Literatura

El terror no es para todos

Existe un notable prejuicio alrededor de lo que denominamos “terror” pero cada uno de nosotros anhela las buenas historias de terror.
miércoles, 4 de noviembre de 2020 · 20:04

No todo el mundo disfruta de las películas de terror. En plenas vísperas de Halloween, no todos buscan recomendaciones de series o novelas de esta temática. Yo, por ejemplo, solo me atrevo a afirmar que habré visto menos de 10 películas de terror en mi vida, y sospecho que incluso ese es un número exagerado. El terror no es para todos, al menos no en su manera convencional: libros, películas, series. Pero indudablemente cada uno de nosotros anhela las buenas historias de terror. Las buscamos. Las necesitamos.

Existe un notable prejuicio alrededor de lo que denominamos “terror”. Tal vez no todo el mundo persigue películas y series al respecto, ¿pero qué hay de los cuentos de terror antes de ir a dormir? ¿Qué hay de las leyendas urbanas? ¿Y los mitos e historias familiares? A todos nos emocionan esas historias; ya sean transmitidas oralmente, cargadas por el frío viento de octubre que estremece nuestra piel, o plasmadas en pantallas y páginas llenas de tinta… buscamos los libros de terror.

No todo el “terror” es aterrador y orquestado para incomodarnos o hacer que no peguemos ojo en toda la noche. Este es un género multifacético y complejo por sí mismo, lejos de encontrarse limitado por estereotipos. ¿Reírse de elementos escalofriantes? ¡Existe el terror de comedia! ¿Permanecer anclado al suelo mientras nos asustan? Los thrillers usualmente usan elementos de terror para acercarnos a la trama. ¿Sentir miedo fuera del planeta Tierra? Comics de ciencia ficción de terror, fantasía escalofriante, cortos en Youtube… Solemos hablar de estas historias como aquellas que contienen elementos típicos y criaturas sobrenaturales como hombres lobo, vampiros y fantasmas, pero eso no lo es todo. ¡El terror es más que una sola cosa! Y por eso puedo afirmar que todos recurrimos a ella: independientemente de la expresión cultural en la que se manifieste, buscamos las sensaciones y los frutos que florecen de este género. Por ende, es válido preguntarnos por qué.

 

Una de las vivencias más importantes que nos llevamos del “horror” es la epifanía de que es posible sobrevivir diferentes experiencias que en el momento son terribles. Por supuesto, no todas las historias de terror tienen finales felices, pero todas nos hablan sobre lo difícil que es la vida. El terror no nos presenta un escapismo fácil, sino que nos ruega que lo sigamos en las trayectorias psicológicas y emocionales de los personajes, sentir lo que ellos sienten o simplemente contemplar sus historias, para luego poder decir “He ido hasta los confines más profundos del infierno y he regresado. No ha sido divertido, pero ha sido posible. Ha sido una vivencia plena, enriquecedora y valiosa para volcar en una reflexión.” Es bien sabido que relatos del estilo proporcionan un ámbito donde explorar nuestros miedos, fobias, traumas y ansiedades en espacios seguros y controlados. Así, siempre podemos apagar la televisión y dejar de leer, saltarnos unas cuantas páginas y luego volver a la historia.

Sin embargo, es válido preguntarse por qué necesitaríamos más cuentos terroríficos para lidiar con los horrores del mundo. ¿No vivimos ya acaso en una realidad azotada por una multiplicidad de trágicos conflictos? ¿Es necesario entonces el terror como género en un mundo donde los temores abundan? Sí, lo es. Tomemos, por ejemplo, las palabras de Stephen King: “Inventamos horrores para ayudarnos a lidiar con los reales. De la infinita imaginación de la humanidad, tomamos elementos reales que podrían causar tanta destrucción y los convertimos en herramientas. Los desmantelamos.” La ilusión del “horror” que pensamos que conocemos en realidad un proceso de autoconocimiento. Nos es sencillo aceptar fenómenos como la telepatía o los fantasmas porque estar dispuestos a creer en ello no nos cuesta nada. En cambio, la idea de personas comunes y corrientes que se mezclan con “el Mal” nos aterra porque implica nuestro mundo real, aquel que supuestamente buscamos escapar.

 

 

Por eso, tal vez el estereotipo de que leemos para escapar de la realidad es más falaz de lo que aparenta. Al fin y al cabo, somos humanos que persiguen historias, de esas que nos dan un lugar donde verter nuestros miedos. Los libros de terror son conocidos por incomodarnos, extrañarnos y asustarnos, pero esa es tan solo la superficie. Desde esa pequeña y prematura acción que llega a nuestras emociones se desata un proceso mucho más complejo: aquel de asustarnos con tranquilidad. Estar a salvo, seguros, contenidos y en control… Eso es lo que nos permite la ficción. Imaginamos peligros mientras estamos en el sofá leyendo. Decidimos cuándo abrir esa caja de oscuridad y miedo y apagamos la televisión cuando necesitamos un respiro.

Siempre hay lugar para nosotros en el medio de una historia. Las abrimos voluntariamente, les permitimos ingresar a nosotros de maneras (casi) completamente deliberadas, y les damos la espalda cuando son demasiado que digerir. Las hacemos nuestras, porque la ficción es un mapa personalizado a la perfección para ubicarnos en el bosque de nuestros miedos  pesadillas, para lidiar con los monstruos de a poco. Necesitamos que nos asusten porque para eso la humanidad ha confeccionado el terror.

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