Una mujer en situación de calle murió incinerada. Dayana Stefani Gómez, de 32 años. No es solamente una noticia policial, es una tragedia social. Murió durante la madrugada del sábado pasado en el interior del edificio que perteneció al Círculo de Suboficiales del Ejército (CIRSE), ubicado en plena Avenida Argentina de nuestra ciudad.
La principal hipótesis indica que habría encendido fuego para calefaccionarse, se quedó dormida y sufrió una intoxicación fatal con monóxido de carbono. Es el final más cruel para una persona que ya había sido expulsada de casi todo. Y detrás de esa tragedia hay un dato que duele todavía más. Dejó dos hijos menores. Dos chicos que no solamente perdieron a su madre también perdieron la posibilidad de volver a abrazarla.
Y entonces la noticia deja de ser un hecho policial. Se convierte en un fracaso social. Porque nadie llega a vivir en la calle de un día para otro. Antes hubo pobreza, soledad. abandono, puertas que se cerraron, oportunidades que nunca llegaron. Y probablemente hubo instituciones que no alcanzaron a tiempo. Cada invierno repetimos el mismo ritual. Nos conmovemos. Nos indignamos. Prometemos soluciones. Y cuando llega la primavera, el problema vuelve a esconderse debajo de la alfombra. Hasta el próximo invierno. Hasta la próxima muerte. Hasta la próxima tragedia.
Neuquén es una provincia que genera una riqueza extraordinaria. Sin embargo, cada vez son más las personas que duermen en las calles. Más familias que dependen de un plato de comida, más hombres y mujeres que sobreviven entre el frío, el abandono y la indiferencia. Eso debería avergonzarnos. Después de esta muerte se anunció la apertura de un refugio. Toda acción para proteger vidas es bienvenida pero también corresponde hacerse preguntas. ¿Llega a tiempo? ¿Está ubicado donde realmente puede acceder la gente que lo necesita? ¿Se pensó desde la realidad cotidiana de quienes viven en la calle o desde la comodidad de un escritorio?
Porque un refugio no puede ser una solución solamente en los papeles. Tiene que ser accesible. Tiene que estar acompañado por equipos de salud, asistencia social y programas que permitan salir de la calle, no sólo pasar una noche bajo techo. La calle no es una elección es el último escalón de una cadena de fracasos. Fracasa el trabajo, fracasa la vivienda, fracasa la salud mental, fracasan las adicciones cuando no reciben tratamiento. Y también fracasa el Estado cuando llega únicamente después de una tragedia.
El verdadero desafío no consiste en abrir un refugio cuando una muerte conmueve a la opinión pública. El desafío es impedir que otra persona llegue a ese extremo. Toda cama disponible puede salvar una vida. Pero la pregunta sigue siendo incómoda. ¿Por qué las respuestas aparecen después de una muerte? ¿Por qué el Estado siempre parece correr detrás de las tragedias? ¿Por qué hace falta perder una vida para que un problema ocupe el centro de la agenda? Neuquén produce riqueza, genera inversiones, es el corazón energético de la Argentina. Sin embargo, al mismo tiempo, hay personas que siguen durmiendo a la intemperie. Hay familias enteras sobreviviendo con una vianda. Hay chicos vendiendo medias en los semáforos. Y ahora hay dos menores que tendrán que crecer sabiendo que su madre murió sola, en la calle y de la manera más cruel.
No es solamente una tragedia personal, es una derrota colectiva porque ninguna sociedad puede sentirse orgullosa de su crecimiento económico si al mismo tiempo permite que hombres y mujeres mueran de frío, de abandono o de desesperación. Porque esta mujer ya no necesita un refugio. Lo necesitaba antes. Lo necesitaba cuando todavía estaba viva. Y esa es la diferencia entre gobernar una emergencia y construir una política pública. Las tragedias no deberían ser el motivo para actuar deberían ser la prueba de que se actuó demasiado tarde. Y cuando una persona muere en la calle mientras una ciudad sigue creciendo, el verdadero incendio no es el que terminó con su vida. Es el de una sociedad que no puede acostumbrarse a llegar siempre después.