EDITORIAL

La octava decisión

Estos 32 años de democracia ha sido el periodo institucional de mayor continuidad democrática y es una etapa de consolidación si la comparamos con las democracias occidentales que llevan cientos de años de ejercicio.
domingo, 9 de agosto de 2015 · 10:24
Un domingo electoral en la Argentina supone todo el folclore del asado y la votación. La siesta y la espera de los resultados. Una jornada neutra en términos laborales. De expectativas y de relax, de resignación en algunos y de gloria en otros. Se espera todo y no se espera nada. Es la política dirán algunos, más de lo mismo dirán otros. Muy poco para quienes nacieron en democracia y mucho para quienes debieron pelear por la libertad. La diferencia entre la vida y la muerte para aquellos que enfrentaron a la dictadura. Es la octava vez que concurrimos a las urnas para elegir autoridades. Es cierto que son elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias como manda la ley. Pero desde aquel 30 de octubre de 1983 las acechanzas y las tribulaciones de la joven democracia argentina no han  cesado. Con la hiperinflación del ’89 y la crisis del 2001 la vimos tambaleante y fue la voluntad mayoritaria del  pueblo quien la sostuvo en esas instancias cruciales. Con la corrupción la someten a pruebas diarias y los resultados económicos hacen que crezca u merme la fe en ellas. Estos 32 años de democracia ha sido el periodo institucional de mayor continuidad democrática y es una etapa de consolidación si la comparamos con las democracias occidentales que llevan cientos de años de ejercicio. El modelo de democracia argentina lleva la impronta de la sociedad en la que fue engendrada.  Los defectos y los déficits son el reflejo de los mismos en su vida social.  Nada de lo ocurre en la vida institucional escapa a lo que somos como sociedad, la reforma de la Constitución Nacional efectuada en 1994 busco atenuar el presidencialismo incorporado en la CN de 1853 y sin embargo ni terminó con presidencialismo ni consolidó el parlamentarismo; a mitad de camino entre ambos la figura buscada se diluyó y la deriva permitió el cesarismo de Menem y de Cristina Fernández. La figura individual de los jefes del Ejecutivo por encima de las instituciones y las reglas que norman la vida institucional. El cesarismo regresivo de los ’90 encarnado por el caudillo riojano y el cesarismo progresista de este siglo personificado por la viuda de Kirchner. Ambos bajo el manto generoso de la identidad peronista, "ah no peronistas somos todos” diría el general. Así se llega a esta elección primaria, con la historia a cuesta para seguir haciendo historia. Daniel Scioli es el candidato peronista que gobierna la provincia de Buenos Aires y busca en estas elecciones consolidar su favoritismo para el próximo 25 de octubre, quiere terminar con la leyenda negra de los gobernadores bonaerenses aquella que señala que ninguno logró jamás triunfar en una elección presidencial. El segundo candidato es Mauricio Macri, un candidato que gobierna en la ciudad más aristocrática del país, la ciudad autónoma de Buenos Aires. Con indicadores de PBI y consumos muy por encima de la media y con una conformación social con grandes diferencias al resto de los distritos del país. La ciudad de Buenos Aires ha sido siempre el emblema de la falta de federalismo y de la concentración del puerto frente al interior federal. En este esquema Macri junta tras de sí las expectativas de la derecha económica y de los sectores medios progresistas. Buscó en su alianza con la UCR armar una propuesta que tenga alcance y cobertura territorial. Pero en términos reales solo ha buscado auxilio formal, en el contenido y en las candidaturas prevalece la idea conservadora.
La tercera alternativa es la de Sergio Massa, intendente de Tigre que logró sobrevivir al bombardeo del kirchnerismo y llegó a estar en la grilla de las PASO. Lejos de las dos principales propuestas lucha por convertirse en un aliado estratégico de los principales contendientes. Su porcentaje de votos le permitiría sentarse a negociar con quien esté dispuesto a volcar ese cargamento de votos en la definición de una eventual segunda vuelta o contribuir a la definición en primera. Massa es un marginado del kirchnerismo que tras su ruptura eligió morir peleando antes que quedarse en la intendencia de Tigre a esperar que le llegue el ultimátum kirchnerista. Su audacia política lo ha llevado a convertirse en un potencial presidenciable y tras una auspiciosa instalación en la escena política se fue desinflando hasta consolidar un piso porcentual que lo sitúa en el podio electoral.
Los tres candidatos que aspiran a ganar la elección hoy surgieron políticamente en la década demonizada por el kirchnerismo y tienen la formación surgida de allí, perfiles construidos a partir del marketing y de los medios de comunicación, sin inserción en los sectores populares y con poco carisma. Candidatos políticos u ofertas al mercado electoral, en cualquiera de sus vertientes estos son los hombres que tienen la posibilidad de gobernar la Argentina. Así se perfila la democracia que supimos conseguir, 34 años después las urnas definirán en esta primarias abiertas quienes llegarán con mejores posibilidades al 25 de octubre, el día que sabremos quién gobernará por el próximo periodo 2015/2019.
M.E.G.


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