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El día mundialista en el que vi el gol anulado más insólito de la historia

La historia de una situación nunca ocurrida antes en un mundial, en un estadio mundialista de Mar del Plata, bajo la lluvia.

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Era 1978, y entre cuatro compañeros del Banco Español del Río de la Plata, delegación Azul, compramos entradas (¡Fuerte inversión entonces!) para ir a uno de los partidos del Mundial de Fútbol, el primero que se disputaría en nuestro país. Lo que pudimos conseguir, y nos convenía por cercanía, fue para asistir a uno de los encuentros iniciales, fase de grupo, del torneo: Brasil versus Suecia, en el estadio José María Minella, en Mar del Plata, el 3 de junio.

Ese día, nos levantamos temprano, nos amontonamos en un auto, y salimos para La Feliz. Era un día nublado, lluvioso. Era, también, la dictadura militar, que no hacía grandes concesiones aunque hubiera un Mundial que después se mostró como la gran fiesta del pueblo. Cada quien revisó para constatar que estaba el documento de identidad (entonces libreta), pues el control sería estricto. No estaban permitidos los papelitos, ni llevar nada al Estadio más que la propia vestimenta y el entusiasmo por el fútbol, que nada podía reducir ni empañar.

El Estadio marplatense se inauguraba con el partido que nosotros habíamos ido a ver. Pasamos varios controles, con cacheo incluidos. Por fin pudimos entrar, y se nos abrió la magnífica vista del paño verde, y las tribunas que se iban llenando de gente, con mayoría de vocingleros brasileños. Nos aposentamos en una de las cabeceras, detrás de uno de los arcos, mientras la lluvia caía, y nosotros nos mojábamos lentamente, sin que el entusiasmo mermara: queríamos ver a ídolos de una vigencia tremenda, como Toninho Cerezo, Zico, Rivellino. A los suecos no los conocíamos: entonces no había, como ahora, televisación del fútbol internacional, en Argentina.

El partido comenzó, y la cercanía con los jugadores se vivía como una realidad aumentada. El césped de la cancha volaba en pedazos en cada disputa de la pelota, en cada zancadilla de un defensor a un delantero. La lluvia era pertinaz aunque de baja intensidad. El partido se puso empatado uno a uno, era trabado, difícil, y solo desequilibraba alguna pisada de Rivellino, o el tranco formidable de Toninho Cerezo.

A punto de terminar, Brasil tuvo un tiro de esquina. Atacaba contra el arco detrás del cual estábamos nosotros: cuatro empleados bancarios saltando más por el frío que por la diversión del momento. Nelinho ejecutó un centro fuerte y preciso. Cabeceó Zico, y convirtió el gol. La hinchada brasileña desplegó todo el carnaval, pero el árbitro, Clive Thomas,  había soplado el silbato para decretar el final del partido, una milésima de segundo antes que Zico impactara la pelota.

Sí, el referí terminó el partido con la pelota (¡En una jugada de potencial gol!) en el aire. Nos miramos sin poder creerlo. Alguien largó la carcajada de brote nacionalista: ¡Cómo los cagaron! Hubo algunas corridas en las tribunas, sin que pasara a mayores, pues la admonición dictatorial estaba presente. 

Nos fuimos del estado caminando despacito. Ya en el auto, de vuelta para Azul, nos desangramos en discusiones futboleras. No fuimos conscientes del momento histórico para las estadísticas de los mundiales. En fin: le pasó a Brasil...que se joda.

 

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