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Martes 14 de Abril, Neuquén, Argentina
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Tiene 8 años y ya es arriera: la historia de Alelí, la niña que mantiene viva la trashumancia en Neuquén

Creció entre arreos, montañas y animales en el Norte neuquino. A su corta edad, Alelí Correa abraza una tradición centenaria y emociona con su vínculo con la tierra y su familia.

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Alelí, con solo 8 años, ya camina los senderos de la trashumancia.

Mientras muchos chicos de su edad juegan, Alelí Correa aprendió a arriar animales entre montañas, viento y caminos de tierra. Tiene 8 años y ya forma parte de una de las tradiciones más profundas de la identidad neuquina: la trashumancia.

Su historia no empezó ahora. Incluso antes de nacer, Alelí ya estaba ligada a ese mundo. Su mamá la llevaba en el vientre mientras acompañaba los arreos familiares por el norte neuquino, una práctica ancestral que sigue marcando el ritmo de vida en la región.

Hoy, esa conexión se traduce en una naturalidad asombrosa. Entre juegos con barro, piedras y palitos cerca del fogón, la niña también guía animales, camina junto a su familia y se adapta al esfuerzo que implica la vida de campo. No es una obligación: es parte de quién es.

Pequeña arriera, gran legado: la historia que emociona en el Norte neuquino.

El origen de su pasión tiene un nombre propio: su abuelo. Fue él quien la acercó al arreo y a los animales, sembrando un vínculo que sigue intacto a pesar de su fallecimiento, hace dos años. Cada vez que lo recuerda, la emoción aparece. En brazos de su mamá, Alelí revive ese lazo que marcó su infancia y su forma de ver el mundo.

En medio de las jornadas, también hay espacio para el cariño y los pequeños rituales. Uno de sus momentos favoritos es cuando se dedica a cuidar a “La Chascona”, su yegua. La peina con paciencia y orgullo, en gestos que reflejan una sensibilidad profunda y un amor genuino por los animales.

El origen de su pasión tiene un nombre propio: su abuelo. Fue él quien la acercó al arreo y a los animales, sembrando un vínculo que sigue intacto a pesar de su fallecimiento, hace dos años. Cada vez que lo recuerda, la emoción aparece.

La escuela, asegura, no queda de lado. “Solo falto cuando estoy con el arreo, ya la semana que viene vuelvo”, dice con sencillez, combinando el aprendizaje formal con los saberes que se transmiten de generación en generación.

Alelí representa a una nueva generación que sostiene las tradiciones.

En su familia, Alelí no está sola. Es la “regalona” de su tío, José Correa, quien la acompaña en cada recorrido y le transmite lo que aprendió de su propio padre. Para él, verla continuar ese camino tiene un valor inmenso: “Este es el legado de mi papá, todo lo que tengo. Por eso es una felicidad hermosa que Alelí nos acompañe”, resume con emoción.

La imagen de esta pequeña arriera conmueve. No solo por su edad, sino por lo que representa: la continuidad de una forma de vida que resiste al paso del tiempo. En sus pasos cortos, pero firmes, late el futuro de una tradición centenaria.

Historias como la de Alelí no solo emocionan. También recuerdan que, en el norte neuquino, las raíces siguen vivas y que, a veces, son los más chicos quienes mejor saben sostenerlas.

La trashumancia sigue viva en las nuevas generaciones.

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