momento no me acerqué, pero esa imagen me quedó”, cuenta.
El verdadero vínculo se consolidó años después, en el marco de conflictos universitarios, cuando las Madres se acercaron a acompañar a los estudiantes. “Ahí las conocí. Me conmovió profundamente. Empecé a interiorizarme en sus historias y ya no pude alejarme de eso”, relata.
Una frase de Inés Ragni lo marcó para siempre: “Cuando me conoció me dijo ‘sos igual que mi hijo’. Eso me rompió”.
A partir de ese momento, su compromiso fue creciendo hasta integrarse a Jóvenes por la Memoria, entendiendo que el recambio generacional era imprescindible. “Hoy ya no están muchas de ellas. Nos toca continuar ese legado”, afirma.
Y lo resume en una idea que atraviesa toda su militancia: “Hay que hacerlo con la misma alegría y el mismo amor con el que ellas lucharon”.
También subraya un aspecto central del movimiento de derechos humanos en Argentina: “Las Madres nunca pidieron venganza. Siempre pidieron justicia”.
Memoria y presente en disputa
A 50 años del golpe, el desafío no es solo recordar, sino sostener y actualizar esa memoria en un contexto donde, según advierte, resurgen discursos negacionistas. “Nos toca como generación defender lo que se construyó. Porque la memoria no está garantizada, hay que sostenerla todos los días”, señala.
En ese camino, el rol de los jóvenes se vuelve clave. “Recordar a los 30.000 también es comprometernos con las luchas actuales. Ese es el sentido de tomar la posta”, concluye.
En un nuevo aniversario del golpe, la historia sigue escribiéndose. Y en esa escritura, las nuevas generaciones no solo miran hacia atrás: también proyectan hacia adelante una memoria activa, colectiva y en permanente construcción.
La entrevista con Oscar Marichelar