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El Loco que lo tuvo todo: campeón con River y Boca, héroe ante San Lorenzo y preso por narcotráfico

Carlos Horacio Salinas fue protagonista de una carrera tan brillante como desbordada. Campeón con River y Boca, marcó goles históricos, compartió cancha con grandes figuras y terminó atravesando la cárcel y la ruina.

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Carlos Horacio “Loco” Salinas, un futbolista que vivió entre la gloria, los excesos y una caída que marcó su vida.

Hay futbolistas que construyen una carrera. Y hay otros que parecen escribir una novela. Carlos Horacio Salinas fue de los segundos. El Loco murió el 1 de septiembre, a los 70 años, después de haber vivido prácticamente todas las caras que puede ofrecer una vida: gloria deportiva, dinero, noches interminables, escándalos, adicciones, cárcel y un regreso silencioso a sus raíces.

Su historia empezó muy lejos de los grandes estadios. Nació el 26 de mayo de 1954 en La Ciudadela, uno de los barrios populares de San Miguel de Tucumán, y desde chico conoció el esfuerzo. A los ocho años fue lustrabotas y a los once repartía bollos en las tribunas de San Martín. El fútbol apareció como una puerta de salida.

A los 17 años tomó un tren rumbo a Buenos Aires. Un día y medio de viaje para intentar convencer a River de que tenía condiciones. “En una de las primeras prácticas, enfrenté a Daniel Passarella y me tiró un codazo, pero quedé”, recordó años después.

Así comenzó una carrera que lo llevaría a compartir vestuario con algunas de las figuras más importantes del fútbol argentino.

Debutó en River el 19 de mayo de 1974, en un 3-0 ante Banfield. No fue una aparición fugaz: integró el plantel de Ángel Labruna que en 1975 consiguió algo que parecía imposible. River volvió a ser campeón después de 18 años y Salinas, aunque con una participación limitada, fue parte de aquel equipo que terminó con una de las sequías más dolorosas de la historia del club.

 

Pero la historia del Loco tenía preparado un giro todavía más cinematográfico

Salinas siempre había sido hincha de Boca. Y mientras todavía jugaba en River, protagonizó una de esas escenas que parecen inventadas: después de un Superclásico, se puso la camiseta azul y oro de Marcelo Trobbiani y caminó por el Monumental vestido como jugador de Boca.

El episodio se convirtió en una de las tantas excentricidades que acompañaron su vida. Tiempo después, aquella camiseta que había llevado a escondidas pudo vestirla oficialmente.

En 1978 llegó a Boca y comenzó la etapa más gloriosa de su carrera. Con Juan Carlos Lorenzo como entrenador, el volante se convirtió en una pieza importante de un equipo que conquistó América y el mundo.

Hay tres goles que explican por qué su nombre quedó grabado en la historia xeneize: el que le marcó a River en el Monumental en las semifinales de la Libertadores 1978, el que convirtió ante Deportivo Cali en la final de esa misma Copa y el que anotó frente al Borussia Mönchengladbach en Alemania, en la revancha de la Intercontinental 1977, disputada en 1978.

En Boca jugó 84 partidos oficiales y convirtió 13 goles. No necesitó demasiados para quedar en la memoria.

Pero el mismo jugador que aparecía en las grandes noches también podía desaparecer durante meses por sus propias decisiones. Su temperamento explosivo le costó caro. Agredió árbitros, recibió sanciones durísimas y llegó a acumular una suspensión de 26 fechas después de tomar del cuello al árbitro Abel Gnecco.

Su relación con la Selección argentina también quedó marcada por ese carácter. En 1975 fue parte del equipo que disputó los Juegos Panamericanos de México y convirtió dos goles, uno de ellos en el estadio Azteca. Pero nunca consiguió consolidarse con César Luis Menotti.

Él mismo reconoció el motivo. “Menotti me tenía en cuenta pero yo era un sinvergüenza”, contó años después. Las noches, las salidas y la falta de disciplina terminaron cerrándole una puerta que parecía destinada a abrirse.

Su vida futbolística siguió acumulando capítulos extraordinarios. Pasó por Chacarita, donde protagonizó una pelea que terminó con jugadores y policías en una comisaría. Después llegó a Argentinos Juniors como parte de pago por el pase de Diego Maradona.

Y en La Paternal volvió a escribir una página histórica.

El 15 de agosto de 1981, en la última fecha del Metropolitano, Salinas convirtió de penal ante San Lorenzo. Ese gol significó el descenso del conjunto azulgrana, el primero de un club grande del fútbol argentino, y al mismo tiempo aseguró la permanencia de Argentinos en Primera.

Poco después se marchó a Independiente, donde compartió equipo con Ricardo Bochini y dejó otra parte de su talento. Después llegó Colombia, donde el fútbol comenzaba a convivir con cantidades de dinero cada vez más difíciles de explicar.

Salinas regresó millonario

Según contó, llegó a tener dos millones de dólares, siete departamentos y autos de lujo. En otra de sus historias increíbles aseguró que volvió de Colombia con tantos billetes que tuvo que pegárselos al cuerpo con cinta adhesiva para poder viajar con su familia.

Pero la fortuna duró mucho menos que los recuerdos.

“Me los patiné y no me arrepiento. Si la tenés, gastala. ¿Para qué la querés?”, resumió años después.

El dinero se fue. El fútbol también. Y cuando se retiró, a los 31 años, comenzó el capítulo más oscuro.

En 1987, apenas un año después de su último partido en Primera, Salinas fue detenido bajo una acusación vinculada al narcotráfico y pasó tres meses y medio en la cárcel de Devoto. Siempre sostuvo su inocencia y dio distintas versiones sobre aquella experiencia, pero nunca pudo borrar ese episodio de su biografía.

“Fue una cama, hermano”, dijo años más tarde. También contó que trabajaba en la cocina de la cárcel, repartía comida y jugaba al fútbol con otros internos.

El hombre que había levantado copas con River y Boca, que había marcado goles en el Azteca y en finales internacionales, ahora aparecía en las páginas policiales.

Después vendrían los años más difíciles, alejados del fútbol y atravesados por las adicciones, la noche y la pérdida de buena parte de lo que había conseguido. Su vida quedó marcada por versiones, excesos y contradicciones que él mismo alimentó en sus entrevistas.

Nunca quiso convertirse en entrenador ni mantenerse cerca del fútbol profesional. Eligió desaparecer de aquel mundo que alguna vez lo había puesto en el centro de todas las miradas.

En sus últimos años volvió a Buenos Aires y logró cierta estabilidad económica. Recibía una ayuda de la Mutual de Boca y contaba con el alquiler de uno de los departamentos que habían sobrevivido a aquellos años de derroche.

Murió a los 70 años dejando detrás una historia difícil de encasillar. Fue campeón con River y Boca, hizo goles decisivos en finales, jugó con Bochini, estuvo ligado al pase de Maradona, mandó al descenso a San Lorenzo y vistió la camiseta de la Selección.

El Loco Salinas tuvo una vida de película. Quizás porque, como pocas, tuvo todos los ingredientes: gloria, talento, excesos, caída y supervivencia. Una historia demasiado grande para quedar solamente en las estadísticas.

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