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Cuando trabajar ya no alcanza para comer

Durante décadas, el trabajo fue sinónimo de progreso y dignidad. Hoy, para millones de argentinos, tener empleo ya no garantiza cubrir las necesidades básicas. Cada vez más personas trabajan todos los días y, aun así, siguen siendo pobres.

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El salario perdió capacidad para sostener a las familias y el empleo dejó de ser una garantía contra la pobreza.

Hay una realidad silenciosa pero devastadora que atraviesa a millones de familias: trabajar ya no es garantía de salir de la pobreza. Durante generaciones, el empleo representó la herramienta por excelencia de progreso y movilidad social. La promesa era simple y clara: quien se esforzara, madrugara y cumpliera con su jornada laboral podría alimentar a su familia, sostener un techo y proyectar un futuro.

Hoy, ese acuerdo tácito parece haberse quebrado. Hay una frase que debería avergonzar a cualquier gobierno, del color político que sea: trabajar ya no garantiza salir de la pobreza. Es una frase brutal pero es la realidad que golpea todos los días a millones de argentinos. Durante décadas escuchamos que el trabajo era el camino para progresar, que con esfuerzo se podía construir una casa, criar a los hijos, ahorrar para las vacaciones y mirar el futuro con esperanza. Hoy esa promesa está rota. Hoy hay trabajadores que cumplen ocho, diez o doce horas de jornada y, sin embargo, llegan a fin de mes con la heladera vacía. El salario perdió más del 40% de su poder de compra. Eso significa que el mismo esfuerzo vale mucho menos, que el sueldo dura menos.

Cuando el salario pierde de forma continua frente al costo de los alimentos, el esfuerzo diario vale cada vez menos. Que el changuito del supermercado vuelve cada vez más vacío, que la carne se convirtió en un lujo para muchas familias, que la leche, las frutas y las verduras empiezan a elegirse por precio y no por necesidad. Y cuando una familia tiene que decidir entre pagar el alquiler o comprar alimentos, el problema ya dejó de ser económico. Se convirtió en un problema moral. Porque un país donde el trabajo no alcanza para comer está rompiendo uno de los contratos sociales más básicos.

Lo más doloroso es que ya ni siquiera hablamos solamente de los desocupados. Hablamos de trabajadores, docentes, enfermeros, policías, empleados de comercio, jubilados que trabajaron toda una vida. También de jóvenes que consiguen su primer empleo y descubren que ni siquiera así pueden independizarse.

¿En qué momento naturalizamos que un trabajador sea pobre? ¿En qué momento aceptamos que una familia necesite varios salarios mínimos para no caer por debajo de la línea de pobreza? No es una estadística es una mesa con menos comida. Es un chico que deja de tomar leche todos los días. Es una madre que inventa recetas para que alcance. Es un abuelo que parte una pastilla porque no puede comprar la caja completa.

Mientras tanto, la política sigue enfrascada en sus peleas, unos culpan al pasado y otros culpan al presente. Y los argentinos siguen haciendo cuentas con una calculadora que siempre da el mismo resultado. No alcanza. No alcanza para llenar la heladera, no alcanza para alquilar, no alcanza para vestirse, no alcanza para proyectar un futuro. Que un sueldo entero no alcance para cubrir la canasta básica alimentaria significa que el consumo familiar se reduce a lo indispensable, sustituyendo alimentos clave por lo que la calculadora permita llevar. Cuando el salario pierde valor, también pierde valor el esfuerzo. Porque el trabajador siente que cada hora de su vida vale menos. Eso destruye la confianza, destruye la cultura del trabajo, destruye la esperanza.

La Argentina no puede resignarse a que un empleo formal sea apenas un pasaporte hacia la supervivencia. El salario debe volver a ser una herramienta de dignidad no un mecanismo para sobrevivir, no una carrera desesperada detrás de precios que cambian más rápido que los ingresos. Ningún modelo económico puede considerarse exitoso si quienes trabajan no pueden alimentar a sus hijos. Ningún gobierno debería conformarse con indicadores financieros mientras el plato de comida se achica. Porque los mercados pueden celebrar, las estadísticas pueden mejorar. Pero si el trabajador vuelve a su casa y descubre que el sueldo ya no compra lo indispensable, entonces hay una verdad imposible de ocultar la economía todavía no llegó al comedor de los argentinos.

Un país no se mide únicamente por sus variables financieras o índices macroeconómicos sino por la tranquilidad con la que un trabajador regresa a su hogar sabiendo que su esfuerzo cubre las necesidades de los suyos. Recomponer el poder adquisitivo y devolverle al trabajo su capacidad articuladora no es solo una materia pendiente de la política económica sino la urgencia social más elemental. Y mientras el trabajo no alcance para vivir con dignidad cualquier discurso sobre el crecimiento seguirá sonando vacío. Porque un país se mide, antes que nada, por la tranquilidad con la que una familia puede sentarse a comer y hoy para demasiados argentinos esa tranquilidad dejó de existir.

El drama argentino ya no es solamente la pobreza, el verdadero escándalo es que estamos fabricando trabajadores pobres, y cuando un país convierte el esfuerzo en frustración está hipotecando su futuro mucho más que su economía.

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