Un coche fúnebre entra en la quinta 17 de Octubre, en Madrid. Es el año 1971, y ya es de noche. En una sala de la residencia, esperan Juan Domingo Perón, María Estela (Isabelita) Martínez, el asistente José López Rega, el embajador argentino en España Jorge Rojas Silveyra, y el coronel del Ejército Argentino Héctor Cabanillas.
Todos esperan un ataúd. En el cajón está el cadáver de Eva Perón, hasta ese momento, desaparecida, durante 16 años.
El féretro había sido transportado desde Italia, vía terrestre. El cuerpo de Evita había permanecido enterrado, desde mayo de 1957, en el Cementerio Mayor de Milán, bajo una identidad falsa: María Maggi de Magistris.
Con la asistencia de la Iglesia y bajo un estricto secreto, el ataúd fue exhumado el 1 de septiembre de 1971. La caravana de la restitución, absolutamente secreta, cruzó Francia, hasta llegar a España, con documentación que seguía utilizando el nombre ficticio pergeñado para ocultar a Evita.
Todos miran ahora el ataúd, que está firmemente soldado. Perón da una orden: busquen algo para abrirlo. Llegan con una máquina semejante a una amoladora. El silencio se rompe por ese ruido. Saltan chispas. Abren el féretro.
Dicen que, al ver a Eva, Perón lloró. El cuerpo -conservado por embalsamamiento- presentaba graves deterioros, laceraciones, y unas 35 lesiones, producto del culposo maltrato y los constantes traslados clandestinos, durante el secuestro ordenado por los líderes de la Revolución Libertadora.
Formalizada la entrega, se labró y firmó un acta oficial, para certificar la restitución al patrimonio familiar. El cuerpo de Evita permaneció, resguardado, en la planta superior de la residencia de Madrid, durante tres años más.
En 1974, tras la muerte de Perón, y bajo la presidencia de Isabel Martínez, el cadáver fue finalmente repatriado a la Argentina.
El 17 de noviembre de ese año, el avión aterrizó en la base militar de Aeroparque Jorge Newbery, en Buenos Aires. En la misma fecha de la masacre de Ezeiza, ocurrida dos años antes.
Al llegar a Argentina, el cadáver de Evita no fue entregado a su familia (los Duarte), sino que el gobierno lo retuvo, para supuestos fines políticos de legitimación. El cuerpo fue trasladado a una cripta especialmente construida en la Quinta Presidencial de Olivos.
Allí, el féretro de Evita fue colocado junto al de Juan Domingo Perón.
Los ataúdes que guardaban los cuerpos de los líderes del mayor movimiento político del siglo 20 en Argentina, fueron exhibidos, para que el público, militantes y funcionarios pudieran rendirles honores, bajo estrictas medidas de control.
Pero todo terminó con el golpe de Estado, el 24 de marzo de 1976. Los militares no quisieron que Olivos siguiera siendo un lugar de culto peronista. En octubre, la dictadura ordenó el traslado definitivo de los restos de Eva, y se los entregó formalmente a las hermanas de Eva Perón.
Evita fue sepultada en la bóveda de la familia Duarte, en el Cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires. Para evitar nuevos secuestros o profanaciones, su cuerpo fue colocado en un segundo subsuelo, protegido por planchas de acero, gruesas paredes de hormigón y sistemas de triple cerradura.
Había terminado el largo peregrinar de la muerta, adorada durante generaciones populares, y visceralmente odiada por sus enemigos.