Hay fechas que uno recuerda porque las estudió. Otras quedan asociadas para siempre a una imagen, a una voz, a una noticia que interrumpió la normalidad. El 11 de septiembre de 2001 pertenece a esa segunda categoría.
Veinticinco años después, las imágenes de las Torres Gemelas siguen teniendo una fuerza difícil de explicar. La primera torre envuelta en humo. El segundo avión estrellándose contra el otro edificio. Las personas corriendo por las calles de Manhattan. El polvo. El desconcierto.
Ese día, vimos cómo la realidad parecía superar cualquier posibilidad de comprensión. Al principio no sabíamos exactamente qué estaba pasando. Las imágenes se repetían mientras las noticias llegaban fragmentadas. Entonces apareció el segundo avión y quedó claro que no estábamos frente a un accidente. Estábamos viendo algo que iba a cambiar la historia.
Lo particular de aquellos momentos es que nadie sabía todavía que estaba asistiendo a un acontecimiento histórico. No conocíamos sus consecuencias. No sabíamos qué guerras vendrían, cómo cambiaría la política internacional ni cuánto modificaría nuestra relación con la seguridad, los viajes y la información.
Ese día, vimos cómo la realidad parecía superar cualquier posibilidad de comprensión. Al principio no sabíamos exactamente qué estaba pasando. Las imágenes se repetían mientras las noticias llegaban fragmentadas. Entonces apareció el segundo avión y quedó claro que no estábamos frente a un accidente. Estábamos viendo algo que iba a cambiar la historia.
Solamente sabíamos que algo extraordinario estaba ocurriendo.
La televisión tuvo un papel decisivo. Durante horas mostró las mismas imágenes porque todavía no había mucho más para mostrar. Esa repetición terminó convirtiéndose en parte de nuestra memoria colectiva.
Quizás por eso, 25 años después, el 11-S no sea solamente una fecha. Es también una experiencia generacional: la de haber visto la historia mientras sucedía.
Cuando estudiamos el pasado, todo parece ordenado. Hay causas, consecuencias, fechas y explicaciones. Pero cuando la historia ocurre, no hay certezas. Hay desconcierto. Hay preguntas. Hay imágenes que uno intenta ordenar sin saber todavía qué significan.
Eso fue el 11 de septiembre de 2001. Una mañana en la que el mundo cambió y nosotros todavía no lo sabíamos.
Veinticinco años después, quizás lo que más permanece no sea solamente la imagen de las Torres Gemelas cayendo, sino aquella sensación de haber sido testigos, a través de una pantalla, de un antes y un después.
La historia había dejado de estar en los libros. Estaba ocurriendo frente a nuestros ojos.