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El día del infierno tan temido y qué vimos entonces sobre el futuro

Lo que se percibió en la Redacción de un diario neuquino aquel día del atentado en Estados Unidos.

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El 11 de septiembre de 2001, quien esto escribe estaba sentado en una silla de la antesala del despacho del vicepresidente del Banco Provincia de Neuquén, aguardando para esclarecer algunos temas urticantes. En la sala había un televisor. Y en el televisor, vimos cómo el primer avión se estrellaba contra las torres gemelas, en Manhattan.

Fue un largo rato, mientras más imágenes y noticias comenzaban a expandir el horror. La entrevista se limitó a un saludo y a un “viste lo que está pasando”. Corrí hacia el diario. Se hizo una primera reunión. Se determinó cómo sería la edición. Y empezamos a mirarnos, a escucharnos, y a constatar que no en todos, el atentado, pegaba igual.

Era el infierno tan temido, el anuncio salvaje de que el terrorismo comenzaba a adueñarse de una nueva forma de combate, una nueva forma de guerra. Pero ese día, en la redacción, hubo quienes sonrieron a medias, y, entre dientes, esbozaron una posición que después profundizaría la naciente grieta, y establecería un abismo ideológico que partió al medio la sociedad argentina.

Por primera vez le pasaron la boleta a Estados Unidos, por lo que hizo durante toda su vida”, dijo después, con la voz clara y alta, la presidente de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini. La mujer que fue un estandarte en defensa de los derechos humanos aceptó haber sentido una rara alegría, una especie de alivio.

Esas declaraciones no hicieron más que poner en un altavoz importante lo que había percibido en la redacción en aquellas horas aciagas. El atentado que cobró 2.977 muertes, más 19 de los mismos terroristas, no se midió solamente por la magnitud de la tragedia, sino que catapultó enconos y condenas perdurables; en Argentina, disparó, ciertamente, lo que después se conoció como “la grieta”.

El momento fue clave. Fin del gobierno de Fernando de la Rúa, estallido social, presidentes previsionales, Eduardo Duhalde, el germen del kirchnerismo, y su concretización, en 2003, para navegar sobre el cauce de la división de aquel infierno: las palabras de Hebe de Bonafini marcaron lo que, después, sería la posición oficial del gobierno que hegemonizó la política argentina durante dos décadas.

Los gobiernos de Néstor y Cristina Fernández de Kirchner mantuvieron una línea de repudio oficial y condena explícita a los atentados perpetrados por Al Qaeda. La postura del Estado argentino siempre fue alineada al rechazo global del terrorismo internacional. Pero, como explicitó en varias ocasiones Cristina Fernández en la ONU, con fuerte contenido crítico hacia las estrategias adoptadas por EE. UU. en la posterior "Guerra contra el Terrorismo".

Se cuestionó fuertemente las invasiones a Irak y Afganistán, argumentando que la violencia internacional no se combatía con intervenciones militares unilaterales, ni sembrando más violencia, sino mediante el multilateralismo y la legalidad internacional.

Una perfecta sintonía con la tesis antiimperialista de la izquierda nacional: condena a lo sucedido en las torres, porque costó “la vida de miles de trabajadores inocentes”, pero, al mismo tiempo, sostener que los atentados fueron una consecuencia directa de las políticas opresivas de Estados Unidos en Medio Oriente, y que se usaría la tragedia como la justificación perfecta para recortar libertades democráticas, y expandir su control geopolítico mediante guerras por recursos petroleros en la región.

Aquel día, el del infierno tan temido, en una redacción neuquina, a miles de kilómetros de Manhattan, mientras hacíamos títulos y esbozábamos análisis, vimos el futuro: se abría una grieta brutal y sangrienta, que tardaría en cerrarse.

Estamos, ahora, 25 años después, en el fondo de esa grieta.

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