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Cuando el peligro puede estar dentro de casa

Una niña de cuatro años quedó en el centro de un episodio que ahora deberá esclarecer la Justicia. Más allá de la denuncia y de la presunción de inocencia, el caso vuelve a plantear una pregunta incómoda: ¿qué hacemos como sociedad cuando las señales de peligro aparecen dentro del propio entorno familiar?

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El episodio ocurrió en el baño de una YPF de Centenario. (Foto: Gentileza Centenario Digital)

Hay noticias difíciles de contar y ésta es una de ellas. Porque hay una niña, tiene solamente cuatro años y cuando existe un niño en medio de una situación semejante, el periodismo tiene una primera obligación: protegerlo. No convertir su historia en espectáculo. Pero tampoco mirar para otro lado. 

El miércoles por la tarde ocurrió un episodio gravísimo en Centenario. Un hombre ingresó al baño de una estación de servicio acompañado por su pequeña hija. Otro hombre que se encontraba allí comenzó a escuchar ruidos extraños. Se acercó. Y lo que dijo haber observado originó inmediatamente una intervención policial. Según esa denuncia, encontró al padre de la pequeña dentro de uno de los cubículos, en circunstancias que ahora deberá determinar la Justicia. También habría observado que manipulaba un elemento similar a una pipa, presuntamente utilizado para consumir estupefacientes. Cuando el testigo reaccionó, el hombre intentó retirarse del lugar con la niña. Los trabajadores de la estación intervinieron. Llegó la Policía. El joven fue demorado. La pequeña quedó posteriormente con su madre. 

Ahora intervienen la Fiscalía, la Defensoría de los Derechos de Niños y Adolescentes y los organismos especializados. Hasta ahí, los hechos conocidos. Ahora comienza lo más importante. Investigar. Determinar exactamente qué ocurrió dentro de ese baño. Escuchar a quienes corresponda mediante los mecanismos profesionales previstos para proteger a una niña tan pequeña, analizar las cámaras, examinar los elementos secuestrados, realizar las pericias necesarias y establecer responsabilidades.

Porque hay algo que debemos dejar perfectamente claro. Una denuncia no es una condena. El hombre deberá tener defensa. La Justicia deberá investigar. Y será una investigación la que determine qué sucedió. Pero proteger la presunción de inocencia de un adulto no significa ignorar la vulnerabilidad de una niña. Las dos cosas pueden y deben convivir, y este episodio vuelve a colocarnos frente a una discusión que Neuquén conoce perfectamente. La Ley 2302. 

Durante años hablamos de los derechos de niños y adolescentes. Y está bien. Hay que defenderlos. Pero quizás algunas veces olvidamos qué significa realmente proteger a un niño. Protegerlo no es solamente intervenir cuando roba, no es solamente discutir qué hace la Justicia cuando un adolescente comete un delito, no es solamente preguntarnos si puede ser detenido. La protección integral empieza muchísimo antes. Empieza cuando el chico tiene cuatro años. Cuando depende completamente de los adultos. Cuando no puede defenderse. Cuando quizás ni siquiera puede explicar claramente aquello que le está ocurriendo. Ahí es cuando el Estado tiene que ser implacablemente protector. Porque existe una realidad dolorosa, qué hacia un padre con su hija en un baño de hombres.

Porque hay algo que debemos dejar perfectamente claro. Una denuncia no es una condena. El hombre deberá tener defensa. La Justicia deberá investigar. Y será una investigación la que determine qué sucedió. Pero proteger la presunción de inocencia de un adulto no significa ignorar la vulnerabilidad de una niña. Las dos cosas pueden y deben convivir, y este episodio vuelve a colocarnos frente a una discusión que Neuquén conoce perfectamente. La Ley 2302. 

