El fútbol argentino tiene fechas que no necesitan goles para convertirse en eternas. Una de ellas es el 20 de octubre de 1976. Hace exactamente 50 años, en una cancha del barrio porteño de La Paternal, un chico de Villa Fiorito, de pelo rizado ingresó a jugar en Primera División. Tenía apenas 15 años, once meses y veinte días. Se llamaba Diego Armando Maradona.
Eran alrededor de las 16.30 de aquella tarde de primavera. Argentinos Juniors perdía 1 a 0 frente a Talleres de Córdoba y el entrenador, Juan Carlos Montes, decidió mirar hacia el banco de suplentes. Allí estaba el pibe que ya deslumbraba en las divisiones inferiores y que, sin saberlo todavía, estaba a punto de iniciar un recorrido extraordinario.
—¿Te animás? —le preguntó el técnico.
—Sí, profe —respondió Diego.
—Bueno, entrá, pibe, y tirá un caño.
La indicación tenía algo de desafío y mucho de confianza. Maradona saltó al campo con la camiseta número 16. La orden fue casi una invitación a hacer lo que mejor sabía: jugar a la pelota sin miedo, con la naturalidad de quien parecía entender el fútbol de una manera diferente. Y cumplió.
Maradona ingresó en lugar de Rubén Aníbal Giacobetti, un mediocampista de Argentinos Juniors que aquella tarde le dejó su lugar al juvenil que empezaba a llamar la atención en las inferiores del club. Giacobetti quedó ligado, casi sin proponérselo, a una de las fechas más recordadas de la historia del fútbol argentino: fue el jugador que salió para que entrara aquel pibe de 15 años que, con la camiseta número 16, comenzaría a escribir una historia extraordinaria.
Su primer gol llegaría unas semanas después del debut. Fue el 14 de noviembre de ese año en un partido contra San Lorenzo de Mar del Plata en el Estadio General San Martín de esa ciudad. Maradona entró en el segundo tiempo y marcó un doblete; el primer tanto llegó a los 42 minutos del complemento con un zurdazo cruzado frente al arquero Rubén Alberto Lucangioli. Ese día Los Bichitos Colorados vencieron 5 a 2 al conjunto marplatense.
Antes de convertirse en el Diez, fue un pibe de Villa Fiorito que deslumbraba con la pelota.
El primer caño y el comienzo de una historia inolvidable
La anécdota del primer toque quedó grabada en la memoria de quienes estuvieron aquella tarde en la cancha de Argentinos Juniors. Las versiones sobre el lugar exacto y las circunstancias de aquel caño se multiplicaron con los años, alimentando la leyenda de un debut que todavía despierta emoción entre los hinchas.
Lo cierto es que el chico no entró para esconderse. Pidió la pelota, encaró y mostró esa combinación de atrevimiento, habilidad y visión de juego que pronto lo convertiría en una figura imposible de ignorar.
En las tribunas, el asombro empezó a ganarle al murmullo. Maradona se movía con una soltura impropia de su edad. No parecía intimidado por el escenario ni por la responsabilidad de jugar entre hombres que llevaban años compitiendo en la máxima categoría.
El resultado, sin embargo, no acompañó aquella primera aparición. Argentinos Juniors perdió 1 a 0 ante Talleres, pero el marcador terminó ocupando un lugar secundario frente a lo que acababa de suceder. Aquel miércoles, el fútbol argentino había conocido a un adolescente que pronto dejaría de ser una promesa para convertirse en una de sus grandes figuras.
Un pibe de Fiorito en un país atravesado por el miedo
La fecha también quedó marcada por el contexto en el que ocurrió. Argentina atravesaba la dictadura militar iniciada en marzo de 1976, en un tiempo signado por la represión, la censura y las desapariciones. En medio de aquella oscuridad, en La Paternal comenzaba a escribirse una historia deportiva que con los años tendría una dimensión popular extraordinaria.
Maradona llegaba desde Villa Fiorito, con una familia trabajadora y un talento que ya había llamado la atención mucho antes de su estreno en Primera. La pelota era su territorio y el fútbol, la posibilidad de transformar aquel origen humilde en una historia sin fronteras.
Su debut no pasó inadvertido para la prensa de la época. Las crónicas del día siguiente destacaron la movilidad y el atrevimiento del juvenil que había ingresado para intentar cambiar el rumbo del partido. Incluso hubo una publicación que se equivocó al escribir su apellido: lo llamó “Maladona”.
El tiempo corregiría cualquier error de ese tipo. El nombre de Diego terminaría siendo reconocido en todos los rincones del planeta.
De Argentinos Juniors a la cima del mundo
Después de aquella primera aparición, Maradona comenzó a ganarse un lugar cada vez más importante en Argentinos Juniors. Su talento dejó de ser una curiosidad y se convirtió en una certeza. El chico que había ingresado con la camiseta número 16 pronto sería una de las grandes atracciones del campeonato.
En 1977 llegó su debut en la Selección argentina, convocado por César Luis Menotti. En 1981 pasó a Boca Juniors, donde conquistó el Campeonato Metropolitano. Después llegaron Barcelona, Napoli y una carrera internacional que lo transformó en un ídolo de alcance mundial.
El punto más alto con la camiseta argentina llegó en México 1986, cuando condujo al seleccionado a conquistar la Copa del Mundo. Sus goles ante Inglaterra, uno con la llamada “Mano de Dios” y otro considerado por muchos el mejor de la historia de los mundiales, quedaron entre las imágenes más recordadas del deporte.
Pero antes de México, de Nápoles y de la consagración mundial hubo una tarde en La Paternal. Antes del capitán, del campeón y del mito, estuvo aquel adolescente que recibió una indicación sencilla de su entrenador y salió a cumplirla.
Cincuenta años después, el recuerdo sigue intacto
Maradona murió el 25 de noviembre de 2020, pero su figura continúa atravesando generaciones, camisetas y fronteras. Su historia reúne la genialidad futbolística, la identificación popular, las contradicciones de una vida extraordinaria y una pasión que nunca dejó de provocar debates.
El 20 de octubre de 1976, Argentinos Juniors perdió frente a Talleres. Diego se llevó, sin embargo, algo mucho más importante que un resultado: el primer capítulo de una historia que nadie podía imaginar hasta dónde llegaría.
Tenía 15 años, llevaba la camiseta número 16 y acababa de entrar a una cancha de Primera. Su entrenador le había pedido un caño. Él cumplió.
Cincuenta años después, aquella tarde sigue siendo mucho más que el debut de un futbolista. Fue el comienzo de la leyenda de Diego Armando Maradona