Durante años nos hicieron creer que comer saludable depende únicamente de la fuerza de voluntad. Sin embargo, la realidad demuestra que nuestras elecciones alimentarias están influenciadas por mucho más que una decisión personal.
Desde pequeños aprendimos hábitos que muchas veces parecían normales: premiar con golosinas, celebrar con bebidas azucaradas, reemplazar el agua por gaseosas, considerar las frutas y verduras como una obligación y naturalizar el consumo diario de productos ultraprocesados.
También crecimos en un entorno donde la publicidad nos enseñó que los cereales azucarados eran un buen desayuno, que los jugos industrializados eran tan saludables como una fruta, que las galletitas eran una colación ideal y que cocinar llevaba demasiado tiempo. Poco a poco, esos mensajes fueron moldeando nuestra forma de comer.
A esto se suma un estilo de vida acelerado. Las largas jornadas laborales, la falta de tiempo y la enorme disponibilidad de alimentos listos para consumir hicieron que lo rápido desplazara a lo saludable.
Por eso, cuando una persona intenta cambiar su alimentación, no solo enfrenta el desafío de modificar un hábito, sino también de desaprender años de costumbres, creencias y mensajes que recibió desde la infancia.
La buena noticia es que los hábitos pueden cambiar. Nadie nace sabiendo alimentarse; aprendimos a comer y, por lo tanto, también podemos aprender a comer mejor.
Acá es donde el rol del nutricionista cobra un valor fundamental. No se trata de prohibir alimentos ni de imponer dietas, sino de educar, acompañar y brindar herramientas para que las personas tomen decisiones informadas y sostenibles.
Educar en alimentación significa enseñar a cocinar, valorar los alimentos frescos, planificar las compras, leer etiquetas, disfrutar de las comidas en familia y comprender que comer saludable no es buscar la perfección, sino construir hábitos que puedan mantenerse en el tiempo.
También implica crear entornos saludables. Las familias, las escuelas, los lugares de trabajo, los comercios y las políticas públicas tienen un papel clave. Cuando el entorno facilita las elecciones saludables, las personas tienen más posibilidades de cuidar su salud.
En este Día del/la Nutricionista, la invitación es a cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos "¿por qué la gente come mal?", quizás deberíamos preguntarnos "¿qué aprendimos sobre la alimentación y qué necesitamos desaprender?".
Porque no se trata de culpar a quienes comen de determinada manera. Se trata de reconocer que durante mucho tiempo nos enseñaron a comer de una forma que hoy contribuye al aumento de la obesidad, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y otras enfermedades crónicas.
La alimentación es una herramienta de salud, pero también de educación, cultura y bienestar. Cambiar la manera en que aprendemos a comer puede transformar no solo nuestra salud, sino también la de las próximas generaciones.
Porque nadie nace comiendo mal, se aprende. Y, afortunadamente, también se puede aprender a comer mejor.
El Día del Nutricionista se celebra cada 11 de agosto en Argentina y en gran parte de Latinoamérica. La fecha conmemora el nacimiento del médico argentino Pedro Escudero, quien es considerado el pionero y padre de la nutrición en América Latina por crear el primer instituto de la especialidad