En 1955 fue aquel golpe de Estado que derrocó a Juan Domingo Perón, se puso a sí mismo el mote de “Revolución Libertadora”, y pretendió realinear y rediseñar la Argentina. Con los años, y ya en el siglo 21 del tercer milenio de la historia de la cristiandad, se sabe que, al cabo, fue uno más de tantos golpes de Estado que castigaron el orden institucional de la Patria; tal vez, ni siquiera fue el de consecuencias más crueles.
Pero, entonces, el país era otro, y la sociedad también, y se sufrió un desgarramiento profundo, entre traiciones, revanchas y nuevos autoritarismos que llegaron y sobrevendrían, cada cual con su excusa. Muchos argentinos padecieron en aquel 1955, mientras otros argentinos festejaban.
Entre tantos, hubo una mujer, que trabajaba en la Fundación Eva Perón, y que, en medio de la batahola cruenta, se subió al tren, pidiendo un boleto hasta la punta de riel, hasta el confín de esas vías, lejos de las balaceras uniformadas.
El destino de la mujer, con libreta cívica a nombre de Olga Lione, nacida en Córdoba, con domicilio en Buenos Aires, fue, en principio, Zapala.
Ella subió convencida de que no importaba, que ya vería, que lo importante era poner distancia, salvar la vida. Se sentó en uno de los duros asientos del vagón donde viajaban los humildes, entre otras personas llenas de valijas, bolsos, comida empaquetada para aguantar los casi dos días que duraba el viaje.
Se sentó allí, mirando por la ventanilla los suburbios de la ciudad que dejaba. Se iba, como escribiría Güiraldes en su Don Segundo Sombra, como quien se desangra.
Sentado frente a ella había un cura. De a poco, entre kilómetros que pasaban, surgió la conversación. Charlaron de todo. Habrán charlado de lo que pasaba, también. La conversación fue entretejiendo rápidamente afinidades, concordancias.
Algo habrá pasado en ese viaje, entre esas dos personas, entre Olga Lione y el cura. Ella se bajó con él. No en Zapala, sino un poco antes, en Cutral Co. Y allí se quedó, hasta su muerte, ya en este siglo, ya lejos de aquel Perón derrocado, aquel general que después volvería para morir en Buenos Aires, en el preámbulo de otra dictadura siniestra.
Olga Lione se quedó a vivir en Cutral Co, sin saber que allí recordaría su nombre, después, una calle. Vivió el surgimiento del MPN, trabajando ya de periodista. Hizo historia sin hacerla, apenas contando lo que pasaba. Fue corresponsal de diarios, de la televisión nacional, hizo radio, hizo prensa de gobiernos municipales.
Antes de serlo, empezaron a conocerla como “la vieja”. Fue, más que por la apariencia, por el carácter: duro, severo, pero también blando y dulce con los que necesitaban ayuda, con los pobres, con los desposeídos.
Cuando hacía, por radio, el personaje de “la Ñaña”, la gente la seguía, la escuchaba, la esperaba. Olga Lione empezó a ser, así, un personaje. Respetada por los de arriba y por los de abajo. Por la policía y por el bajo fondo del delito. Era mujer de consulta. Preguntale a Olga, se solía decir, cuando había dudas sobre cómo proceder.
La foto que ilustra esta nota, fue cerca del final de su historia. Un homenaje a Olga Lione que le hicieron sus propios compañeros, entonces, del diario La Mañana del Sur. Fue un asado, en Neuquén. Olga hizo entonces algo que no solía hacer: viajó. Salió de su Cutral Co. Salió de esa ciudad a la que pertenecía por derecho propio, y a la que había llegado por impulso, por bajar del tren junto al cura con el que había podido conversar cuando conversar era peligroso.
Ahora, en estos días del 2026, cuando Olga y la mayoría de quienes entonces la conocieron, ya han muerto, queda solo la importancia de no olvidar, de, al menos, no olvidar todo, para darse cuenta que el peligro nos rodea, siempre, que lo importante es dar batalla, defender la convicción, abrir el alma al semejante.