Desde tiempos inmemoriales, los animales han estado al lado del hombre acompañándolo durante los combates, cuidándolo y dando su vida por él si fuera necesario.
La guerra de Malvinas no fue la excepción, Tom y Mortero viajaron a las islas, desde distintos lugares del país, casi de polizones, acompañando a las tropas argentinas.
Tom, centinela de cuatro patas que detectaba ataques y murió junto a los soldados
La historia de Tom comenzó en un cuartel de Junín en la provincia de Buenos Aires. Cuando al cabo Liborio le dan la orden de juntar toda su ropa de abrigo para viajar a la Capital Federal y de allí continuar al sur, nadie imaginaba lo que estaba a punto de pasar. Con esa explicación escueta, el cabo comenzó a guardar sus capotes y cuando se dirigía al camión que los iba a transportar, un perro callejero, mestizo pero amigable, criado de cachorro en el cuartel, se le cruzó una, dos, tres veces entre los pies. Liborio fastidiado lo miró y le dijo, ¿querés venir? entonces lo alzó, lo escondió entre sus capotes y ambos partieron para Buenos Aires.
Desde allí, protegido por los soldados fue embarcado en un Hércules y así Tom llegó a Malvinas, donde se convirtió en la compañía de la brigada antiaérea. Los soldados lo bautizaron Tom, ya que se dirigían al Teatro Operativo de Malvinas (TOM).
De alguna manera, el animal conectaba a esos muchachos con la ternura, pero también colaboraba para detectar la cercanía de los aviones Sea Harrier cuando los ingleses bombardeaban a las distintas brigadas apostadas en lugares estratégicos de las islas.
Como el oído de Tom era cuatro o cinco veces superior al del humano, en más de una oportunidad salvó la vida a los miembros del grupo.
Pero un día antes de la rendición, uno de los aviones ingleses voló muy bajo y aunque Tom lo detectó y avisó, una esquirla de granada lo mató instantáneamente.
Los soldados lo encontraron tendido, con los ojos abiertos como despidiéndose de esta vida. Su mirada parecía decir, “hasta aquí los acompañé muchachos”.
Sus restos descansan junto a los 649 héroes caídos en combate.
Años después, en Ascención, una pequeña localidad bonaerense donde vive Liborio, se levantó un monumento en homenaje a Tom, el perro de Malvinas.
Una réplica fue llevada al Museo de Malvinas donde el recuerdo del perro héroe se agiganta y algunas noches, aseguran, parecen escucharse sus ladridos desde la eternidad.
Mortero, el compañero inseparable que sobrevivió a Malvinas y se convirtió en símbolo
La historia de Mortero tiene un mejor final que la de Tom. Era un perro mestizo, grande, de pelaje marrón amarillento, sin dueño ni pasado conocido, que encontró su lugar en el Regimiento de Infantería 8 de Comodoro Rivadavia.
Allí lo adoptó el cabo primero Víctor Alberto Funes y poco a poco se volvió parte de la rutina: acompañaba relevos, seguía a los soldados en las salidas al terreno y estaba siempre cerca, como si supiera que ese era su lugar.
El 2 de abril de 1982 cuando la unidad fue convocada para viajar a las Islas Malvinas, el perro también partió. Nadie lo subió, él lo hizo solo, se metió en un camión que luego fue cargado en un avión y recién fue descubierto en pleno vuelo. Ya era tarde para bajarlo, el animal se había alistado para la guerra y ahí bue bautizado como Mortero.
En las islas hizo lo que siempre había hecho, estar cerca de los soldados. Viajó en barco, en helicóptero y en camión. Caminó junto a los muchachos, durmió con ellos en los pozos para compartir el calor de su cuerpo en medio de un frío extremo. Los acompañó en patrullas que podían durar hasta diez días, con viento constante y la humedad que calaba los huesos.
Al igual que Tom, el perro detectaba cuando se acercaban ataques aéreos o terrestres, se paraba sobre una piedra y comenzaba a aullar. Otras veces se quedaba mirando fijo el cielo, anticipando el paso de los helicópteros. Cruzaba los campos minados con la tropa y los acompañaba hasta una tranquera, al límite de las primeras líneas. Desde ahí se quedaba mirándolos hasta perderlos de vista, antes de regresar al refugio.
Días después, cuando los soldados volvían, allí estaba Mortero esperándolos, moviendo la cola con una alegría que contagiaba y con una energía que contrastaba con el cansancio de la guerra. Cruzaba otra vez las líneas y el campo minado para reencontrarse con ellos. Les saltaba, los lamía, les ladraba, dándoles la bienvenida. Para los combatientes no era un animal, era uno más.
Durante 74 días, Mortero compartió la vida en el frente. Y cuando la guerra terminó, también compartió el destino de los soldados: fue tomado prisionero.
Fueron llevados al buque británico Norland, donde protagonizó un hecho que todavía es recordado con una sonrisa, orinó en una alfombra. Los ingleses furiosos quisieron tirarlo del barco, pero los soldados argentinos no lo permitieron. “Tiren a uno de nosotros, pero a Mortero no” dijeron. Finalmente Mortero pudo quedarse con la condición de no causar más problemas.
El perro volvió al continente con sus amigos, sano y salvo.
Después de la guerra volvió al regimiento y tiempo más tarde fue adoptado por la familia de un oficial de operaciones, que lo honró y lo amó hasta que murió de viejo.
Hoy, Mortero es recordado en la sala de historia del Regimiento de Infantería 8, inmortalizado en una estatua 3D, acompañando a la bandera nacional junto a la insignia de las Islas Malvinas. La comunidad local, planea hacer una escultura de cemento para colocarla en la plaza de armas.