En 1900, la ciudad de Galveston era mucho más importante que Houston. Asentada en una isla, a pocos kilómetros de la actual Meca petrolera de occidente, se la conocía como la Wall Street del Sur. Reinaba la bonanza por el éxito económico. Hasta que, el 8 de septiembre, un huracán la destruyó totalmente.
Los vientos soplaron a 215 kilómetros por hora. Una marejada de cuatro metros y medio de altura avanzó desde el mar y le pasó por arriba a la isla entera, en solo segundos. No hubo cifras precisas de víctimas: solo se sabe que hubo entre 6 mil y 12 mil muertos.
No existían entonces las comunicaciones inalámbricas de barcos a costa, radares, ni satélites, ni Wi Fi ni Internet. La población supo de la verdadera magnitud del peligro cuando el agua ya inundaba las calles.
A medida que las olas gigantes golpeaban la costa, las primeras filas de casas de madera colapsaron. La fuerza de la marea convirtió los pesados maderos flotantes, los techos de pizarra y los ladrillos en un descomunal ariete destructivo.
Mientras el agua avanzaba velozmente hacia el centro de la ciudad, empujaba un muro de escombros compactos de varios metros de altura, que iba demoliendo y triturando de forma consecutiva cualquier otra edificación a su paso.
Más de 3.600 hogares fueron completamente pulverizados.
Al otro día, cuando la tormenta amainó, los sobrevivientes se encontraron en un escenario de guerra. El hedor de miles de cadáveres atrapados bajo el lodo y los escombros fue impresionante.
Los cuerpos fueron cargados en barcazas, y arrojados al mar, pero las corrientes los devolvieron a las playas. Ante la amenaza de epidemias, se ordenó levantar piras funerarias en toda la isla, para incinerar los muertos. El crematorio a cielo abierto duró semanas.
La formidable destrucción cambió el destino de la isla. El comercio marítimo se mudó hacia la vecina, y más segura, Houston.
Pero los habitantes que decidieron quedarse en Galveston, blindaron la ciudad, con dos obras colosales de ingeniería.
Se construyó un rompeolas (Seawall) de concreto de cinco metros de alto, que hoy se extiende por más de 10 millas. Después, con gigantescos gatos hidráulicos, y el bombeo de millones de toneladas de arena, se levantaron más de 500 manzanas urbanas y edificaciones hasta casi seis metros de altura, para que el mar nunca más volviera a tragarse la isla.
Actualmente, la economía y la vida social de la isla están profundamente marcadas por su condición de isla barrera, y su proximidad al área metropolitana de Houston.
La ciudad experimenta una fase de fuerte expansión en infraestructura turística y portuaria, aunque enfrenta desafíos sociales estructurales, como la desigualdad de ingresos, y la resiliencia climática.
Aquel huracán devastador de hace 126 años se recuerda como un ejemplo de supervivencia ante las catástrofes.