Hay fechas que uno recuerda porque las estudió, porque las leyó en un libro o porque alguien se las contó. Hay otras que quedan asociadas para siempre a una escena cotidiana: una mesa, un café, una televisión encendida, una conversación interrumpida. El 11 de septiembre de 2001 pertenece a esta última categoría.
Veinticinco años después, cuando vuelven las imágenes del atentado a las Torres Gemelas y aquella jornada reaparece en documentales, fotografías y archivos, mi recuerdo no comienza en Nueva York. Comienza en Palermo, en Buenos Aires, frente a un televisor.
Aquella mañana estaba desayunando en un bar del barrio donde vivía por entonces. Como tantas otras veces, la televisión estaba encendida. Al principio no entendía demasiado qué estaba viendo. Había imágenes de una de las torres del World Trade Center envuelta en humo. La escena se repetía una y otra vez. Después aparecía el otro edificio, el fuego, el humo, la gente mirando hacia arriba. La primera sensación fue de extrañeza.
No había todavía una explicación que permitiera ordenar aquello que estaba viendo. Era una de esas situaciones en las que la realidad parece exceder cualquier posibilidad de comprensión. Uno mira, vuelve a mirar y espera que en algún momento alguien explique qué pasó. Pero las imágenes seguían pasando. Entonces apareció el segundo avión.
El impacto contra la torre sur terminó de cambiar la dimensión de lo que estaba ocurriendo. Ya no era un incendio, ni un accidente, ni una tragedia aislada. Había algo deliberado detrás de esas imágenes. El mundo, que hasta hacía unos minutos parecía transcurrir con la normalidad de cualquier mañana, acababa de ingresar en otra zona.
Aquella mañana estaba desayunando en un bar del barrio donde vivía por entonces. Como tantas otras veces, la televisión estaba encendida. Al principio no entendía demasiado qué estaba viendo. Había imágenes de una de las torres del World Trade Center envuelta en humo. La escena se repetía una y otra vez. Después aparecía el otro edificio, el fuego, el humo, la gente mirando hacia arriba. La primera sensación fue de extrañeza.
Recuerdo haber seguido mirando la televisión, casi sin hablar, mientras desayunaba. Las noticias todavía se estaban construyendo. Los datos llegaban fragmentados, las versiones se sucedían y las imágenes se repetían con una insistencia que hoy resulta difícil imaginar, aunque precisamente esa repetición fue una de las características más fuertes de aquel día.
Después me fui a trabajar a la editorial en la que trabajaba por entonces. Pero trabajar era casi una formalidad. En la editorial, como en el bar, como probablemente en buena parte de Buenos Aires y del mundo, todos hablaban de lo mismo. La televisión se convirtió en el centro de la escena. Las tareas habituales quedaron relegadas. Cada nuevo dato modificaba lo que hasta ese momento se creía saber.
Aparecieron las imágenes que terminarían convirtiéndose en fotografías históricas: el avión de United Airlines aproximándose a la torre sur mientras una columna de humo ya salía de la torre norte; las calles de Manhattan cubiertas de polvo; las personas corriendo; las primeras imágenes de una ciudad que parecía estar viviendo algo imposible.
También apareció George W. Bush. El presidente estadounidense se encontraba de visita en una escuela de Sarasota, Florida, cuando fue informado de lo que estaba sucediendo. La imagen de Bush sentado frente a los chicos, recibiendo al oído las noticias que llegaban desde Nueva York, quedó también asociada a aquel día.
Veinticinco minutos después hizo su primera declaración pública. Habló de una tragedia nacional y advirtió que lo ocurrido parecía ser un ataque terrorista.
Mientras tanto, nosotros seguíamos frente a las pantallas, tratando de entender qué significaba todo aquello.
La televisión tenía, ese día, una capacidad casi hipnótica. No había redes sociales ni teléfonos inteligentes como los conocemos hoy. La información llegaba fundamentalmente a través de la televisión, la radio, los diarios y las llamadas telefónicas. La televisión repetía las mismas imágenes porque, en buena medida, no había otras. Esa repetición terminó formando parte de la memoria.
Pero aquel 11 de septiembre tenía para mí otra particularidad. Esa noche tenía que presentar mi libro Cortázar: de la experiencia histórica a la Revolución. La presentación estaba prevista desde hacía tiempo y se iba a realizar en la sede de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires, la UTPBA.
El libro recorría una zona de la vida y de la obra de Julio Cortázar vinculada con Cuba: sus viajes, sus encuentros, sus opiniones acerca de la Revolución, sus posiciones, sus acercamientos y también sus miradas críticas. Intentaba reconstruir esa relación compleja, hecha de adhesiones, discusiones, fascinaciones y distancias.
La presentación se hizo. Quizás porque los acontecimientos históricos tienen también esa extraña capacidad de convivir con nuestras pequeñas obligaciones. Un acontecimiento que estaba cambiando la historia del mundo no suspendía necesariamente aquello que cada uno tenía previsto hacer. La presentación estaba organizada y, de algún modo, había que estar allí. Pero ya nada podía ser exactamente igual.
La sede de la UTPBA, aquella noche, estaba inevitablemente atravesada por lo que había sucedido durante el día. Era imposible hablar de historia, de política, de revoluciones, de Cuba o de Cortázar sin que, de alguna manera, lo ocurrido en Nueva York estuviera presente. Había una suerte de contraste difícil de ignorar.
Mi libro hablaba de una experiencia histórica que había marcado profundamente a una generación: la Revolución Cubana, sus esperanzas, sus debates, sus contradicciones y el vínculo particular que Cortázar había construido con ella. Ese mismo día el mundo acababa de asistir al nacimiento de otra experiencia histórica, todavía imposible de dimensionar.
Cortázar estaba presente de otra manera. Estaba en las páginas del libro, en las preguntas que había generado su relación con la política, en aquella discusión sobre el compromiso del escritor con su tiempo. Pero también estaba, de algún modo, en la necesidad de comprender qué relación existe entre la literatura, la historia y los acontecimientos que irrumpen en la vida cotidiana.
Esa noche hablamos de Cortázar, de Cuba y de la historia. Pero la historia acababa de entrar por las pantallas de televisión y se había instalado en la conversación. No sabíamos entonces hasta dónde llegarían las consecuencias de aquel ataque. No sabíamos cómo cambiaría la política internacional, las guerras, los controles en los aeropuertos, la seguridad, la relación entre Estados Unidos y buena parte del mundo. No sabíamos tampoco cuánto tiempo iban a acompañarnos aquellas imágenes.
Sabíamos solamente que algo había ocurrido y que lo habíamos visto. Quizás eso sea lo que más permanece después de 25 años: la sensación de haber sido espectadores de un momento que, mientras ocurría, todavía no sabíamos que iba a convertirse en historia.
El 11 de septiembre empezó para mí con un desayuno en un bar de Palermo. Siguió con una jornada de trabajo en una editorial donde nadie podía dejar de hablar de lo que sucedía. Terminó con la presentación de un libro sobre Cortázar. Entre una escena y otra habían pasado apenas unas horas. Durante esas horas había cambiado el mundo. Al menos, había cambiado para siempre nuestra manera de mirarlo.