Siempre nos acordamos, con Norberto Masso, de Hugo Guerrero Martinheitz, a quien, en aquellos tiempos que ambos lo escuchábamos, por Radio Belgrano, se lo conocía como “el peruano parlanchín”, y que, evidentemente, tenía la virtud de concitar adhesiones variopintas, porque entonces teníamos 15, 16 años, y el peruano tenía un programa ómnibus a la hora de la siesta, y, pese a tales adversidades, lo escuchábamos, durante horas, con la portátil en la mesita de luz y haciendo fiaca en la cama.
Este hombre que, paradójicamente con su apodo, introdujo el silencio como un valor en la radiofonía argentina, entre otras cuestiones difundía literatura y buena música, en tiempos en que Internet solo figuraba como posibilidad en libros de Ciencia Ficción, y que las computadoras eran incipientes y funcionaban con grandes rollos de papel o cintas magnéticas, y eran grandes como los aparadores de los comedores de las casas de la gente.
Tenía muletillas maravillosas, Hugo Guerrero Martinheitz. De la época en que, con Masso, a más de mil kilómetros el uno del otro y sin conocernos, sintonizábamos “El show del Minuto” por Belgrano -es decir, principios de la década del ’70 del siglo pasado- recuerdo una, que repetía sabiamente entre tandas, temas musicales, lecturas, risas y silencios: “¿Quién le robó el piano al general, en Caracas?”, preguntaba el peruano parlanchín, y sabíamos todos que hablaba de Perón, todavía exiliado en Madrid, todavía proscripto.
Pasamos ratos de siesta inolvidables, por ejemplo, escuchando la lectura de un cuento de Ray Bradbury. A Martinheitz le gustaba la literatura fantástica, a Bradbury lo empecé a amar desde esas narraciones. Fue en El Show del Minuto que, con Masso, escuchamos por primera vez la ópera Jesucristo Súper Star. ¡El peruano la pasó completa! Y con comentarios, incluidos. Hay que tener en cuenta que el único acceso a la música de aquella generación era la radio, o comprar un disco, o ir a algún recital, y aquella ópera no había llegado todavía a la Argentina.
Había nacido el 11 de agosto de 1924, en Lima, pero no había dudas entonces (cuando ya tenía unos 46 años) de que era el gran innovador de la radiofonía argentina, pero entonces no lo sabíamos nosotros, ardorosos adolescentes, apenas si quedábamos cautivos de una forma de hablar, de comunicar, de difundir cultura, de hacer reportajes. Con Masso, cuando hablamos (él está en Estados Unidos, por estos tiempos) lo tenemos como uno de los factores que jugó para que hiciéramos, después, periodismo, y que nos animáramos al micrófono y a hacer radio. Sin las siestas, sin el peruano parlanchín, quién sabe que hubiera sido de nosotros.