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En julio de hace seis años, cuando la pandemia y aquel gobierno

Con un mínimo esfuerzo intelectual, nos ubicamos en el escenario de julio de 2020, en plena pandemia.

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Hoy es 19 de julio de 2020 y en el país se han contado 126.755 casos de contagiados con coronavirus. Hasta ahora han muerto, como consecuencia de la peste, 2.260 personas. Esta es la realidad oficial, la que se informa en las estadísticas del gobierno.

A la gente los números le resbalan, ya. Los ciudadanos argentinos están cubiertos por el aceite del escepticismo. Más que los contagiados por el virus, son los que han perdido el trabajo. Se cuentan más de 380 mil casos. Laburantes que, por ahora, no podrán laburar. Vivirán, con suerte, y mal, de lo que distribuya el Estado. Con un poco de suerte, conseguirán trabajo en poco tiempo. Sin suerte, no.

La pobreza se calcula por estos días en 47 por ciento de la población. La mitad de Argentina es pobre. El presidente, hoy, le dijo al Financial Times que no cree en los planes económicos. “Francamente, no creo en los planes económicos”, dijo. ¿Por qué serán tan cancheros los presidentes argentinos? Hay 47 por ciento de pobreza y no hay planes económicos porque no se cree en ellos.

Otra vez la cuestión de la creencia. La religión como política de Estado. Ha pasado medio año y el Estado se ha manejado con el presupuesto del año pasado, “prorrogado”. Quiere decir, simplemente, que el presidente ha hecho lo que le ha parecido mejor, sin control alguno sobre las cuentas públicas por fuera de su propia oficina.

Estas cosas, en el país, en la singular costumbre argentina, son para creer o no. Aunque parezca raro. Supongo que parecerá raro, pues me parece raro a mí, y vivo aquí, vivo en el mismo país que el presidente, que el gabinete del presidente, que los honorables diputados y senadores. Preferimos creer. O no creer. Pero los países, las sociedades, no se rigen por las creencias. Las creencias son, en definitiva, un decorado de la realidad, algo que imaginamos para hacer de la vida algo un poco más placentero, o con mayor nivel de esperanza.

Supongo que nuestros políticos son, a la arquitectura del progreso, lo que serían los decoradores de interiores. Eligen el color de la pintura, la disposición de los ambientes, el tipo de piso que se instalará. Es la ilusión, como todo decorado.

La vida es aquello que está más allá de los parques diseñados, los jardines dispuestos según la proyección digital de las computadoras. La vida es la selva, y la montaña, el río cayendo a pique desde la altura, y haciéndose manso antes de llegar al mar. La fauna y la flora y los insectos y lo que está bajo la tierra, lo que corre por las venas misteriosas en las oscuras profundidades, no son parte del decorado, sino de la naturaleza.

El ser humano también. Pero, el ser humano, el presidente, ha dicho que no cree en los planes económicos. Si él no cree, no habrá iglesia posible que levantar. El dólar no tendrá su templo en Argentina, no habrá fieles, ni congregación. No sabemos qué habrá, pues no hay plan. Hay, solamente, hoy, 19 de julio de 2020, 2.260 mujeres y hombres que murieron de peste, y 380 mil que siguen vivos, sin fe, sin trabajo, y 47 por ciento de los 45 millones de argentinos que están pobres.

Números sin fe, sin creencia, sin templo para el dólar. Números del más ridículo ateísmo que se haya conocido sobre la faz de la tierra. Números que resbalan sobre el aceite de los cuerpos fatigados, y aun esperanzados, y aun vivos y turgentes, pese a que no hay salvación, pues es lo que nos ha tocado, en la distribución universal de tareas, mientras el planeta viaja con el resto del mundo, sin que se sepa a dónde, sin saber siquiera si hay un final de viaje, una estación que nos reciba, un lugar donde sentarse, pedir un café, encender un cigarrillo, y charlar un rato con el semejante, con Dios, o con quién sea.

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