No todos los peligros para un niño vienen de la calle. Algunas veces el peligro puede estar mucho más cerca y eso es muchísimo más difícil de detectar. Un chico puede alejarse de un desconocido, puede aprender que no debe hablar con extraños, puede pedir ayuda. Pero ¿qué ocurre cuando quien debería protegerlo es precisamente la persona sobre cuya conducta aparecen sospechas? Ahí todo el sistema tiene que reaccionar. Salud, Educación, Defensoría, Justicia, Policía, Organismos de protección y también la sociedad. Porque en este caso hubo alguien que escuchó algo extraño, se acercó, miró y reaccionó.  Después intervinieron trabajadores de la estación y finalmente llegó la Policía.

Tal vez ahí exista también algo que merece destacarse. Alguien decidió no mirar para otro lado. No dijo: “Es problema de ellos”. No siguió caminando. No pensó: “Será una cuestión familiar”. Intervino. Y frente a la posible vulneración de los derechos de un niño, ésa debería ser siempre nuestra reacción. No significa hacer justicia por mano propia. No significa acusar. Significa dar aviso inmediatamente a quienes tienen la obligación de intervenir. Porque demasiadas tragedias infantiles estuvieron precedidas por señales que alguien vio y decidió ignorar: un golpe, un comportamiento extraño, un chico que cambia repentinamente, una ausencia reiterada en la escuela, una situación de consumo dentro de la familia, una denuncia que nadie escuchó.

La protección de la infancia no puede ser simplemente una declaración escrita dentro de una ley, tiene que funcionar en la vida real. Y acá aparece además otro problema enorme, las adicciones. Si finalmente se confirma que existía consumo de drogas mientras ese adulto tenía bajo su cuidado a una niña de cuatro años, estaremos frente a otra dimensión gravísima del problema. Porque el consumo problemático nunca afecta solamente a quien consume. Alrededor puede haber hijos, parejas, familias, niños completamente indefensos. Por eso cuando hablamos de combatir las drogas no hablamos únicamente de allanamientos y kioscos narco. También hablamos de las consecuencias humanas que quedan detrás. Y muchas veces esas consecuencias tienen cuatro años.

La protección de la infancia no puede ser simplemente una declaración escrita dentro de una ley, tiene que funcionar en la vida real. Y acá aparece además otro problema enorme, las adicciones. Si finalmente se confirma que existía consumo de drogas mientras ese adulto tenía bajo su cuidado a una niña de cuatro años, estaremos frente a otra dimensión gravísima del problema. Porque el consumo problemático nunca afecta solamente a quien consume. Alrededor puede haber hijos, parejas, familias, niños completamente indefensos.

Ahora la Justicia deberá determinar qué ocurrió, sin demoras. Porque acá existe alguien cuya protección debe estar por encima de cualquier especulación:  la niña. Ella no eligió estar el baño con su padre. No eligió las circunstancias. No puede contratar un abogado. No puede ir a una comisaría. No puede exigir que el Estado la proteja. Por eso existen las instituciones. Para hablar cuando un niño todavía no puede hacerlo. Para intervenir cuando un niño no puede defenderse. Y para establecer límites cuando los adultos no los ponen. Pero algo muy especial no intentar desmentir una información cuando es de público conocimiento.

Hace pocos días discutíamos en Neuquén qué ocurre cuando un adolescente de 14 años comete un delito. Hoy la realidad nos obliga a mirar el problema desde el otro extremo ¿Qué hacemos cuando un chico de cuatro años necesita ser protegido del mundo de los adultos? Ahí también se mide una sociedad. Porque una ley de protección infantil no vale por la cantidad de páginas que tiene, Vale por lo que ocurre cuando un chico realmente necesita protección. Ahora deberán actuar los especialistas. Deberá actuar la Justicia, Deberán actuar los organismos correspondientes. Hay una frase que repetimos muchas veces: “Los chicos son el futuro”. Tal vez sea hora de corregirla. Los chicos no son solamente el futuro, son el presente, y si un adulto no puede protegerlos, si una familia no puede protegerlos, si las instituciones no pueden protegerlos, entonces tiene que aparecer el Estado. No mañana. No cuando exista una tragedia. Ahora. Porque cuando se trata de una criatura de cuatro años, llegar tarde también puede significar no haberla protegido.

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